Editorial / Las Malvinas son argentinas, Milei no

El giro presidencial llega en medio del desgaste de su gestión y vuelve a poner bajo la lupa sus verdaderas prioridades en el Atlántico Sur.


05 SEP 2026 - 10:27 | Actualizado 05 SEP 2026 - 21:30

Conviene empezar por ahí, sin vueltas ni ambigüedades. Las Malvinas son argentinas porque existe una razón histórica, jurídica y territorial que forma parte de la identidad nacional y que la propia Constitución define como un objetivo permanente e irrenunciable. No pertenece a un gobierno, a un partido ni a una elección. Mucho menos a Javier Milei.

Por eso resulta difícil no mirar con desconfianza la repentina conversión presidencial a la causa Malvinas. Después de casi tres años de gobierno, Milei decidió convertir el reclamo de soberanía en el eje de una cadena nacional, con anuncios sobre sanciones a empresas vinculadas con la explotación hidrocarburífera, mayor presencia militar en el Atlántico Sur y una apelación explícita a la unidad nacional.

El Presidente hablando en cadena nacional.


El problema no es que el Presidente hable de Malvinas. El problema es por qué habla ahora, qué dice cuando habla y qué hizo antes. Y, en menor medida, por qué algunos actores políticos y sociales entraron mansamente al corral que les abrió Milei.

Porque Milei no construyó su identidad política alrededor de Malvinas. Más bien ocurrió lo contrario. Durante la campaña presidencial de 2023 debió responder por su admiración hacia Margaret Thatcher, la primera ministra británica durante la guerra de 1982.

No se trata de exigirle a nadie una prueba permanente de patriotismo. Se trata de observar las contradicciones. El mismo dirigente que construyó buena parte de su discurso internacional alrededor de una relación privilegiada con Estados Unidos, Israel y Occidente descubre ahora que las Malvinas pueden convertirse en la gran bandera capaz de juntar a todos.

¿Qué hay detrás de la bandera que ahora levanta Milei? Malvinas no es solamente una cuestión territorial. Es también una cuestión de recursos. Pesca, hidrocarburos, plataforma continental, rutas marítimas, proyección antártica.

La propia Cancillería argentina viene denunciando desde hace años la explotación unilateral británica de recursos naturales en el área en disputa. El proyecto Sea Lion, que podría comenzar a producir petróleo hacia 2028, vuelve a colocar esa dimensión económica en el centro de la disputa.

Y hay algo todavía más grande detrás de ese mapa: el Atlántico Sur y la Antártida. No hace falta caer en teorías conspirativas para entender que los territorios australes y sus recursos tendrán una importancia geopolítica creciente, y que Milei parece estar dispuesto a entregarse sin fisuras a las políticas que Estados Unidos empieza a desplegar en ese sentido.

Corresponde recordar que el Sistema del Tratado Antártico establece un régimen que protege al continente y que el Protocolo de Madrid prohíbe las actividades vinculadas con recursos minerales, salvo la investigación científica. En 2048 no “vence” ese régimen, como tantas veces se repite: lo que sí va a suceder es que desde entonces podrá solicitarse una conferencia de revisión. La diferencia es enorme.

Por eso el control territorial, la presencia científica, la infraestructura, la capacidad naval y el dominio de los espacios marítimos del extremo sur no son asuntos menores ni cuestiones de coyuntura electoral.

Los jugadores de la Selección y la bandera que disgustó a muchos que ahora aplauden a Milei.


Allí es donde el discurso de Milei merece ser mirado con atención. Porque mientras proclama que las Malvinas son “una causa sagrada”, su Gobierno ha mostrado una particular concepción de la soberanía cuando se trata de los recursos naturales. La soberanía parece ser indiscutible cuando hay una bandera delante de una cámara, pero bastante más flexible cuando aparecen intereses económicos, inversiones extranjeras o grandes negocios estratégicos.

La cadena nacional del jueves pasado pareció más una respuesta política a una realidad que ya no resulta tan cómoda para la Casa Rosada. Caída de popularidad, desgaste de la gestión, dificultades económicas y la cercanía de un nuevo proceso electoral. No es casual que diversos análisis hayan vinculado el giro presidencial con el deterioro de su imagen y con la oportunidad abierta por recientes declaraciones de Donald Trump sobre la posición estadounidense respecto de Malvinas, que no fue tan contundente como muchos quieren hacer creer y apenas se trató de una respuesta destinada a marcar la cancha en medio de las actuales diferencias entre Estados Unidos y el Reino Unido, y para nada sonó como un respaldo a los reclamos de soberanía que la Argentina viene haciendo desde hace décadas.

Tampoco es casual que algunos dirigentes opositores y periodistas hayan recibido el discurso como una oportunidad para “unir a los argentinos”. Malvinas puede unir a los argentinos. Milei no no. Porque esa pretendida unidad no puede construirse alrededor de una sobreactuación presidencial ni utilizarse como salvavidas político.

Las Malvinas son argentinas cuando gobierna Milei, cuando gobernaba Fernández, cuando gobernaba Macri y cuando gobernaron todos los anteriores. Son argentinas aunque el Presidente de turno sea popular o impopular. Son argentinas aunque haya elecciones mañana o dentro de diez años.

Lo que no puede hacerse es confundir la defensa de una causa nacional con la defensa de un gobierno. Porque las Malvinas merecen una política de Estado, no una estrategia de comunicación. Merecen diplomacia, inteligencia, presencia territorial, ciencia, infraestructura, defensa de los recursos naturales y una política exterior consistente. Merecen mirar al Atlántico Sur como lo que realmente es: una zona estratégica para la Argentina del presente y, sobre todo, para la Argentina de las próximas décadas.

Si Milei quiere recuperar las Malvinas, tendrá que demostrarlo mucho más allá de una cadena nacional. Y si realmente entiende la dimensión estratégica del Atlántico Sur, deberá explicar también qué proyecto tiene para la Patagonia, para la plataforma continental y para la Antártida.

Las banderas no se sostienen solamente con discursos. Se sostienen con soberanía. Y la soberanía, a diferencia de una consigna electoral, no se grita: se ejerce.

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05 SEP 2026 - 10:27

Conviene empezar por ahí, sin vueltas ni ambigüedades. Las Malvinas son argentinas porque existe una razón histórica, jurídica y territorial que forma parte de la identidad nacional y que la propia Constitución define como un objetivo permanente e irrenunciable. No pertenece a un gobierno, a un partido ni a una elección. Mucho menos a Javier Milei.

Por eso resulta difícil no mirar con desconfianza la repentina conversión presidencial a la causa Malvinas. Después de casi tres años de gobierno, Milei decidió convertir el reclamo de soberanía en el eje de una cadena nacional, con anuncios sobre sanciones a empresas vinculadas con la explotación hidrocarburífera, mayor presencia militar en el Atlántico Sur y una apelación explícita a la unidad nacional.

El Presidente hablando en cadena nacional.


El problema no es que el Presidente hable de Malvinas. El problema es por qué habla ahora, qué dice cuando habla y qué hizo antes. Y, en menor medida, por qué algunos actores políticos y sociales entraron mansamente al corral que les abrió Milei.

Porque Milei no construyó su identidad política alrededor de Malvinas. Más bien ocurrió lo contrario. Durante la campaña presidencial de 2023 debió responder por su admiración hacia Margaret Thatcher, la primera ministra británica durante la guerra de 1982.

No se trata de exigirle a nadie una prueba permanente de patriotismo. Se trata de observar las contradicciones. El mismo dirigente que construyó buena parte de su discurso internacional alrededor de una relación privilegiada con Estados Unidos, Israel y Occidente descubre ahora que las Malvinas pueden convertirse en la gran bandera capaz de juntar a todos.

¿Qué hay detrás de la bandera que ahora levanta Milei? Malvinas no es solamente una cuestión territorial. Es también una cuestión de recursos. Pesca, hidrocarburos, plataforma continental, rutas marítimas, proyección antártica.

La propia Cancillería argentina viene denunciando desde hace años la explotación unilateral británica de recursos naturales en el área en disputa. El proyecto Sea Lion, que podría comenzar a producir petróleo hacia 2028, vuelve a colocar esa dimensión económica en el centro de la disputa.

Y hay algo todavía más grande detrás de ese mapa: el Atlántico Sur y la Antártida. No hace falta caer en teorías conspirativas para entender que los territorios australes y sus recursos tendrán una importancia geopolítica creciente, y que Milei parece estar dispuesto a entregarse sin fisuras a las políticas que Estados Unidos empieza a desplegar en ese sentido.

Corresponde recordar que el Sistema del Tratado Antártico establece un régimen que protege al continente y que el Protocolo de Madrid prohíbe las actividades vinculadas con recursos minerales, salvo la investigación científica. En 2048 no “vence” ese régimen, como tantas veces se repite: lo que sí va a suceder es que desde entonces podrá solicitarse una conferencia de revisión. La diferencia es enorme.

Por eso el control territorial, la presencia científica, la infraestructura, la capacidad naval y el dominio de los espacios marítimos del extremo sur no son asuntos menores ni cuestiones de coyuntura electoral.

Los jugadores de la Selección y la bandera que disgustó a muchos que ahora aplauden a Milei.


Allí es donde el discurso de Milei merece ser mirado con atención. Porque mientras proclama que las Malvinas son “una causa sagrada”, su Gobierno ha mostrado una particular concepción de la soberanía cuando se trata de los recursos naturales. La soberanía parece ser indiscutible cuando hay una bandera delante de una cámara, pero bastante más flexible cuando aparecen intereses económicos, inversiones extranjeras o grandes negocios estratégicos.

La cadena nacional del jueves pasado pareció más una respuesta política a una realidad que ya no resulta tan cómoda para la Casa Rosada. Caída de popularidad, desgaste de la gestión, dificultades económicas y la cercanía de un nuevo proceso electoral. No es casual que diversos análisis hayan vinculado el giro presidencial con el deterioro de su imagen y con la oportunidad abierta por recientes declaraciones de Donald Trump sobre la posición estadounidense respecto de Malvinas, que no fue tan contundente como muchos quieren hacer creer y apenas se trató de una respuesta destinada a marcar la cancha en medio de las actuales diferencias entre Estados Unidos y el Reino Unido, y para nada sonó como un respaldo a los reclamos de soberanía que la Argentina viene haciendo desde hace décadas.

Tampoco es casual que algunos dirigentes opositores y periodistas hayan recibido el discurso como una oportunidad para “unir a los argentinos”. Malvinas puede unir a los argentinos. Milei no no. Porque esa pretendida unidad no puede construirse alrededor de una sobreactuación presidencial ni utilizarse como salvavidas político.

Las Malvinas son argentinas cuando gobierna Milei, cuando gobernaba Fernández, cuando gobernaba Macri y cuando gobernaron todos los anteriores. Son argentinas aunque el Presidente de turno sea popular o impopular. Son argentinas aunque haya elecciones mañana o dentro de diez años.

Lo que no puede hacerse es confundir la defensa de una causa nacional con la defensa de un gobierno. Porque las Malvinas merecen una política de Estado, no una estrategia de comunicación. Merecen diplomacia, inteligencia, presencia territorial, ciencia, infraestructura, defensa de los recursos naturales y una política exterior consistente. Merecen mirar al Atlántico Sur como lo que realmente es: una zona estratégica para la Argentina del presente y, sobre todo, para la Argentina de las próximas décadas.

Si Milei quiere recuperar las Malvinas, tendrá que demostrarlo mucho más allá de una cadena nacional. Y si realmente entiende la dimensión estratégica del Atlántico Sur, deberá explicar también qué proyecto tiene para la Patagonia, para la plataforma continental y para la Antártida.

Las banderas no se sostienen solamente con discursos. Se sostienen con soberanía. Y la soberanía, a diferencia de una consigna electoral, no se grita: se ejerce.


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