¿Qué parte no entienden?

Durante décadas el fútbol femenino argentino fue condenado a la invisibilidad, al desprecio dirigencial y a la precariedad absoluta. Sin embargo, entre viajes interminables, autogestión y rebeldía, las futbolistas construyeron una historia de resistencia que hoy desafía al machismo del deporte más popular del país y exige, de una vez por todas, el lugar que les corresponde dentro de la cancha y en la memoria colectiva.

Grito de gol. Ante Paraguay.
07 MAR 2026 - 16:54 | Actualizado 08 MAR 2026 - 9:00

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Chubut

Les pusieron un grillete en la media pierna y pretendieron que bailaran igual.

Les cerraron la puerta del vestuario y les dijeron que el mundo era demasiado chico para sus botines.

Les explicaron, con esa pedagogía del desprecio tan antigua como el polvo de las tribunas, que el fútbol no era asunto de mujeres.

Que su territorio era otro. Que la pelota pesaba demasiado para sus pies y el estadio demasiado grande para sus voces.

Y aun así, salieron a jugar.

¿Qué parte no entienden?

Que cada vez que una piba pisa la pelota, no sólo acomoda el cuero, acomoda la historia. Que cuando tira un caño, no es una fantasía técnica; es una fuga del mandato. Que cuando se barre en el barro y se levanta con la rodilla sangrando, no está defendiendo un resultado; está defendiendo el derecho a existir en un territorio que durante décadas les fue negado.

Durante más de medio siglo las dejaron en el banco de suplentes de la memoria oficial. Las invisibilizaron con la misma eficacia con la que se esconde el polvo debajo de la alfombra. No porque no jugaran. No porque no hubiera talento. No porque faltara pasión. Sino porque la imagen de una mujer pateando fuerte, gritando un gol con los puños apretados, desarmaba un orden que se creía natural.

No era incapacidad. Era miedo.

Miedo a que la épica cambiara de voz.

Miedo a que el césped dejara de ser un feudo masculino.

Miedo a que la revolución tuviera trenzas.

Historia

Y mientras el fútbol de los varones se profesionalizaba en 1929 con contratos, reglamentos y aval institucional —después de 38 años de torneos amateurs—, las mujeres esperaron 82 años para que alguien en la AFA se dignara a reconocerlas. Ochenta y dos años de gambetas en la sombra. De campeonatos armados a pulmón. De redes cosidas a mano. De arcos improvisados.

Autogestión fue su escuela. Resistencia, su academia.

En 1923 ya había seis mil personas mirando a Argentinas contra Cosmopolitas en la vieja cancha de Boca. Seis mil testigos de una verdad que los dirigentes decidieron no registrar. El dato está ahí, obstinado, como una piedra en el zapato del relato oficial. Desde entonces la historia fue contada a medias. O peor; fue callada.

Argentina en México, en 1971.

En los años sesenta hubo partidos entre clubes. En 1964 quedó registro fílmico en la cancha de Tigre. En 1965, Tigre y el Centro Cultural Alberdi se enfrentaron en Estudiantes. En 1971, Argentina viajó a México a jugar un Mundial no oficial sin botines adecuados, sin médico, sin masajista, sin entrenador. Diecisiete jugadoras cargando más sueños que equipaje.

Y aun así, le metieron cuatro goles a Inglaterra.

Cuatro.

Cuatro gritos de Elba Selva el 21 de agosto.

Cuatro relámpagos en un cielo que nadie quería iluminar.

Terminaron cuartas entre seis equipos. Sin estructura. Sin respaldo. Sin premio. Sólo con orgullo. Décadas después, recién en 2019, ese 21 de agosto fue reconocido como el Día de las Futbolistas. Tardaron casi medio siglo en convertir en fecha lo que ya era leyenda.

¿Qué parte no entienden?

Que no estaban jugando “a pesar de todo”.

Estaban jugando contra todo.

En los setenta apenas unos pocos clubes aceptaban mujeres. Piraña, Excursionistas, Universitario, All Boys. Eran islas en un océano de prejuicio. En 1978 se organizó un torneo metropolitano de un mes que ganó Racing. En 1986 nació la Asociación Argentina de Fútbol Femenino, independiente de la AFA, con Doña Tota como madrina y Nils Altuna como presidenta. Organizaban campeonatos, financiaban viajes internacionales. Sin presupuesto estatal. Sin sponsors. Sin televisión.

La AFA recién en 1991 decidió “hacerse cargo”. Organizó el primer torneo oficial. Ocho equipos. Campeón River. Pero el reconocimiento vino sin inversión. Como quien presta el apellido pero no el pan. Formalidad sin recursos. Visibilidad sin presupuesto.

Y aun así, crecieron.

En 1997 los clubes pasaron de nueve a veintidós. En 1998 ya eran treinta y seis. River y Boca se alternaron títulos durante años. San Lorenzo irrumpió en 2008 y clasificó a la primera Copa Libertadores. Todo parecía avanzar… hasta que el techo volvió a sentirse demasiado bajo.

Entonces apareció la figura disruptiva. Macarena Sánchez. Futbolista. Trabajadora. Rebelde. Señaló lo obvio. No era suficiente. No se puede sostener una disciplina profesional con salarios inexistentes. No se puede exigir rendimiento de elite cuando las jugadoras entrenan después de cumplir jornadas laborales completas. No se puede romantizar la precariedad.

Macarena recibió aprietes. Desprestigio. Soledad. Pero también despertó conciencia. Y el reclamo se volvió colectivo. Marchas. Entrevistas. Cartas abiertas. La pelota empezó a rodar también en los medios.

Macarena Sánchez firma el primer contrato profesional en San Lorenzo.

Profesionalización

El 16 de marzo de 2019 se anunció la profesionalización. Cada club debía contratar al menos ocho jugadoras con un salario de 15 mil pesos, equivalente a la Primera C masculina. Ocho contratos. Ocho. El resto, a seguir remando. Profesionalización a medias en un océano de desigualdad.

Y además, sólo para los clubes directamente afiliados a la AFA. El interior, todavía en la intemperie. Como si el mapa del fútbol femenino terminara en la General Paz.

Mientras tanto, las escenas se repetían. Viajes el mismo día del partido, entre las cuatro y las nueve de la mañana. Dormir en un micro hasta la hora de competir. Viáticos que no alcanzan. Entrenamientos en horarios subordinados a los varones. Indumentaria que deben conseguir por su cuenta. Arcos que deben colocar ellas mismas. Puntos perdidos porque el travesaño no cumple la medida reglamentaria.

La reglamentación es estricta con el débil.

La indulgencia suele ser patrimonio del poderoso.

Pero hay algo que no pudieron reglamentar y es la convicción.

Y con la pelota —esa redonda insurrecta— que siempre vuelve. Incluso con memoria.

El fútbol de las pibas se construye con otra lírica. No necesita del machismo ni del aguante violento. No se alimenta de la homofobia ni del insulto fácil. Es un fútbol disidente, inclusivo, diverso. Un fútbol que abraza en lugar de expulsar. Que canta colectivo en lugar de individualismo. Que entiende que el pase es confianza y que el gol es consecuencia del trabajo compartido.

Es, en definitiva, una propuesta cultural.

Porque cada vez que llenan una cancha, quiebran un mito. Cada vez que una nena pide una camiseta con el nombre de su jugadora favorita, algo en el orden simbólico se reconfigura. Cada vez que una tribuna corea sus nombres, el argumento de “no vende” se desmorona como estadio mal construido.

Dicen que es caro.

Dicen que no convoca.

Dicen que no es negocio.

La pregunta es otra. ¿Cuánto cuesta la igualdad? ¿Cuánto vale reparar décadas de invisibilización? ¿Cuánto vale una historia que recién ahora empieza a escribirse con letras grandes?

Es muy probable que Argentina clasifique al Mundial Brasil 2027. Está acá al lado. El sueño no es descabellado. El crecimiento es real. El temple está probado. Después de todo lo que atravesaron —viajes sin recursos, torneos sin aval, salarios insuficientes, desprecio estructural—, ¿Por qué no pensar en estar entre las ocho mejores?

El límite no está en sus piernas.

Está en la imaginación de quienes todavía subestiman.

¿Qué parte no entienden?

Que no están pidiendo permiso.Que no están mendigando un espacio.Que no quieren flores el 8 de marzo y olvido el resto del año. Están tomando la cancha. Están reescribiendo la épica. Están incendiando el viejo libreto con cada pase filtrado.

Y cuando la pelota entra y la red se infla, no es sólo un gol.Es historia que vuelve.

Grito de gol. Ante Paraguay.
07 MAR 2026 - 16:54

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Chubut

Les pusieron un grillete en la media pierna y pretendieron que bailaran igual.

Les cerraron la puerta del vestuario y les dijeron que el mundo era demasiado chico para sus botines.

Les explicaron, con esa pedagogía del desprecio tan antigua como el polvo de las tribunas, que el fútbol no era asunto de mujeres.

Que su territorio era otro. Que la pelota pesaba demasiado para sus pies y el estadio demasiado grande para sus voces.

Y aun así, salieron a jugar.

¿Qué parte no entienden?

Que cada vez que una piba pisa la pelota, no sólo acomoda el cuero, acomoda la historia. Que cuando tira un caño, no es una fantasía técnica; es una fuga del mandato. Que cuando se barre en el barro y se levanta con la rodilla sangrando, no está defendiendo un resultado; está defendiendo el derecho a existir en un territorio que durante décadas les fue negado.

Durante más de medio siglo las dejaron en el banco de suplentes de la memoria oficial. Las invisibilizaron con la misma eficacia con la que se esconde el polvo debajo de la alfombra. No porque no jugaran. No porque no hubiera talento. No porque faltara pasión. Sino porque la imagen de una mujer pateando fuerte, gritando un gol con los puños apretados, desarmaba un orden que se creía natural.

No era incapacidad. Era miedo.

Miedo a que la épica cambiara de voz.

Miedo a que el césped dejara de ser un feudo masculino.

Miedo a que la revolución tuviera trenzas.

Historia

Y mientras el fútbol de los varones se profesionalizaba en 1929 con contratos, reglamentos y aval institucional —después de 38 años de torneos amateurs—, las mujeres esperaron 82 años para que alguien en la AFA se dignara a reconocerlas. Ochenta y dos años de gambetas en la sombra. De campeonatos armados a pulmón. De redes cosidas a mano. De arcos improvisados.

Autogestión fue su escuela. Resistencia, su academia.

En 1923 ya había seis mil personas mirando a Argentinas contra Cosmopolitas en la vieja cancha de Boca. Seis mil testigos de una verdad que los dirigentes decidieron no registrar. El dato está ahí, obstinado, como una piedra en el zapato del relato oficial. Desde entonces la historia fue contada a medias. O peor; fue callada.

Argentina en México, en 1971.

En los años sesenta hubo partidos entre clubes. En 1964 quedó registro fílmico en la cancha de Tigre. En 1965, Tigre y el Centro Cultural Alberdi se enfrentaron en Estudiantes. En 1971, Argentina viajó a México a jugar un Mundial no oficial sin botines adecuados, sin médico, sin masajista, sin entrenador. Diecisiete jugadoras cargando más sueños que equipaje.

Y aun así, le metieron cuatro goles a Inglaterra.

Cuatro.

Cuatro gritos de Elba Selva el 21 de agosto.

Cuatro relámpagos en un cielo que nadie quería iluminar.

Terminaron cuartas entre seis equipos. Sin estructura. Sin respaldo. Sin premio. Sólo con orgullo. Décadas después, recién en 2019, ese 21 de agosto fue reconocido como el Día de las Futbolistas. Tardaron casi medio siglo en convertir en fecha lo que ya era leyenda.

¿Qué parte no entienden?

Que no estaban jugando “a pesar de todo”.

Estaban jugando contra todo.

En los setenta apenas unos pocos clubes aceptaban mujeres. Piraña, Excursionistas, Universitario, All Boys. Eran islas en un océano de prejuicio. En 1978 se organizó un torneo metropolitano de un mes que ganó Racing. En 1986 nació la Asociación Argentina de Fútbol Femenino, independiente de la AFA, con Doña Tota como madrina y Nils Altuna como presidenta. Organizaban campeonatos, financiaban viajes internacionales. Sin presupuesto estatal. Sin sponsors. Sin televisión.

La AFA recién en 1991 decidió “hacerse cargo”. Organizó el primer torneo oficial. Ocho equipos. Campeón River. Pero el reconocimiento vino sin inversión. Como quien presta el apellido pero no el pan. Formalidad sin recursos. Visibilidad sin presupuesto.

Y aun así, crecieron.

En 1997 los clubes pasaron de nueve a veintidós. En 1998 ya eran treinta y seis. River y Boca se alternaron títulos durante años. San Lorenzo irrumpió en 2008 y clasificó a la primera Copa Libertadores. Todo parecía avanzar… hasta que el techo volvió a sentirse demasiado bajo.

Entonces apareció la figura disruptiva. Macarena Sánchez. Futbolista. Trabajadora. Rebelde. Señaló lo obvio. No era suficiente. No se puede sostener una disciplina profesional con salarios inexistentes. No se puede exigir rendimiento de elite cuando las jugadoras entrenan después de cumplir jornadas laborales completas. No se puede romantizar la precariedad.

Macarena recibió aprietes. Desprestigio. Soledad. Pero también despertó conciencia. Y el reclamo se volvió colectivo. Marchas. Entrevistas. Cartas abiertas. La pelota empezó a rodar también en los medios.

Macarena Sánchez firma el primer contrato profesional en San Lorenzo.

Profesionalización

El 16 de marzo de 2019 se anunció la profesionalización. Cada club debía contratar al menos ocho jugadoras con un salario de 15 mil pesos, equivalente a la Primera C masculina. Ocho contratos. Ocho. El resto, a seguir remando. Profesionalización a medias en un océano de desigualdad.

Y además, sólo para los clubes directamente afiliados a la AFA. El interior, todavía en la intemperie. Como si el mapa del fútbol femenino terminara en la General Paz.

Mientras tanto, las escenas se repetían. Viajes el mismo día del partido, entre las cuatro y las nueve de la mañana. Dormir en un micro hasta la hora de competir. Viáticos que no alcanzan. Entrenamientos en horarios subordinados a los varones. Indumentaria que deben conseguir por su cuenta. Arcos que deben colocar ellas mismas. Puntos perdidos porque el travesaño no cumple la medida reglamentaria.

La reglamentación es estricta con el débil.

La indulgencia suele ser patrimonio del poderoso.

Pero hay algo que no pudieron reglamentar y es la convicción.

Y con la pelota —esa redonda insurrecta— que siempre vuelve. Incluso con memoria.

El fútbol de las pibas se construye con otra lírica. No necesita del machismo ni del aguante violento. No se alimenta de la homofobia ni del insulto fácil. Es un fútbol disidente, inclusivo, diverso. Un fútbol que abraza en lugar de expulsar. Que canta colectivo en lugar de individualismo. Que entiende que el pase es confianza y que el gol es consecuencia del trabajo compartido.

Es, en definitiva, una propuesta cultural.

Porque cada vez que llenan una cancha, quiebran un mito. Cada vez que una nena pide una camiseta con el nombre de su jugadora favorita, algo en el orden simbólico se reconfigura. Cada vez que una tribuna corea sus nombres, el argumento de “no vende” se desmorona como estadio mal construido.

Dicen que es caro.

Dicen que no convoca.

Dicen que no es negocio.

La pregunta es otra. ¿Cuánto cuesta la igualdad? ¿Cuánto vale reparar décadas de invisibilización? ¿Cuánto vale una historia que recién ahora empieza a escribirse con letras grandes?

Es muy probable que Argentina clasifique al Mundial Brasil 2027. Está acá al lado. El sueño no es descabellado. El crecimiento es real. El temple está probado. Después de todo lo que atravesaron —viajes sin recursos, torneos sin aval, salarios insuficientes, desprecio estructural—, ¿Por qué no pensar en estar entre las ocho mejores?

El límite no está en sus piernas.

Está en la imaginación de quienes todavía subestiman.

¿Qué parte no entienden?

Que no están pidiendo permiso.Que no están mendigando un espacio.Que no quieren flores el 8 de marzo y olvido el resto del año. Están tomando la cancha. Están reescribiendo la épica. Están incendiando el viejo libreto con cada pase filtrado.

Y cuando la pelota entra y la red se infla, no es sólo un gol.Es historia que vuelve.