Por Lorena Leeming / Redacción Jornada
El miedo empieza a aparecer en las conversaciones cotidianas. Lo expresan jóvenes trans que se preguntan qué va a pasar con sus vidas, si van a ser discriminados o si podrán seguir recibiendo atención médica. También lo plantean las familias, que buscan respuestas frente a un escenario que sienten cada vez más incierto. Para Hernán Helien, médico psiquiatra y especialista en sexología transgénero, esa preocupación tiene un nombre: estrés de minoría.
“Empieza a surgir el miedo a qué me van a decir, si me van a discriminar, si voy a poder seguir atendiéndome”, cuenta. Desde su experiencia en la atención de personas trans, observa cómo los discursos que asocian la diversidad con la enfermedad o la perversión generan angustia y profundizan la sensación de desprotección.
Helien estuvo en Puerto Madryn, donde brindó una capacitación sobre identidad de género, el derecho a la autopercepción y los desafíos que atraviesan las niñeces y adolescencias trans. La actividad fue también una oportunidad para poner en discusión el impacto de la discriminación en la salud mental y las dificultades que todavía existen para garantizar una atención adecuada.
El panorama, sostiene, está marcado por una contradicción. En las últimas dos décadas hubo avances importantes en el reconocimiento social y legal de las personas trans, pero hoy conviven con discursos hostiles, cuestionamientos a derechos adquiridos y obstáculos en el acceso a la salud.
“Hay un escenario negativo desde ese lugar, pero también muchos avances”, señala. En 2005, cuando formó el primer equipo de atención de salud trans en el Hospital Durand, la situación era muy distinta. La atención específica prácticamente no existía y las identidades trans seguían siendo desconocidas o cuestionadas en buena parte de los ámbitos profesionales.
Con el tiempo, la situación empezó a cambiar. La Ley de Identidad de Género representó, en ese recorrido, un punto de inflexión al reconocer el derecho de las personas a su identidad autopercibida e incorporar el acceso a la salud de la población trans en la agenda pública.
Helein encuentra una señal de esa transformación en las respuestas que recibe durante sus capacitaciones. Cuando pregunta cuántas personas tienen familiares trans, hoy suelen levantarse varias manos. Si consulta a los profesionales presentes cuántos atienden a personas trans, también encuentra una respuesta muy diferente de la que obtenía años atrás.
“Hace 20 años preguntaba esas mismas cosas y nadie levantaba la mano. Mis colegas no atendían personas trans, ni hablar de niñeces y adolescencias”, recuerda.
Esa mayor visibilidad, sin embargo, no significa que la inclusión esté resuelta. Para el especialista, el reconocimiento social convive con expresiones de violencia que pueden ir desde la discriminación cotidiana hasta los ataques y los crímenes de odio. Las redes sociales también se convierten en espacios donde circulan mensajes que estigmatizan y cuestionan la existencia misma de las personas trans.
A esa situación se suman las decisiones que afectan el acceso a tratamientos. Helien cuestiona el DNU 62 impulsado por el gobierno de Javier Milei, que restringe la atención médica vinculada a la transición de género para menores de 18 años. Considera que la medida deja a niñas, niños y adolescentes trans en una situación de mayor vulnerabilidad y sostiene que las restricciones no responden, a su juicio, a una justificación científica suficiente.
El problema no se limita al marco normativo. También alcanza a los recursos disponibles en los hospitales públicos. Helein cuenta que, durante una visita reciente al Hospital Durand, donde trabajó hasta aproximadamente un año antes de la entrevista, le señalaron que hacía meses que no recibían insumos para tratamientos hormonales y que llevaban entre dos y tres años sin recibir medicación para inhibidores de la pubertad.
La falta de estos recursos puede tener consecuencias concretas para quienes necesitan esos tratamientos y no cuentan con dinero para acceder a ellos por otras vías. A esto se agrega, según el especialista, la reducción de recursos destinados a la salud y a la investigación, que dificulta conocer con mayor precisión el impacto de estas situaciones en la población argentina.
El costo emocional de la discriminación
El estrés de minoría ayuda a explicar por qué la hostilidad social no queda solamente en el plano de las palabras. El concepto describe el desgaste psicológico que experimentan las personas pertenecientes a grupos estigmatizados cuando deben convivir con el rechazo, la discriminación o la amenaza constante de ser agredidas.
“Eso no es gratis para las personas”, advierte Helien. La exposición sostenida a estos mensajes puede traducirse en mayores niveles de ansiedad, estrés y depresión. También puede alimentar el temor a perder derechos, a quedarse sin atención médica o a no encontrar un lugar seguro en la sociedad.
En los grupos de jóvenes trans que coordina desde hace años, esas inquietudes aparecen cada vez que se conversa sobre el presente y el futuro. Lo mismo sucede con las familias que llegan a la consulta sin saber cómo acompañar a sus hijos frente a los cambios en las políticas públicas y el clima social.
El especialista menciona investigaciones realizadas en Estados Unidos por The Trevor Project, una organización dedicada a la prevención del suicidio entre jóvenes LGBTQ+, para ilustrar la preocupación por el deterioro de la salud mental. Sin embargo, advierte que en Argentina faltan estudios propios que permitan dimensionar el fenómeno y comprender cómo repercute en las distintas comunidades.
Para Helien, esa ausencia de información también forma parte del problema. Sin investigación sostenida y sin recursos suficientes, resulta más difícil diseñar políticas públicas que respondan a las necesidades concretas de la población.
La identidad como un derecho
En el centro de la discusión hay una cuestión que el psiquiatra considera fundamental: comprender que la identidad de género no es una elección arbitraria, sino una vivencia personal, un proceso de reconocimiento de quién es cada uno.
“Uno, vos, yo, todos, en algún momento nos damos cuenta de quiénes somos y qué vamos a seguir siendo. Ese es el tema complejo de una construcción: es una percepción personal y un descubrimiento”, explica.
La identidad de género, agrega, tiene que ver con la manera en que cada persona vive y experimenta su propio género. Reconocer esa experiencia significa respetar el derecho de cada individuo a ser quien es, sin que esa identidad se convierta en motivo de exclusión o de obstáculos para acceder a la salud.
Desde esa perspectiva, la diversidad no debería entenderse como una realidad ajena, que afecta únicamente a determinados grupos. Está presente en las familias, en los espacios de trabajo, en las escuelas y en la vida cotidiana. Por eso, insiste, hablar de inclusión es hablar de personas reales, con necesidades y derechos concretos.
El desafío, entonces, no pasa solamente por sostener los avances legales. También implica garantizar que esos derechos puedan ejercerse, que haya profesionales preparados para atender a la población trans y que ninguna persona quede afuera del sistema de salud por su identidad o por falta de recursos.
Helein retoma una idea de la filósofa Judith Butler para pensar el alcance de esa tarea: “El futuro de las democracias depende de la adquisición de derechos de los que no los tienen”.
Todavía falta para alcanzar esa equidad, sostiene. Mientras persistan la discriminación, las barreras de acceso y los discursos que convierten la diversidad en una amenaza, la inclusión seguirá siendo una tarea pendiente.
“Tenemos que entender que los diversos somos todos y que todos tenemos básicamente iguales derechos: derechos a vivir, a respirar, a amar y a habitar cada uno su cuerpo y esta sociedad”, concluye.
Para Helien, de eso se trata, en definitiva, garantizar derechos: que cada persona pueda vivir su identidad sin miedo y recibir la atención que necesita, sin que su existencia tenga que ser puesta en discusión.
Por Lorena Leeming / Redacción Jornada
El miedo empieza a aparecer en las conversaciones cotidianas. Lo expresan jóvenes trans que se preguntan qué va a pasar con sus vidas, si van a ser discriminados o si podrán seguir recibiendo atención médica. También lo plantean las familias, que buscan respuestas frente a un escenario que sienten cada vez más incierto. Para Hernán Helien, médico psiquiatra y especialista en sexología transgénero, esa preocupación tiene un nombre: estrés de minoría.
“Empieza a surgir el miedo a qué me van a decir, si me van a discriminar, si voy a poder seguir atendiéndome”, cuenta. Desde su experiencia en la atención de personas trans, observa cómo los discursos que asocian la diversidad con la enfermedad o la perversión generan angustia y profundizan la sensación de desprotección.
Helien estuvo en Puerto Madryn, donde brindó una capacitación sobre identidad de género, el derecho a la autopercepción y los desafíos que atraviesan las niñeces y adolescencias trans. La actividad fue también una oportunidad para poner en discusión el impacto de la discriminación en la salud mental y las dificultades que todavía existen para garantizar una atención adecuada.
El panorama, sostiene, está marcado por una contradicción. En las últimas dos décadas hubo avances importantes en el reconocimiento social y legal de las personas trans, pero hoy conviven con discursos hostiles, cuestionamientos a derechos adquiridos y obstáculos en el acceso a la salud.
“Hay un escenario negativo desde ese lugar, pero también muchos avances”, señala. En 2005, cuando formó el primer equipo de atención de salud trans en el Hospital Durand, la situación era muy distinta. La atención específica prácticamente no existía y las identidades trans seguían siendo desconocidas o cuestionadas en buena parte de los ámbitos profesionales.
Con el tiempo, la situación empezó a cambiar. La Ley de Identidad de Género representó, en ese recorrido, un punto de inflexión al reconocer el derecho de las personas a su identidad autopercibida e incorporar el acceso a la salud de la población trans en la agenda pública.
Helein encuentra una señal de esa transformación en las respuestas que recibe durante sus capacitaciones. Cuando pregunta cuántas personas tienen familiares trans, hoy suelen levantarse varias manos. Si consulta a los profesionales presentes cuántos atienden a personas trans, también encuentra una respuesta muy diferente de la que obtenía años atrás.
“Hace 20 años preguntaba esas mismas cosas y nadie levantaba la mano. Mis colegas no atendían personas trans, ni hablar de niñeces y adolescencias”, recuerda.
Esa mayor visibilidad, sin embargo, no significa que la inclusión esté resuelta. Para el especialista, el reconocimiento social convive con expresiones de violencia que pueden ir desde la discriminación cotidiana hasta los ataques y los crímenes de odio. Las redes sociales también se convierten en espacios donde circulan mensajes que estigmatizan y cuestionan la existencia misma de las personas trans.
A esa situación se suman las decisiones que afectan el acceso a tratamientos. Helien cuestiona el DNU 62 impulsado por el gobierno de Javier Milei, que restringe la atención médica vinculada a la transición de género para menores de 18 años. Considera que la medida deja a niñas, niños y adolescentes trans en una situación de mayor vulnerabilidad y sostiene que las restricciones no responden, a su juicio, a una justificación científica suficiente.
El problema no se limita al marco normativo. También alcanza a los recursos disponibles en los hospitales públicos. Helein cuenta que, durante una visita reciente al Hospital Durand, donde trabajó hasta aproximadamente un año antes de la entrevista, le señalaron que hacía meses que no recibían insumos para tratamientos hormonales y que llevaban entre dos y tres años sin recibir medicación para inhibidores de la pubertad.
La falta de estos recursos puede tener consecuencias concretas para quienes necesitan esos tratamientos y no cuentan con dinero para acceder a ellos por otras vías. A esto se agrega, según el especialista, la reducción de recursos destinados a la salud y a la investigación, que dificulta conocer con mayor precisión el impacto de estas situaciones en la población argentina.
El costo emocional de la discriminación
El estrés de minoría ayuda a explicar por qué la hostilidad social no queda solamente en el plano de las palabras. El concepto describe el desgaste psicológico que experimentan las personas pertenecientes a grupos estigmatizados cuando deben convivir con el rechazo, la discriminación o la amenaza constante de ser agredidas.
“Eso no es gratis para las personas”, advierte Helien. La exposición sostenida a estos mensajes puede traducirse en mayores niveles de ansiedad, estrés y depresión. También puede alimentar el temor a perder derechos, a quedarse sin atención médica o a no encontrar un lugar seguro en la sociedad.
En los grupos de jóvenes trans que coordina desde hace años, esas inquietudes aparecen cada vez que se conversa sobre el presente y el futuro. Lo mismo sucede con las familias que llegan a la consulta sin saber cómo acompañar a sus hijos frente a los cambios en las políticas públicas y el clima social.
El especialista menciona investigaciones realizadas en Estados Unidos por The Trevor Project, una organización dedicada a la prevención del suicidio entre jóvenes LGBTQ+, para ilustrar la preocupación por el deterioro de la salud mental. Sin embargo, advierte que en Argentina faltan estudios propios que permitan dimensionar el fenómeno y comprender cómo repercute en las distintas comunidades.
Para Helien, esa ausencia de información también forma parte del problema. Sin investigación sostenida y sin recursos suficientes, resulta más difícil diseñar políticas públicas que respondan a las necesidades concretas de la población.
La identidad como un derecho
En el centro de la discusión hay una cuestión que el psiquiatra considera fundamental: comprender que la identidad de género no es una elección arbitraria, sino una vivencia personal, un proceso de reconocimiento de quién es cada uno.
“Uno, vos, yo, todos, en algún momento nos damos cuenta de quiénes somos y qué vamos a seguir siendo. Ese es el tema complejo de una construcción: es una percepción personal y un descubrimiento”, explica.
La identidad de género, agrega, tiene que ver con la manera en que cada persona vive y experimenta su propio género. Reconocer esa experiencia significa respetar el derecho de cada individuo a ser quien es, sin que esa identidad se convierta en motivo de exclusión o de obstáculos para acceder a la salud.
Desde esa perspectiva, la diversidad no debería entenderse como una realidad ajena, que afecta únicamente a determinados grupos. Está presente en las familias, en los espacios de trabajo, en las escuelas y en la vida cotidiana. Por eso, insiste, hablar de inclusión es hablar de personas reales, con necesidades y derechos concretos.
El desafío, entonces, no pasa solamente por sostener los avances legales. También implica garantizar que esos derechos puedan ejercerse, que haya profesionales preparados para atender a la población trans y que ninguna persona quede afuera del sistema de salud por su identidad o por falta de recursos.
Helein retoma una idea de la filósofa Judith Butler para pensar el alcance de esa tarea: “El futuro de las democracias depende de la adquisición de derechos de los que no los tienen”.
Todavía falta para alcanzar esa equidad, sostiene. Mientras persistan la discriminación, las barreras de acceso y los discursos que convierten la diversidad en una amenaza, la inclusión seguirá siendo una tarea pendiente.
“Tenemos que entender que los diversos somos todos y que todos tenemos básicamente iguales derechos: derechos a vivir, a respirar, a amar y a habitar cada uno su cuerpo y esta sociedad”, concluye.
Para Helien, de eso se trata, en definitiva, garantizar derechos: que cada persona pueda vivir su identidad sin miedo y recibir la atención que necesita, sin que su existencia tenga que ser puesta en discusión.