Por Bulín Fernández
Mucho puede señalarse en palabras. De padres a hijos, entre amigos del alma, de profesionales a sus pacientes y desde otras variables para indicar qué debe o qué puede hacer el otro de manera solidaria.
Pero sin lugar a dudas, el ejemplo que más genera, que más compromete y que no requiere de análisis, es el de los hechos.
Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, mucho más conocida como Taty Almeida, fue ese ejemplo a lo largo de su vida. Docente y activista de los derechos humanos, se incorporó a la Línea Fundadora de las Madres de Plaza de Mayo en 1979, en plena dictadura, por la desaparición física de su hijo Alejandro, ocurrida en junio de 1975.
Esa desaparición, en pleno gobierno democrático y junto a otros casos similares, movilizó a Taty y a su familia, vinculada a las Fuerzas Armadas (su padre, Carlos Miy, fue oficial de Caballería), en medio de una profunda incertidumbre.
Fue ella misma quien indicó que desconocía que su hijo, estudiante de primer año de medicina, integraba con 20 años el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).
Con el pasar del tiempo, se convirtió en un símbolo de esa lucha por conocer el paradero de su hijo, por su entereza, entrega, tesón y constancia, sin importar quién y cómo ejercía cualquiera de los poderes del Estado.
Pese a la implicancia que tiene un hijo en nuestras vidas, nunca expresó odio ni venganza; pidió justicia, la fortaleció con su propia verdad y sostuvo la memoria.
En oportunidad de visitar Trelew, tuve la ocasión de tratarla personalmente en el Aeropuerto Viejo y, con su calidez habitual, recibió un libro y me regaló los poemas que encontró de puño y letra, los cuales denominó “Alejandro, por siempre Amor”, para fortalecer la búsqueda.
El siguiente encuentro fue en Capital Federal, donde expuso, con una claridad notable para su edad, los sentidos de no desistir en la búsqueda, de no entregarse nunca y de sembrar para que hijos y nietos sean la garantía hasta que “el último de ellos recupere su identidad y seamos verdaderamente un país justo y democrático”, señaló.
Por razones de salud no pudo asistir a la presentación del documental del Grupo Jornada sobre la Masacre de Trelew, pero aprovechó para agradecer el compromiso colectivo que deben tener los medios de comunicación desde la memoria de los hechos.
Como luchadora inclaudicable y siempre con una sonrisa a flor de piel, la recordó Estela de Carlotto, titular de Abuelas.
“Cada día, todos los días, es una oportunidad para recordarnos quiénes somos y qué hacemos por los demás, siempre guiados por el amor”, sostuvo en uno de sus últimos reportajes.
“Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, porque los tres seguimos en él, si me sorprende lejos de tus caricias...”, le dejó su hijo en uno de los escritos.
Si la educación formal decidiera incorporar en sus manuales un sentido de lucha y perseverancia a partir del ejemplo, lo de las Madres en general y lo de Taty en particular, será el mejor elemento para que niños y jóvenes, en el repaso de la historia, tengan un faro para saber de qué se trata.

Por Bulín Fernández
Mucho puede señalarse en palabras. De padres a hijos, entre amigos del alma, de profesionales a sus pacientes y desde otras variables para indicar qué debe o qué puede hacer el otro de manera solidaria.
Pero sin lugar a dudas, el ejemplo que más genera, que más compromete y que no requiere de análisis, es el de los hechos.
Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, mucho más conocida como Taty Almeida, fue ese ejemplo a lo largo de su vida. Docente y activista de los derechos humanos, se incorporó a la Línea Fundadora de las Madres de Plaza de Mayo en 1979, en plena dictadura, por la desaparición física de su hijo Alejandro, ocurrida en junio de 1975.
Esa desaparición, en pleno gobierno democrático y junto a otros casos similares, movilizó a Taty y a su familia, vinculada a las Fuerzas Armadas (su padre, Carlos Miy, fue oficial de Caballería), en medio de una profunda incertidumbre.
Fue ella misma quien indicó que desconocía que su hijo, estudiante de primer año de medicina, integraba con 20 años el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).
Con el pasar del tiempo, se convirtió en un símbolo de esa lucha por conocer el paradero de su hijo, por su entereza, entrega, tesón y constancia, sin importar quién y cómo ejercía cualquiera de los poderes del Estado.
Pese a la implicancia que tiene un hijo en nuestras vidas, nunca expresó odio ni venganza; pidió justicia, la fortaleció con su propia verdad y sostuvo la memoria.
En oportunidad de visitar Trelew, tuve la ocasión de tratarla personalmente en el Aeropuerto Viejo y, con su calidez habitual, recibió un libro y me regaló los poemas que encontró de puño y letra, los cuales denominó “Alejandro, por siempre Amor”, para fortalecer la búsqueda.
El siguiente encuentro fue en Capital Federal, donde expuso, con una claridad notable para su edad, los sentidos de no desistir en la búsqueda, de no entregarse nunca y de sembrar para que hijos y nietos sean la garantía hasta que “el último de ellos recupere su identidad y seamos verdaderamente un país justo y democrático”, señaló.
Por razones de salud no pudo asistir a la presentación del documental del Grupo Jornada sobre la Masacre de Trelew, pero aprovechó para agradecer el compromiso colectivo que deben tener los medios de comunicación desde la memoria de los hechos.
Como luchadora inclaudicable y siempre con una sonrisa a flor de piel, la recordó Estela de Carlotto, titular de Abuelas.
“Cada día, todos los días, es una oportunidad para recordarnos quiénes somos y qué hacemos por los demás, siempre guiados por el amor”, sostuvo en uno de sus últimos reportajes.
“Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, porque los tres seguimos en él, si me sorprende lejos de tus caricias...”, le dejó su hijo en uno de los escritos.
Si la educación formal decidiera incorporar en sus manuales un sentido de lucha y perseverancia a partir del ejemplo, lo de las Madres en general y lo de Taty en particular, será el mejor elemento para que niños y jóvenes, en el repaso de la historia, tengan un faro para saber de qué se trata.