Por Esteban Gallo
Cualquier encuesta nacional que tomemos como referencia nos mostrará con supina claridad la caída estrepitosa de la imagen del presidente Javier Milei. Su gestión, su entorno y su plan de gobierno también vienen en picada libre.
El informe publicado ayer por Clarín es lapidario.
Según el estudio de Zubián Córdoba, el 60,7 % de las 2.200 personas consultadas dijo que no volvería a votar a Javier Milei contra el 29,4 % que lo volvería a elegir.
Lo interesante del estudio es cuando se detiene en los motivos de esas decisiones. El 47% no lo votaría por la mala gestión económica, el 24,7 por las promesas incumplidas y el 21,3 por ciento por los casos de corrupción.
Otro informe publicado en los últimos días revela que, si hoy se hicieran las elecciones presidenciales, el líder libertario pelearía cabeza a cabeza con el actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof.
Hace dos meses, Milei estaba 5 puntos arriba, a fines de 2025 la diferencia a su favor era de dos dígitos y si nos situamos en octubre-noviembre del año pasado, después de las elecciones legislativas, la ventaja contra sus competidores tradicionales rondaba en los 15 puntos.
¿Qué pasó de octubre a la fecha? ¿Cuál es la razón por la cual un gobernante que hace 6 meses ocupaba la centralidad política de la Argentina de manera contundente hoy sufre una caída catastrófica de su imagen con un 64% de desaprobación?
El recorrido de los últimos meses del actual gobierno expone algo más que un desgaste, revela un cambio de clima, un giro abrupto del humor social, la cada vez más consistente percepción de que los argentinos pasaron de la paciencia al malestar y de la tolerancia a la bronca.
Según el informe de Giacobbe & Asociados la narrativa del "sacrificio necesario" ha chocado de frente con la realidad del bolsillo y los escándalos éticos. Según esa consultoraLa imagen negativa de Milei trepó al 55,6%, superando incluso el piso histórico de rechazo de Cristina Fernández de Kirchner, que tiene 55,2.
El estudio también revela que el gobierno de Milei ya es percibido como el segundo más corrupto desde el regreso de la democracia en 1983.
Un demoledor 74,7% de los argentinos califica la situación económica actual como "mala o muy mala", el 39% de los encuestados siente pánico o tristeza y el 25,8% manifiesta un sentimiento de enojo.
El resultado de las encuestas tiene lógica. La motosierra de Milei que a algunos argentinos deshumanizados al principio les pareció graciosa, y que, de entrada, arremetió contra sectores específicos de la sociedad, como los trabajadores del Estado, los universitarios, los científicos o el conjunto de colectivos que agrupan a diversas orientaciones sexuales, se expandieron a casi todos los segmentos de la sociedad.
Las balas que antes picaban cerca, ahora impactan en los brazos, en las piernas, en el cuerpo y en muchos casos, en la cabeza de los argentinos.
De este gobierno despiadado no se salvaron ni los discapacitados, ni los abuelos.
Tampoco los sectores productivos que generan riqueza y trabajo en el país. A la industria, a la producción nacional, a las Pymes, las hicieron mierda, lo que se traduce en desinversión, cierre de empresas y desempleo.
Se salvaron los ricos, el sistema financiero y la famosa casta, los dirigentes políticos tradicionales, los funcionarios y burócratas, los empresarios prebendarios, los intermediarios del poder, esa elite cerrada que Milei venía a destruir y terminó siendo su aliada preferida.
El nuevo escenario político de la Argentina, con Milei y su gobierno desplomándose, también es un llamado de atención para un montón de personajes de la política local y provincial que coquetean con la Libertad Avanza convencidos de que vestirse de violeta los transforma inmediatamente en candidatos competitivos.
Son los que suponen que el caso de Maira Frías, una auténtica desconocida catapultada a una banca de diputada nacional, puede replicarse sin mayores dificultades.
Para esos pícaros oportunistas no importan los principios, ni las ideologías, ni la trayectoria.
Por ahí andan los Massoni, los Pagliaroni, los Cáceres, los Treffinger y todos los ventajeros que jugaban a ganador, y que, ahora, con el presidente en desgracia, deberían preguntarse si la estrategia de apostar a su arrastre sigue siendo un negocio o si no les conviene revisar la jugada.
Están en problemas. El que se creía león ya no ruge como antes, hoy apenas maúlla, y se va quedando sin manada.

Por Esteban Gallo
Cualquier encuesta nacional que tomemos como referencia nos mostrará con supina claridad la caída estrepitosa de la imagen del presidente Javier Milei. Su gestión, su entorno y su plan de gobierno también vienen en picada libre.
El informe publicado ayer por Clarín es lapidario.
Según el estudio de Zubián Córdoba, el 60,7 % de las 2.200 personas consultadas dijo que no volvería a votar a Javier Milei contra el 29,4 % que lo volvería a elegir.
Lo interesante del estudio es cuando se detiene en los motivos de esas decisiones. El 47% no lo votaría por la mala gestión económica, el 24,7 por las promesas incumplidas y el 21,3 por ciento por los casos de corrupción.
Otro informe publicado en los últimos días revela que, si hoy se hicieran las elecciones presidenciales, el líder libertario pelearía cabeza a cabeza con el actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof.
Hace dos meses, Milei estaba 5 puntos arriba, a fines de 2025 la diferencia a su favor era de dos dígitos y si nos situamos en octubre-noviembre del año pasado, después de las elecciones legislativas, la ventaja contra sus competidores tradicionales rondaba en los 15 puntos.
¿Qué pasó de octubre a la fecha? ¿Cuál es la razón por la cual un gobernante que hace 6 meses ocupaba la centralidad política de la Argentina de manera contundente hoy sufre una caída catastrófica de su imagen con un 64% de desaprobación?
El recorrido de los últimos meses del actual gobierno expone algo más que un desgaste, revela un cambio de clima, un giro abrupto del humor social, la cada vez más consistente percepción de que los argentinos pasaron de la paciencia al malestar y de la tolerancia a la bronca.
Según el informe de Giacobbe & Asociados la narrativa del "sacrificio necesario" ha chocado de frente con la realidad del bolsillo y los escándalos éticos. Según esa consultoraLa imagen negativa de Milei trepó al 55,6%, superando incluso el piso histórico de rechazo de Cristina Fernández de Kirchner, que tiene 55,2.
El estudio también revela que el gobierno de Milei ya es percibido como el segundo más corrupto desde el regreso de la democracia en 1983.
Un demoledor 74,7% de los argentinos califica la situación económica actual como "mala o muy mala", el 39% de los encuestados siente pánico o tristeza y el 25,8% manifiesta un sentimiento de enojo.
El resultado de las encuestas tiene lógica. La motosierra de Milei que a algunos argentinos deshumanizados al principio les pareció graciosa, y que, de entrada, arremetió contra sectores específicos de la sociedad, como los trabajadores del Estado, los universitarios, los científicos o el conjunto de colectivos que agrupan a diversas orientaciones sexuales, se expandieron a casi todos los segmentos de la sociedad.
Las balas que antes picaban cerca, ahora impactan en los brazos, en las piernas, en el cuerpo y en muchos casos, en la cabeza de los argentinos.
De este gobierno despiadado no se salvaron ni los discapacitados, ni los abuelos.
Tampoco los sectores productivos que generan riqueza y trabajo en el país. A la industria, a la producción nacional, a las Pymes, las hicieron mierda, lo que se traduce en desinversión, cierre de empresas y desempleo.
Se salvaron los ricos, el sistema financiero y la famosa casta, los dirigentes políticos tradicionales, los funcionarios y burócratas, los empresarios prebendarios, los intermediarios del poder, esa elite cerrada que Milei venía a destruir y terminó siendo su aliada preferida.
El nuevo escenario político de la Argentina, con Milei y su gobierno desplomándose, también es un llamado de atención para un montón de personajes de la política local y provincial que coquetean con la Libertad Avanza convencidos de que vestirse de violeta los transforma inmediatamente en candidatos competitivos.
Son los que suponen que el caso de Maira Frías, una auténtica desconocida catapultada a una banca de diputada nacional, puede replicarse sin mayores dificultades.
Para esos pícaros oportunistas no importan los principios, ni las ideologías, ni la trayectoria.
Por ahí andan los Massoni, los Pagliaroni, los Cáceres, los Treffinger y todos los ventajeros que jugaban a ganador, y que, ahora, con el presidente en desgracia, deberían preguntarse si la estrategia de apostar a su arrastre sigue siendo un negocio o si no les conviene revisar la jugada.
Están en problemas. El que se creía león ya no ruge como antes, hoy apenas maúlla, y se va quedando sin manada.