El desencanto con la política crece y amenaza con convertirse en terreno fértil para la derecha, pero los datos muestran que el voto no equivale a una conversión ideológica. Dos informes de Pulsar.UBA, un observatorio social de la Universidad de Buenos Aites, y un estudio de la consultora CEOP Latam revelan una sociedad argentina que se distancia de los partidos, desconfía de los demás y, al mismo tiempo, conserva una demanda mayoritaria de intervención estatal para equilibrar las desigualdades.
Milei llegó al gobierno, pero la batalla cultural está lejos de estar ganada, sería una de las conclusiones.
Hay dos datos que, leídos en conjunto, ayudan a entender una de las principales contradicciones de la Argentina actual. Por un lado, crece el número de ciudadanos que no encuentran representación en los partidos, se desinteresan de la política y se alejan de las formas tradicionales de participación. Desde Pulsar.UBA los denominan como partidarios del “ningunismo”.
Por otro, una mayoría sigue considerando que el Estado debe intervenir para reducir las desigualdades económicas, garantizar el bienestar y equilibrar una sociedad cada vez más fragmentada.
El desencanto con la política convive con una expectativa de protección pública que contradice algunos de los postulados centrales del programa libertario.
No se trata de fenómenos necesariamente opuestos. La sociedad puede desconfiar de sus representantes sin renunciar a la idea de que el Estado debe cumplir una función social. También puede votar por una alternativa política sin compartir todos sus principios económicos o culturales.
Precisamente, allí reside una de las claves para interpretar el momento argentino: el éxito electoral de Javier Milei no demuestra, por sí solo, que sus ideas hayan conquistado el sentido común de la mayoría.
Dos relevamientos del programa Creencias Sociales 2026, elaborado por Pulsar.UBA permiten observar esa tensión. El primero, presentado en agosto pasado, puso el foco en el crecimiento del denominado “ningunismo” político. El segundo, difundido esta semana, examinó las preferencias sobre el rol del Estado y el mercado, además de las posiciones frente a derechos, libertades individuales y decisiones de la vida privada.
A esos resultados se suma un informe de octubre del CEOP Latam, la consultora que dirige Roberto “Tito” Bacman, que llega a conclusiones coincidentes sobre la persistencia de una cultura favorable a la intervención estatal.
Los números no ofrecen una fotografía de una sociedad homogénea ni autorizan a ignorar el peso electoral de la derecha. Sí permiten discutir una interpretación que el oficialismo suele presentar como una certeza: que el resultado de las urnas expresa un mandato social para desmantelar el Estado y trasladar al mercado la responsabilidad por el bienestar colectivo.
Los muchachos"ningunistas"
El primer informe de Pulsar.UBA contiene un dato inquietante: el 42% de los argentinos no se identifica con ningún partido o espacio político. Es el registro más alto desde 2023. La cifra no aparece aislada. El 63% declara estar poco o nada interesado en la política, 18 puntos porcentuales más que en 2025.
La combinación es significativa. Casi dos de cada tres ciudadanos manifiestan escaso o nulo interés por la política, mientras que más de cuatro de cada diez no encuentran un espacio partidario con el cual identificarse.

El estudio señala, además, que el fenómeno atraviesa diferentes edades, géneros y niveles educativos. No es una expresión confinada a una generación ni a un único sector social: el “ningunismo” se consolida como una posición transversal.
Allí aparece el riesgo: el rechazo indiscriminado a todo lo existente puede convertirse en terreno fértil para discursos que prometen una ruptura absoluta con el pasado, presentan al Estado como el origen de todos los males y reducen la complejidad social a una confrontación entre quienes supuestamente producen riqueza y quienes vivirían a costa de los demás.
La derecha radical puede encontrar en ese clima una oportunidad. No necesariamente porque cada persona desinteresada se convierta en libertaria, sino porque la desafección reduce el peso de las identidades colectivas, debilita las lealtades partidarias y vuelve más difícil construir respuestas democráticas a los problemas cotidianos.
Si los partidos tradicionales pierden capacidad de representar, una fuerza que se presenta como ajena a la política convencional puede capitalizar el malestar. Pasó en Argentina en 2023. Y en Brasil en 2019 cuando ganó Jair Bolsonaro, y ahora que su hijo Flavio superó a Lula en primera vuelta.
Es el Estado, estúpido
El segundo informe de Pulsar.UBA introduce un elemento que obliga a matizar cualquier lectura lineal del crecimiento del “ningunismo”. La distancia respecto de los partidos no equivale a una adhesión automática al programa libertario. Cuando las preguntas dejan de referirse a las identidades políticas y pasan a indagar sobre la organización económica del país, aparece una preferencia social que no coincide con la orientación general del Gobierno.
El 57% se inclina por un país donde el Estado tenga un rol activo para reducir las diferencias económicas entre las personas. El 41% elige la alternativa en la que el Estado no interviene y las diferencias dependen del esfuerzo individual.

La mayoría favorable a la intervención estatal resulta especialmente significativa porque el propio observatorio identifica un cambio respecto de las mediciones anteriores. Desde el primer relevamiento de Creencias Sociales, en 2024 -en los primeros meses de gestión de Milei-, había encontrado una inclinación sostenida hacia el sector privado en diferentes preguntas económicas. En 2026, sin embargo, esa tendencia muestra señales de modificación.
En 2023, el 60% consideraba que la mayor parte del empleo debía ser creada por empresas privadas, frente al 33% que señalaba al Estado y a las empresas públicas. Tres años después, las proporciones se acercaron: 50% y 46%, respectivamente. Una brecha de 27 puntos se redujo a apenas cuatro. ¿Un cambio de tendencia?
La “batalla cultural” no terminó
El informe del CEOP Latam profundiza esa interpretación. Sus resultados muestran una mayoría favorable a la responsabilidad estatal sobre el bienestar y a la intervención pública en la economía. En este caso, los porcentajes son todavía más elevados que los registrados por Pulsar.UBA.
Según el CEOP, el 77% está de acuerdo con que el Estado sea el principal responsable de asegurar el bienestar de la población y que el 76,5% pide una intervención estatal activa en la economía.
El documento plantea una conclusión explícita: “Como idea, el programa libertario no caló”. La afirmación se apoya también en un dato políticamente relevante: la demanda de un Estado activo atraviesa incluso a una parte considerable de los votantes de Milei: el 44% de quienes lo votaron considera que el Estado debe garantizar el bienestar, mientras que el 41,6% reclama una intervención activa en la economía.

La propia base electoral libertaria contiene sectores que conservan expectativas de protección pública, aun cuando hayan elegido una alternativa que hizo de la reducción estatal una de sus principales promesas.
De allí surge la interpretación que hace Bacman: “Milei ganó el gobierno, no las cabezas”. Es una frase que resume la interpretación de los datos pero que tampoco debería tomarse como una certeza definitiva sobre el comportamiento futuro de la sociedad.
Las encuestas muestran preferencias declaradas en un momento determinado. No permiten asegurar cómo se traducirán esas preferencias en las próximas elecciones ni cuánto pesarán frente a la inflación, el empleo, los ingresos o la evaluación de la gestión.
La distinción es importante. Milei conquistó el poder en un contexto de frustración y rechazo a las opciones tradicionales. Pero la sociedad no le entregó un cheque en blanco cultural y no todo el discurso libertario permeó hacia las bases.
En todo caso, el “ningunismo” expresa una crisis de representación que puede beneficiar a la derecha; la demanda de intervención estatal, en cambio, muestra los límites de esa expansión.
Entre ambas tendencias se juega una disputa que está lejos de haber terminado.
El desencanto con la política crece y amenaza con convertirse en terreno fértil para la derecha, pero los datos muestran que el voto no equivale a una conversión ideológica. Dos informes de Pulsar.UBA, un observatorio social de la Universidad de Buenos Aites, y un estudio de la consultora CEOP Latam revelan una sociedad argentina que se distancia de los partidos, desconfía de los demás y, al mismo tiempo, conserva una demanda mayoritaria de intervención estatal para equilibrar las desigualdades.
Milei llegó al gobierno, pero la batalla cultural está lejos de estar ganada, sería una de las conclusiones.
Hay dos datos que, leídos en conjunto, ayudan a entender una de las principales contradicciones de la Argentina actual. Por un lado, crece el número de ciudadanos que no encuentran representación en los partidos, se desinteresan de la política y se alejan de las formas tradicionales de participación. Desde Pulsar.UBA los denominan como partidarios del “ningunismo”.
Por otro, una mayoría sigue considerando que el Estado debe intervenir para reducir las desigualdades económicas, garantizar el bienestar y equilibrar una sociedad cada vez más fragmentada.
El desencanto con la política convive con una expectativa de protección pública que contradice algunos de los postulados centrales del programa libertario.
No se trata de fenómenos necesariamente opuestos. La sociedad puede desconfiar de sus representantes sin renunciar a la idea de que el Estado debe cumplir una función social. También puede votar por una alternativa política sin compartir todos sus principios económicos o culturales.
Precisamente, allí reside una de las claves para interpretar el momento argentino: el éxito electoral de Javier Milei no demuestra, por sí solo, que sus ideas hayan conquistado el sentido común de la mayoría.
Dos relevamientos del programa Creencias Sociales 2026, elaborado por Pulsar.UBA permiten observar esa tensión. El primero, presentado en agosto pasado, puso el foco en el crecimiento del denominado “ningunismo” político. El segundo, difundido esta semana, examinó las preferencias sobre el rol del Estado y el mercado, además de las posiciones frente a derechos, libertades individuales y decisiones de la vida privada.
A esos resultados se suma un informe de octubre del CEOP Latam, la consultora que dirige Roberto “Tito” Bacman, que llega a conclusiones coincidentes sobre la persistencia de una cultura favorable a la intervención estatal.
Los números no ofrecen una fotografía de una sociedad homogénea ni autorizan a ignorar el peso electoral de la derecha. Sí permiten discutir una interpretación que el oficialismo suele presentar como una certeza: que el resultado de las urnas expresa un mandato social para desmantelar el Estado y trasladar al mercado la responsabilidad por el bienestar colectivo.
Los muchachos"ningunistas"
El primer informe de Pulsar.UBA contiene un dato inquietante: el 42% de los argentinos no se identifica con ningún partido o espacio político. Es el registro más alto desde 2023. La cifra no aparece aislada. El 63% declara estar poco o nada interesado en la política, 18 puntos porcentuales más que en 2025.
La combinación es significativa. Casi dos de cada tres ciudadanos manifiestan escaso o nulo interés por la política, mientras que más de cuatro de cada diez no encuentran un espacio partidario con el cual identificarse.

El estudio señala, además, que el fenómeno atraviesa diferentes edades, géneros y niveles educativos. No es una expresión confinada a una generación ni a un único sector social: el “ningunismo” se consolida como una posición transversal.
Allí aparece el riesgo: el rechazo indiscriminado a todo lo existente puede convertirse en terreno fértil para discursos que prometen una ruptura absoluta con el pasado, presentan al Estado como el origen de todos los males y reducen la complejidad social a una confrontación entre quienes supuestamente producen riqueza y quienes vivirían a costa de los demás.
La derecha radical puede encontrar en ese clima una oportunidad. No necesariamente porque cada persona desinteresada se convierta en libertaria, sino porque la desafección reduce el peso de las identidades colectivas, debilita las lealtades partidarias y vuelve más difícil construir respuestas democráticas a los problemas cotidianos.
Si los partidos tradicionales pierden capacidad de representar, una fuerza que se presenta como ajena a la política convencional puede capitalizar el malestar. Pasó en Argentina en 2023. Y en Brasil en 2019 cuando ganó Jair Bolsonaro, y ahora que su hijo Flavio superó a Lula en primera vuelta.
Es el Estado, estúpido
El segundo informe de Pulsar.UBA introduce un elemento que obliga a matizar cualquier lectura lineal del crecimiento del “ningunismo”. La distancia respecto de los partidos no equivale a una adhesión automática al programa libertario. Cuando las preguntas dejan de referirse a las identidades políticas y pasan a indagar sobre la organización económica del país, aparece una preferencia social que no coincide con la orientación general del Gobierno.
El 57% se inclina por un país donde el Estado tenga un rol activo para reducir las diferencias económicas entre las personas. El 41% elige la alternativa en la que el Estado no interviene y las diferencias dependen del esfuerzo individual.

La mayoría favorable a la intervención estatal resulta especialmente significativa porque el propio observatorio identifica un cambio respecto de las mediciones anteriores. Desde el primer relevamiento de Creencias Sociales, en 2024 -en los primeros meses de gestión de Milei-, había encontrado una inclinación sostenida hacia el sector privado en diferentes preguntas económicas. En 2026, sin embargo, esa tendencia muestra señales de modificación.
En 2023, el 60% consideraba que la mayor parte del empleo debía ser creada por empresas privadas, frente al 33% que señalaba al Estado y a las empresas públicas. Tres años después, las proporciones se acercaron: 50% y 46%, respectivamente. Una brecha de 27 puntos se redujo a apenas cuatro. ¿Un cambio de tendencia?
La “batalla cultural” no terminó
El informe del CEOP Latam profundiza esa interpretación. Sus resultados muestran una mayoría favorable a la responsabilidad estatal sobre el bienestar y a la intervención pública en la economía. En este caso, los porcentajes son todavía más elevados que los registrados por Pulsar.UBA.
Según el CEOP, el 77% está de acuerdo con que el Estado sea el principal responsable de asegurar el bienestar de la población y que el 76,5% pide una intervención estatal activa en la economía.
El documento plantea una conclusión explícita: “Como idea, el programa libertario no caló”. La afirmación se apoya también en un dato políticamente relevante: la demanda de un Estado activo atraviesa incluso a una parte considerable de los votantes de Milei: el 44% de quienes lo votaron considera que el Estado debe garantizar el bienestar, mientras que el 41,6% reclama una intervención activa en la economía.

La propia base electoral libertaria contiene sectores que conservan expectativas de protección pública, aun cuando hayan elegido una alternativa que hizo de la reducción estatal una de sus principales promesas.
De allí surge la interpretación que hace Bacman: “Milei ganó el gobierno, no las cabezas”. Es una frase que resume la interpretación de los datos pero que tampoco debería tomarse como una certeza definitiva sobre el comportamiento futuro de la sociedad.
Las encuestas muestran preferencias declaradas en un momento determinado. No permiten asegurar cómo se traducirán esas preferencias en las próximas elecciones ni cuánto pesarán frente a la inflación, el empleo, los ingresos o la evaluación de la gestión.
La distinción es importante. Milei conquistó el poder en un contexto de frustración y rechazo a las opciones tradicionales. Pero la sociedad no le entregó un cheque en blanco cultural y no todo el discurso libertario permeó hacia las bases.
En todo caso, el “ningunismo” expresa una crisis de representación que puede beneficiar a la derecha; la demanda de intervención estatal, en cambio, muestra los límites de esa expansión.
Entre ambas tendencias se juega una disputa que está lejos de haber terminado.