Hay noticias para las que uno nunca está preparado, porque hay hombres cuya partida no se explica solamente con la muerte, sino con el silencio que dejan cuando ya no están. Y Darío James era uno de esos hombres.
Frontal, directo, sin demasiadas vueltas. De esos tipos con los que uno podía discutir fuerte una idea y, terminada la discusión, seguir compartiendo la misma mesa. Porque Darío sabía algo que hoy parece haberse vuelto extraño: pensar distinto nunca debía convertir al otro en enemigo.
Muchas veces hablamos de política. Y muchas veces le repetí una convicción que sigo sosteniendo: las soluciones profundas de nuestros pueblos son políticas, no son sindicales ni gremiales.
Desde una organización sindical podemos luchar, resistir, defender a los trabajadores, construir propuestas, señalar lo que está mal, reclamar justicia y poner el cuerpo. Lo hemos hecho toda la vida y lo seguiremos haciendo. Pero también entendimos que llega un momento en que alguien tiene que animarse a cruzar esa puerta y ocupar los lugares donde las decisiones se toman. Porque si verdaderamente queremos transformar la realidad, necesitamos trabajar de manera mancomunada y asumir también la responsabilidad de construir las soluciones.
Darío fue uno de los que escuchó. Y fue, fundamentalmente, uno de los que se animó.

Un día tomó esa posta y decidió involucrarse de lleno en la política de Gaiman, el pueblo donde había nacido, donde creció, donde construyó su vida, sus afectos y su historia, y al que perteneció hasta el último de sus días.
No fue a buscar una aventura personal. Fue a hacerse cargo.
Se animó a gobernar su pueblo con su estilo, con sus convicciones, con sus aciertos y también con sus contradicciones, como las tenemos todos los que alguna vez decidimos dejar de mirar la realidad desde la vereda de enfrente para intentar transformarla.
Él era radical y yo peronista.
Y cuántas veces nos reímos de eso.
Alguna vez le dije que era un radical bastante confundido, que en el fondo tenía mucho más de peronista de lo que estaba dispuesto a reconocer. Y él sabía perfectamente desde dónde se lo decía.
Pero qué poco importaban finalmente esas etiquetas.
Porque cuando hay respeto, palabra y lealtad, las diferencias partidarias se vuelven pequeñas frente a las cosas verdaderamente grandes: la gente, el trabajo, el pueblo y la búsqueda obstinada de soluciones para quienes esperan respuestas de nosotros.
Darío tenía algo que en estos tiempos vale muchísimo: sabía escuchar. Y escuchar también es una forma de grandeza.
Se debatía permanentemente buscando respuestas a los problemas. Preguntaba, discutía, analizaba y volvía a buscar. No era un hombre indiferente frente a lo que ocurría a su alrededor.
Y cuando Luz y Fuerza atravesó momentos difíciles, Darío estuvo.
Cuando había que poner la cara, la puso.
En nuestros Congresos manifestó públicamente su cercanía con la organización, conmigo y con sus compañeros. Y cuando algunos elegían la comodidad del silencio, él dejó en claro que iba a estar al lado del Sindicato cuando fuera necesario.
Esas cosas uno las guarda.
Porque la lealtad no se mide cuando todo anda bien. La lealtad se conoce verdaderamente cuando quedarse al lado tiene un costo.
Por eso hoy no despedimos solamente al intendente de Gaiman.
No despedimos solamente a un dirigente político.
Hoy despedimos al compañero Darío.
Al trabajador. Al militante. Al hombre frontal. Al que escuchaba. Al que discutía. Al que buscaba. Al que podía pensar diferente y, sin embargo, seguir caminando al lado nuestro cuando había una causa que consideraba justa.
Despedimos a ese hombre que quiso tanto a su pueblo que un día decidió asumir la enorme responsabilidad de conducirlo.
Y su partida obliga inevitablemente a mirar hacia atrás.
Los años pasan y el camino empieza a llenarse de nombres, de historias, de compañeros que ya no están. Uno mira alrededor y comprende que las balas empiezan a picar cada vez más cerca.
Y entonces una noticia como ésta pone muchas cosas en su verdadero lugar.
Discusiones que alguna vez parecieron enormes de repente se vuelven insignificantes. Diferencias que parecían importantes dejan de serlo. Porque al final del camino quedan otras cosas.
Queda la palabra empeñada, queda la lealtad, quedan los afectos, quedan los abrazos.
Y queda, fundamentalmente, saber de qué lado estuvo cada uno cuando hubo que estar.
Hoy queda también esta foto.

Un instante que alguna vez fue simplemente un momento compartido y que ahora dejó de ser un momento cualquiera.
Porque eso hace la ausencia: convierte una fotografía en un refugio, una conversación en un recuerdo y un abrazo que alguna vez pareció cotidiano en algo que uno hubiera querido que durara un poco más.
Me quedo con ese Darío, con el frontal, con el que escuchaba, con el que discutía, con el que buscaba soluciones.
Con el que se animó a ocupar un lugar para intentar transformar la realidad.
Y, sobre todas las cosas, me quedo con el compañero que, cuando hubo que estar, estuvo.
Se fue un gran compañero. Y eso duele.
Pero también queda la tranquilidad de saber que pasó por esta vida dejando algo de sí en los demás. Que dejó una parte de su historia en las calles que caminó, en las personas que conoció, en las decisiones que tomó y en esa tierra a la que perteneció desde el primero hasta el último de sus días.
Quizás al final la vida sea un poco eso: no cuánto tiempo estuvimos, sino qué dejamos en aquellos con quienes compartimos el camino.
Y Darío dejó huella.
A toda su familia, a sus seres queridos, a sus compañeros y a todo su querido pueblo de Gaiman, mi abrazo más profundo en este momento de tanto dolor.
Y a vos, Darío, compañero y amigo, un abrazo en el alma, de esos que no necesitan demasiadas palabras ni despedidas.
Que la tierra de tu querido Gaiman te abrace hoy con el mismo amor con el que vos la abrazaste durante toda tu vida.
Hasta siempre, compañero Darío.
Hay hombres que se van, pero dejan una huella tan profunda que, de alguna manera, siguen caminando al lado nuestro.
Un abrazo en el alma, Darío…!!
El Héctor
Hay noticias para las que uno nunca está preparado, porque hay hombres cuya partida no se explica solamente con la muerte, sino con el silencio que dejan cuando ya no están. Y Darío James era uno de esos hombres.
Frontal, directo, sin demasiadas vueltas. De esos tipos con los que uno podía discutir fuerte una idea y, terminada la discusión, seguir compartiendo la misma mesa. Porque Darío sabía algo que hoy parece haberse vuelto extraño: pensar distinto nunca debía convertir al otro en enemigo.
Muchas veces hablamos de política. Y muchas veces le repetí una convicción que sigo sosteniendo: las soluciones profundas de nuestros pueblos son políticas, no son sindicales ni gremiales.
Desde una organización sindical podemos luchar, resistir, defender a los trabajadores, construir propuestas, señalar lo que está mal, reclamar justicia y poner el cuerpo. Lo hemos hecho toda la vida y lo seguiremos haciendo. Pero también entendimos que llega un momento en que alguien tiene que animarse a cruzar esa puerta y ocupar los lugares donde las decisiones se toman. Porque si verdaderamente queremos transformar la realidad, necesitamos trabajar de manera mancomunada y asumir también la responsabilidad de construir las soluciones.
Darío fue uno de los que escuchó. Y fue, fundamentalmente, uno de los que se animó.

Un día tomó esa posta y decidió involucrarse de lleno en la política de Gaiman, el pueblo donde había nacido, donde creció, donde construyó su vida, sus afectos y su historia, y al que perteneció hasta el último de sus días.
No fue a buscar una aventura personal. Fue a hacerse cargo.
Se animó a gobernar su pueblo con su estilo, con sus convicciones, con sus aciertos y también con sus contradicciones, como las tenemos todos los que alguna vez decidimos dejar de mirar la realidad desde la vereda de enfrente para intentar transformarla.
Él era radical y yo peronista.
Y cuántas veces nos reímos de eso.
Alguna vez le dije que era un radical bastante confundido, que en el fondo tenía mucho más de peronista de lo que estaba dispuesto a reconocer. Y él sabía perfectamente desde dónde se lo decía.
Pero qué poco importaban finalmente esas etiquetas.
Porque cuando hay respeto, palabra y lealtad, las diferencias partidarias se vuelven pequeñas frente a las cosas verdaderamente grandes: la gente, el trabajo, el pueblo y la búsqueda obstinada de soluciones para quienes esperan respuestas de nosotros.
Darío tenía algo que en estos tiempos vale muchísimo: sabía escuchar. Y escuchar también es una forma de grandeza.
Se debatía permanentemente buscando respuestas a los problemas. Preguntaba, discutía, analizaba y volvía a buscar. No era un hombre indiferente frente a lo que ocurría a su alrededor.
Y cuando Luz y Fuerza atravesó momentos difíciles, Darío estuvo.
Cuando había que poner la cara, la puso.
En nuestros Congresos manifestó públicamente su cercanía con la organización, conmigo y con sus compañeros. Y cuando algunos elegían la comodidad del silencio, él dejó en claro que iba a estar al lado del Sindicato cuando fuera necesario.
Esas cosas uno las guarda.
Porque la lealtad no se mide cuando todo anda bien. La lealtad se conoce verdaderamente cuando quedarse al lado tiene un costo.
Por eso hoy no despedimos solamente al intendente de Gaiman.
No despedimos solamente a un dirigente político.
Hoy despedimos al compañero Darío.
Al trabajador. Al militante. Al hombre frontal. Al que escuchaba. Al que discutía. Al que buscaba. Al que podía pensar diferente y, sin embargo, seguir caminando al lado nuestro cuando había una causa que consideraba justa.
Despedimos a ese hombre que quiso tanto a su pueblo que un día decidió asumir la enorme responsabilidad de conducirlo.
Y su partida obliga inevitablemente a mirar hacia atrás.
Los años pasan y el camino empieza a llenarse de nombres, de historias, de compañeros que ya no están. Uno mira alrededor y comprende que las balas empiezan a picar cada vez más cerca.
Y entonces una noticia como ésta pone muchas cosas en su verdadero lugar.
Discusiones que alguna vez parecieron enormes de repente se vuelven insignificantes. Diferencias que parecían importantes dejan de serlo. Porque al final del camino quedan otras cosas.
Queda la palabra empeñada, queda la lealtad, quedan los afectos, quedan los abrazos.
Y queda, fundamentalmente, saber de qué lado estuvo cada uno cuando hubo que estar.
Hoy queda también esta foto.

Un instante que alguna vez fue simplemente un momento compartido y que ahora dejó de ser un momento cualquiera.
Porque eso hace la ausencia: convierte una fotografía en un refugio, una conversación en un recuerdo y un abrazo que alguna vez pareció cotidiano en algo que uno hubiera querido que durara un poco más.
Me quedo con ese Darío, con el frontal, con el que escuchaba, con el que discutía, con el que buscaba soluciones.
Con el que se animó a ocupar un lugar para intentar transformar la realidad.
Y, sobre todas las cosas, me quedo con el compañero que, cuando hubo que estar, estuvo.
Se fue un gran compañero. Y eso duele.
Pero también queda la tranquilidad de saber que pasó por esta vida dejando algo de sí en los demás. Que dejó una parte de su historia en las calles que caminó, en las personas que conoció, en las decisiones que tomó y en esa tierra a la que perteneció desde el primero hasta el último de sus días.
Quizás al final la vida sea un poco eso: no cuánto tiempo estuvimos, sino qué dejamos en aquellos con quienes compartimos el camino.
Y Darío dejó huella.
A toda su familia, a sus seres queridos, a sus compañeros y a todo su querido pueblo de Gaiman, mi abrazo más profundo en este momento de tanto dolor.
Y a vos, Darío, compañero y amigo, un abrazo en el alma, de esos que no necesitan demasiadas palabras ni despedidas.
Que la tierra de tu querido Gaiman te abrace hoy con el mismo amor con el que vos la abrazaste durante toda tu vida.
Hasta siempre, compañero Darío.
Hay hombres que se van, pero dejan una huella tan profunda que, de alguna manera, siguen caminando al lado nuestro.
Un abrazo en el alma, Darío…!!
El Héctor