Por Bulin Fernández
Un analista político analizó la realidad económica del país con datos y detalles desde nuestra independencia hasta estos días. No causa sorpresa el devenir de nuestra historia, donde el centralismo porteño ha sido, a lo largo de más de dos siglos, quien tomó y sigue tomando determinaciones por el conjunto del tejido social.
En las últimas horas corrió la versión de negociaciones entre los gobiernos nacional y provincial donde habría una posibilidad de transferir la represa hidroeléctrica Futaleufú a manos de Chubut como un método de acuerdo o compensación de lo que poco aún se conoce.
Independientemente de ese fin o acuerdo, una vez más se repite el formato de que, según el interés de ese centralismo, toma determinaciones sin siquiera haber puesto un pie en la tierra en cuestión.
Muchos funcionarios se apoltronan en las cómodas oficinas de la city porteña para tomar definiciones donde priman los números, los intereses sectoriales y un racimo de integrantes de círculos rojos, verdes o amarillos, cuyo objetivo hace olvidar los colores: hacer la mayor diferencia económica en el menor tiempo posible.
Más que interesante resultaría ver a esos desconocidos mandatarios caminando por una calle helada de Tierra del Fuego, con viento en Río Gallegos o con nieve en Lago Blanco para saber de qué se trata la vida.
Dicen ahorrar quitando beneficios a quienes soportan meses con temperaturas extremas y se congela hasta el sonido.
Más de cien años tiene la explotación de la cuenca petrolera compartida en el Golfo San Jorge y, un día, alguien dice: "Se va YPF a Vaca Muerta", como si nada. Los negocios terminaron sin que nadie haga un repaso de lo que sucedió y lo que se llevaron. Y mucho peor: de lo que dejaron.
Esa muestra de desidia, dejadez y desinterés por otros argentinos es la muestra más clara, no la única, de abandonar un espacio productivo que le dio energía al país y al mundo, pero sigue teniendo pobreza, frío y ausencia de servicios básicos como agua o energía.
Ese es el maldito centralismo porteño que poco se cuestiona al decir: ¿Qué produce Capital Federal? ¿De qué viven sus habitantes? ¿Cómo llegan a tener alimentos, calefacción, pavimento, transportes o regímenes subsidiados con beneficios financieros? Ni hablar del empleo público, que siempre critican, pero tienen diez por cada hectárea.
En el gráfico donde aquel analista dibujaba la Argentina con formato de ser humano, la gran panza llena está en el puerto, donde eternamente convergen ya no los granos, el gas, los combustibles o los transportes; esas vísceras contienen en su grasa el esfuerzo de miles de argentinos que, en el norte o en el sur, deben arrancar cada mañana con la desigualdad en el punto de partida.
«La culpa no es del chancho», dice el refrán. Habrá que activar neuronas, debates, representantes y todo lo que sea imprescindible para defender nuestros recursos con sentido federal en serio, donde los habitantes de la tierra de donde se extraen los recursos resulten los primeros beneficiarios con servicios de salud, educación, justicia y calidad de vida.
"O traen la Dirección de Bosques a la cordillera o llevamos los bosques a Rawson", dijo sabiamente un intendente esquelense allá por los años 70 para expresar el sentido de la descentralización.
Le siguen llamando "interior" o "interior profundo" al resto del país porque, al igual que hace doscientos años, creen ser la Europa del sur.
Será la hora de replantearnos el sentido de la política y sus definiciones. O se benefician nuestras comunidades o será seguir alimentando zánganos.
Por Bulin Fernández
Un analista político analizó la realidad económica del país con datos y detalles desde nuestra independencia hasta estos días. No causa sorpresa el devenir de nuestra historia, donde el centralismo porteño ha sido, a lo largo de más de dos siglos, quien tomó y sigue tomando determinaciones por el conjunto del tejido social.
En las últimas horas corrió la versión de negociaciones entre los gobiernos nacional y provincial donde habría una posibilidad de transferir la represa hidroeléctrica Futaleufú a manos de Chubut como un método de acuerdo o compensación de lo que poco aún se conoce.
Independientemente de ese fin o acuerdo, una vez más se repite el formato de que, según el interés de ese centralismo, toma determinaciones sin siquiera haber puesto un pie en la tierra en cuestión.
Muchos funcionarios se apoltronan en las cómodas oficinas de la city porteña para tomar definiciones donde priman los números, los intereses sectoriales y un racimo de integrantes de círculos rojos, verdes o amarillos, cuyo objetivo hace olvidar los colores: hacer la mayor diferencia económica en el menor tiempo posible.
Más que interesante resultaría ver a esos desconocidos mandatarios caminando por una calle helada de Tierra del Fuego, con viento en Río Gallegos o con nieve en Lago Blanco para saber de qué se trata la vida.
Dicen ahorrar quitando beneficios a quienes soportan meses con temperaturas extremas y se congela hasta el sonido.
Más de cien años tiene la explotación de la cuenca petrolera compartida en el Golfo San Jorge y, un día, alguien dice: "Se va YPF a Vaca Muerta", como si nada. Los negocios terminaron sin que nadie haga un repaso de lo que sucedió y lo que se llevaron. Y mucho peor: de lo que dejaron.
Esa muestra de desidia, dejadez y desinterés por otros argentinos es la muestra más clara, no la única, de abandonar un espacio productivo que le dio energía al país y al mundo, pero sigue teniendo pobreza, frío y ausencia de servicios básicos como agua o energía.
Ese es el maldito centralismo porteño que poco se cuestiona al decir: ¿Qué produce Capital Federal? ¿De qué viven sus habitantes? ¿Cómo llegan a tener alimentos, calefacción, pavimento, transportes o regímenes subsidiados con beneficios financieros? Ni hablar del empleo público, que siempre critican, pero tienen diez por cada hectárea.
En el gráfico donde aquel analista dibujaba la Argentina con formato de ser humano, la gran panza llena está en el puerto, donde eternamente convergen ya no los granos, el gas, los combustibles o los transportes; esas vísceras contienen en su grasa el esfuerzo de miles de argentinos que, en el norte o en el sur, deben arrancar cada mañana con la desigualdad en el punto de partida.
«La culpa no es del chancho», dice el refrán. Habrá que activar neuronas, debates, representantes y todo lo que sea imprescindible para defender nuestros recursos con sentido federal en serio, donde los habitantes de la tierra de donde se extraen los recursos resulten los primeros beneficiarios con servicios de salud, educación, justicia y calidad de vida.
"O traen la Dirección de Bosques a la cordillera o llevamos los bosques a Rawson", dijo sabiamente un intendente esquelense allá por los años 70 para expresar el sentido de la descentralización.
Le siguen llamando "interior" o "interior profundo" al resto del país porque, al igual que hace doscientos años, creen ser la Europa del sur.
Será la hora de replantearnos el sentido de la política y sus definiciones. O se benefician nuestras comunidades o será seguir alimentando zánganos.