Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Nació en el barro.
Y acaso por eso aprendió desde el principio que la historia no se escribe solamente en los palacios. También se escribe con las manos ásperas, con los zapatos gastados, con el sudor de quien vuelve del trabajo cuando todavía no amaneció. Nació allí donde nadie esperaba que naciera nada. Entre fábricas, talleres, sindicatos, barrios nuevos y multitudes que durante demasiado tiempo habían aprendido a bajar la voz.
Al principio fue un murmullo. Después fue un grito. Y aquel grito tuvo una fecha. La del 17 de octubre de 1945.
Las calles se llenaron de hombres y mujeres que llegaron desde los márgenes hacia el centro de la historia. El agua de las fuentes se mezcló con el polvo de los caminos y aquella escena terminó convirtiéndose en una de las imágenes fundacionales de la política argentina.
Desde entonces, el peronismo dejó de ser solamente una corriente política. Se transformó en una criatura mucho más difícil de definir. Movimiento, identidad, doctrina, memoria, esperanza, contradicción.
Y mito.
Hay movimientos que caben en un programa, pero el peronismo nunca cupo del todo en ninguno.
Se hizo bandera y canción. Se hizo fotografía en blanco y negro y se hizo multitud. Se hizo duelo y celebración. Discusión familiar alrededor de una mesa, una conversación de café o una pintada en una pared y un nombre pronunciado en voz baja o desde una tribuna.
Se hizo parte de ese arcano impermeable que algunos llaman Argentina.
Desde entonces, cada generación volvió a encontrarse con él.
Para defenderlo o combatirlo; para transformarlo o para negarlo. O para volver a invocarlo.
Porque el peronismo tiene esa extraña capacidad de aparecer incluso cuando parece ausente. Como esas raíces que permanecen
debajo de la tierra durante el invierno y esperan, silenciosas, la primera lluvia.
Lo quisieron definir de mil maneras.
Fascista, zurdo, tirano, populista, demagogo. Bruto, ignorante, negro, cabecita. Y nacional. Lo llamaron ladrón. Lo llamaron de tantas maneras que terminaron construyendo, sin quererlo, el monumento más extraño de todos cual es el catálogo de los miedos de quienes nunca soportaron que el pueblo dejara de ser espectador.
Porque quizá eso fue lo imperdonable.
Que los de abajo descubrieran que también podían subir. Que el trabajador pudiera levantar la cabeza. Que el pobre pudiera mirar de frente y que la multitud comprendiera que, cuando se organiza, deja de ser multitud y se convierte en poder.
Y que cada definición parecía iluminar apenas una habitación de una casa mucho más grande.
Porque el peronismo siempre tuvo algo de animal mitológico como de cambiar de piel sin desaparecer.
Tuvo enemigos y aliados. Santos y pecadores. Tuvo héroes, oportunistas, mártires, dirigentes, traidores, militantes anónimos y multitudes que jamás aparecieron en los libros.
Tuvo también sus propias contradicciones.
Y acaso allí reside una parte de su misterio.
Porque ningún movimiento que pretenda representar una sociedad entera puede ser completamente puro. El peronismo fue, como la Argentina, una mezcla. Un río al que fueron llegando afluentes distintos, algunos cristalinos, otros turbios, pero todos destinados a desembocar en la misma corriente.
Y tuvo dos figuras que terminaron convertidas en símbolos.
Eva.
La mujer que salió de Los Toldos y llegó al centro de una época. La actriz convertida en dirigente, la primera dama convertida en bandera. La mujer que habló en nombre de los trabajadores y que convirtió su propia muerte en una ausencia gigantesca.
La bastarda. La puta. La ambiciosa. La que odiaron con una ferocidad que solamente puede despertar quien ha tocado una fibra demasiado profunda.
Después intentaron matarla por segunda vez.
Secuestraron su cuerpo, lo escondieron, lo hicieron desaparecer y creyeron que enterrando el cadáver enterraban el símbolo.
No entendieron nada. Porque Eva no necesitaba un cuerpo para existir. Le alcanzaba la memoria. Y la memoria, cuando pertenece a un pueblo, es indestructible.
Su cuerpo desapareció durante años. Pero su nombre permaneció y a veces los nombres sobreviven precisamente porque alguien intentó borrarlos.
Perón.
El general que construyó un movimiento alrededor de una idea de comunidad organizada, justicia social, soberanía política e independencia económica. El hombre que fue derrocado, expulsado y obligado a vivir dieciocho años fuera del país.
Dieciocho años. Una eternidad para un hombre; un instante para un mito.
Durante aquel largo exilio, su nombre recorrió caminos clandestinos, casas humildes, sindicatos, reuniones secretas y conversaciones familiares. El país podía prohibir una fotografía o una consigna. Podía prohibir incluso pronunciar su nombre; pero no que alguien lo recordara.
Y la memoria, cuando se vuelve colectiva, es una forma de resistencia.
Por eso el peronismo sobrevivió a proscripciones, golpes, persecuciones, divisiones y derrotas electorales.
Sobrevivió incluso a sí mismo.
Porque también supo hacerse daño.
Fue perseguidor y perseguido. Fue gobierno y oposición. Fue promesa y decepción. Fue épica y tragedia y tuvo momentos de grandeza y momentos de oscuridad, como casi todo lo que verdaderamente pertenece a la historia.
Nunca fue una línea recta.
Fue un laberinto, un río, una tormenta. Una criatura política que aprendió a caminar sobre el terreno movedizo de la Argentina.
Y quizá por eso su historia resulta inseparable de la historia del país.
Porque la Argentina contemporánea puede discutir al peronismo, cuestionarlo, reivindicarlo, rechazarlo o intentar superarlo. Lo que difícilmente puede hacer es ignorarlo.
Está allí.
En las fábricas que cambiaron de paisaje. En los barrios que crecieron alrededor de las ciudades. En las leyes laborales. En los sindicatos. En las conquistas sociales. En las crisis, en las plazas llenas y en las plazas vacías. En las elecciones, en los exilios y en los libros de historia. En ese extraño deporte nacional de discutir sobre política como si se discutiera sobre fútbol, religión o amor.
Porque el peronismo pertenece también al territorio de las pasiones. Y las pasiones no obedecen fácilmente a la razón.
Por eso no desaparece cuando pierde. Se repliega, se rompe, se divide y se reinventa. Y espera. Como un fogón debajo de las cenizas. Como un río que desaparece durante un trecho y vuelve a aparecer kilómetros después.
Cada vez que alguien anuncia su muerte, la historia vuelve a ponerle el estetoscopio.
Y escucha un latido.
No siempre el mismo ni en la misma dirección, pero un latido al fin.

Ahí está su paradoja.
El peronismo quiso construir una comunidad y terminó construyendo también una identidad. Quiso organizar una doctrina y terminó creando una mitología. Quiso gobernar un país y terminó formando parte de su memoria profunda.
Por eso hay argentinos que lo aman y otros que lo rechazan. Algunos que lo estudian y otros más que lo padecen.
Y muchos que, aun sin reconocerse peronistas, viven dentro de una Argentina cuya historia fue profundamente atravesada por el peronismo.
Porque los movimientos históricos verdaderamente grandes no desaparecen cuando termina una época. Cambian de forma, se esconden en el lenguaje y en las costumbres. En los símbolos, en las discusiones, en las heridas, en las nostalgias y en las esperanzas. Y siguen estando.
El peronismo es también eso. Una pregunta que Argentina todavía no terminó de responder.
¿Qué país quiere ser? ¿Quiénes tienen derecho a ocupar el centro de la escena? ¿Hasta dónde debe llegar el Estado? ¿Qué significa justicia social? ¿Dónde termina la igualdad y dónde empieza el mérito? ¿Qué lugar ocupa el trabajo? ¿Qué significa ser pueblo?
Son preguntas que exceden a un partido.
Y quizás por eso el peronismo sigue siendo más grande que cualquiera de sus dirigentes.
Los hombres y las mujeres pasan; los gobiernos pasan; las consignas cambian y las banderas envejecen. Los nombres se reemplazan, pero algunas preguntas permanecen.
Y mientras esas preguntas sigan abiertas, el peronismo seguirá encontrando una puerta por donde regresar a la conversación argentina. No necesariamente como antes. Nunca exactamente como antes. Pero de alguna manera.
Porque hay movimientos que pertenecen a una época y hay otros que terminan perteneciendo a la memoria de un país. Y el peronismo, con sus luces y sus sombras, con sus victorias y sus derrotas, con sus grandezas y sus contradicciones, pertenece a esa segunda categoría.
Por eso vuelve una y otra vez.
No como una respuesta definitiva. Sino como un fantasma, una bandera, una herida, una esperanza o una pregunta.
Depende de quién lo mire. Depende de quién lo recuerde y depende de quién lo nombre. Pero siempre vuelve a aparecer cuando la
Argentina vuelve a preguntarse qué quiere ser.
Porque quizás esa sea, después de más de ocho décadas, su verdadera paradoja. El peronismo dejó de ser solamente una fuerza política para convertirse en una de las formas en que la Argentina discute consigo misma.
Puede abrazar y puede expulsar. Construir y destruir. Puede ser gobierno y puede ser resistencia. Y puede también ser doctrina, pragmatismo, revolución, conservación, justicia social, poder, memoria y también contradicción.
Porque quizá su verdadera naturaleza sea esa. No caber. No entrar jamás del todo en ninguna definición.
Por eso incomoda.
Por eso fascina.
Por eso enfurece.
Por eso vuelve.
No es solamente un partido. Es una criatura política que aprendió a cambiar de piel sin perder el corazón con una memoria de elefante y paciencia de condenado.
Puede esperar años... décadas. Puede quedarse quieto mientras otros festejan su muerte. Y entonces, cuando todos creen que ya está terminado, cuando los vencedores levantan las copas y escriben su epitafio... aparece otra vez.
Primero como un murmullo. Después como una voz. Después como un canto. Y finalmente como una multitud que cuando canta, el silencio retrocede. Por eso el peronismo es sensual como la piel, terco como el amor y peligroso como una verdad que llega demasiado tarde.
Porque el peronismo respira. A veces débil. A veces furioso. A veces herido, pero respira. Y cuando respira la multitud, tiemblan las veredas.
Porque el peronismo no se entiende solamente con la cabeza. Se entiende con la memoria. Con la piel. Con las tripas y con el corazón.
Es una religión sin Vaticano. Una liturgia sin sacerdote. Una fe sin cielo. Una bandera que aprendió a sobrevivir a quienes intentaron arrancarla de los mástiles.
Y es, al mismo tiempo, su propia contradicción y su propia condena.
Su pecado es creer demasiado en sí mismo. Su virtud, también. Porque quizá ese sea el verdadero misterio. Que después de tantas décadas nadie consiguió convertirlo en pasado.
Lo pueden discutir. Lo pueden odiar. Lo pueden amar. Lo pueden negar. Lo pueden combatir, pero no pueden ignorarlo. Porque el peronismo no es solamente una página de la historia argentina, sino que es una de las fuerzas que escribieron el libro.
Y tal vez por eso, cada vez que alguien pronuncia su nombre como si estuviera hablando de un cadáver, en algún barrio, en alguna fábrica, en alguna plaza, alguien vuelve a levantar una bandera.
Primero una. Después diez. Después cien. Y de pronto la calle vuelve a llenarse. Los bombos vuelven a sonar, la memoria vuelve a caminar y la historia, que parecía dormida, abre los ojos.
Y cuando todo parece terminado...cuando los vencedores ya están escribiendo la última línea...cuando creen que finalmente han conseguido enterrarlo...desde algún lugar vuelve a escucharse un bombo. Después otro. Y otro. Y otro. Hasta que la noche comprende que no era silencio. Era espera.
Porque el peronismo, como ciertas tormentas, no pide permiso para regresar.
Vuelve.
Siempre vuelve.
Y, de nuevo, tal vez, alguien se preguntará por qué. Porque no es bueno ser feliz en soledad.
Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Nació en el barro.
Y acaso por eso aprendió desde el principio que la historia no se escribe solamente en los palacios. También se escribe con las manos ásperas, con los zapatos gastados, con el sudor de quien vuelve del trabajo cuando todavía no amaneció. Nació allí donde nadie esperaba que naciera nada. Entre fábricas, talleres, sindicatos, barrios nuevos y multitudes que durante demasiado tiempo habían aprendido a bajar la voz.
Al principio fue un murmullo. Después fue un grito. Y aquel grito tuvo una fecha. La del 17 de octubre de 1945.
Las calles se llenaron de hombres y mujeres que llegaron desde los márgenes hacia el centro de la historia. El agua de las fuentes se mezcló con el polvo de los caminos y aquella escena terminó convirtiéndose en una de las imágenes fundacionales de la política argentina.
Desde entonces, el peronismo dejó de ser solamente una corriente política. Se transformó en una criatura mucho más difícil de definir. Movimiento, identidad, doctrina, memoria, esperanza, contradicción.
Y mito.
Hay movimientos que caben en un programa, pero el peronismo nunca cupo del todo en ninguno.
Se hizo bandera y canción. Se hizo fotografía en blanco y negro y se hizo multitud. Se hizo duelo y celebración. Discusión familiar alrededor de una mesa, una conversación de café o una pintada en una pared y un nombre pronunciado en voz baja o desde una tribuna.
Se hizo parte de ese arcano impermeable que algunos llaman Argentina.
Desde entonces, cada generación volvió a encontrarse con él.
Para defenderlo o combatirlo; para transformarlo o para negarlo. O para volver a invocarlo.
Porque el peronismo tiene esa extraña capacidad de aparecer incluso cuando parece ausente. Como esas raíces que permanecen
debajo de la tierra durante el invierno y esperan, silenciosas, la primera lluvia.
Lo quisieron definir de mil maneras.
Fascista, zurdo, tirano, populista, demagogo. Bruto, ignorante, negro, cabecita. Y nacional. Lo llamaron ladrón. Lo llamaron de tantas maneras que terminaron construyendo, sin quererlo, el monumento más extraño de todos cual es el catálogo de los miedos de quienes nunca soportaron que el pueblo dejara de ser espectador.
Porque quizá eso fue lo imperdonable.
Que los de abajo descubrieran que también podían subir. Que el trabajador pudiera levantar la cabeza. Que el pobre pudiera mirar de frente y que la multitud comprendiera que, cuando se organiza, deja de ser multitud y se convierte en poder.
Y que cada definición parecía iluminar apenas una habitación de una casa mucho más grande.
Porque el peronismo siempre tuvo algo de animal mitológico como de cambiar de piel sin desaparecer.
Tuvo enemigos y aliados. Santos y pecadores. Tuvo héroes, oportunistas, mártires, dirigentes, traidores, militantes anónimos y multitudes que jamás aparecieron en los libros.
Tuvo también sus propias contradicciones.
Y acaso allí reside una parte de su misterio.
Porque ningún movimiento que pretenda representar una sociedad entera puede ser completamente puro. El peronismo fue, como la Argentina, una mezcla. Un río al que fueron llegando afluentes distintos, algunos cristalinos, otros turbios, pero todos destinados a desembocar en la misma corriente.
Y tuvo dos figuras que terminaron convertidas en símbolos.
Eva.
La mujer que salió de Los Toldos y llegó al centro de una época. La actriz convertida en dirigente, la primera dama convertida en bandera. La mujer que habló en nombre de los trabajadores y que convirtió su propia muerte en una ausencia gigantesca.
La bastarda. La puta. La ambiciosa. La que odiaron con una ferocidad que solamente puede despertar quien ha tocado una fibra demasiado profunda.
Después intentaron matarla por segunda vez.
Secuestraron su cuerpo, lo escondieron, lo hicieron desaparecer y creyeron que enterrando el cadáver enterraban el símbolo.
No entendieron nada. Porque Eva no necesitaba un cuerpo para existir. Le alcanzaba la memoria. Y la memoria, cuando pertenece a un pueblo, es indestructible.
Su cuerpo desapareció durante años. Pero su nombre permaneció y a veces los nombres sobreviven precisamente porque alguien intentó borrarlos.
Perón.
El general que construyó un movimiento alrededor de una idea de comunidad organizada, justicia social, soberanía política e independencia económica. El hombre que fue derrocado, expulsado y obligado a vivir dieciocho años fuera del país.
Dieciocho años. Una eternidad para un hombre; un instante para un mito.
Durante aquel largo exilio, su nombre recorrió caminos clandestinos, casas humildes, sindicatos, reuniones secretas y conversaciones familiares. El país podía prohibir una fotografía o una consigna. Podía prohibir incluso pronunciar su nombre; pero no que alguien lo recordara.
Y la memoria, cuando se vuelve colectiva, es una forma de resistencia.
Por eso el peronismo sobrevivió a proscripciones, golpes, persecuciones, divisiones y derrotas electorales.
Sobrevivió incluso a sí mismo.
Porque también supo hacerse daño.
Fue perseguidor y perseguido. Fue gobierno y oposición. Fue promesa y decepción. Fue épica y tragedia y tuvo momentos de grandeza y momentos de oscuridad, como casi todo lo que verdaderamente pertenece a la historia.
Nunca fue una línea recta.
Fue un laberinto, un río, una tormenta. Una criatura política que aprendió a caminar sobre el terreno movedizo de la Argentina.
Y quizá por eso su historia resulta inseparable de la historia del país.
Porque la Argentina contemporánea puede discutir al peronismo, cuestionarlo, reivindicarlo, rechazarlo o intentar superarlo. Lo que difícilmente puede hacer es ignorarlo.
Está allí.
En las fábricas que cambiaron de paisaje. En los barrios que crecieron alrededor de las ciudades. En las leyes laborales. En los sindicatos. En las conquistas sociales. En las crisis, en las plazas llenas y en las plazas vacías. En las elecciones, en los exilios y en los libros de historia. En ese extraño deporte nacional de discutir sobre política como si se discutiera sobre fútbol, religión o amor.
Porque el peronismo pertenece también al territorio de las pasiones. Y las pasiones no obedecen fácilmente a la razón.
Por eso no desaparece cuando pierde. Se repliega, se rompe, se divide y se reinventa. Y espera. Como un fogón debajo de las cenizas. Como un río que desaparece durante un trecho y vuelve a aparecer kilómetros después.
Cada vez que alguien anuncia su muerte, la historia vuelve a ponerle el estetoscopio.
Y escucha un latido.
No siempre el mismo ni en la misma dirección, pero un latido al fin.

Ahí está su paradoja.
El peronismo quiso construir una comunidad y terminó construyendo también una identidad. Quiso organizar una doctrina y terminó creando una mitología. Quiso gobernar un país y terminó formando parte de su memoria profunda.
Por eso hay argentinos que lo aman y otros que lo rechazan. Algunos que lo estudian y otros más que lo padecen.
Y muchos que, aun sin reconocerse peronistas, viven dentro de una Argentina cuya historia fue profundamente atravesada por el peronismo.
Porque los movimientos históricos verdaderamente grandes no desaparecen cuando termina una época. Cambian de forma, se esconden en el lenguaje y en las costumbres. En los símbolos, en las discusiones, en las heridas, en las nostalgias y en las esperanzas. Y siguen estando.
El peronismo es también eso. Una pregunta que Argentina todavía no terminó de responder.
¿Qué país quiere ser? ¿Quiénes tienen derecho a ocupar el centro de la escena? ¿Hasta dónde debe llegar el Estado? ¿Qué significa justicia social? ¿Dónde termina la igualdad y dónde empieza el mérito? ¿Qué lugar ocupa el trabajo? ¿Qué significa ser pueblo?
Son preguntas que exceden a un partido.
Y quizás por eso el peronismo sigue siendo más grande que cualquiera de sus dirigentes.
Los hombres y las mujeres pasan; los gobiernos pasan; las consignas cambian y las banderas envejecen. Los nombres se reemplazan, pero algunas preguntas permanecen.
Y mientras esas preguntas sigan abiertas, el peronismo seguirá encontrando una puerta por donde regresar a la conversación argentina. No necesariamente como antes. Nunca exactamente como antes. Pero de alguna manera.
Porque hay movimientos que pertenecen a una época y hay otros que terminan perteneciendo a la memoria de un país. Y el peronismo, con sus luces y sus sombras, con sus victorias y sus derrotas, con sus grandezas y sus contradicciones, pertenece a esa segunda categoría.
Por eso vuelve una y otra vez.
No como una respuesta definitiva. Sino como un fantasma, una bandera, una herida, una esperanza o una pregunta.
Depende de quién lo mire. Depende de quién lo recuerde y depende de quién lo nombre. Pero siempre vuelve a aparecer cuando la
Argentina vuelve a preguntarse qué quiere ser.
Porque quizás esa sea, después de más de ocho décadas, su verdadera paradoja. El peronismo dejó de ser solamente una fuerza política para convertirse en una de las formas en que la Argentina discute consigo misma.
Puede abrazar y puede expulsar. Construir y destruir. Puede ser gobierno y puede ser resistencia. Y puede también ser doctrina, pragmatismo, revolución, conservación, justicia social, poder, memoria y también contradicción.
Porque quizá su verdadera naturaleza sea esa. No caber. No entrar jamás del todo en ninguna definición.
Por eso incomoda.
Por eso fascina.
Por eso enfurece.
Por eso vuelve.
No es solamente un partido. Es una criatura política que aprendió a cambiar de piel sin perder el corazón con una memoria de elefante y paciencia de condenado.
Puede esperar años... décadas. Puede quedarse quieto mientras otros festejan su muerte. Y entonces, cuando todos creen que ya está terminado, cuando los vencedores levantan las copas y escriben su epitafio... aparece otra vez.
Primero como un murmullo. Después como una voz. Después como un canto. Y finalmente como una multitud que cuando canta, el silencio retrocede. Por eso el peronismo es sensual como la piel, terco como el amor y peligroso como una verdad que llega demasiado tarde.
Porque el peronismo respira. A veces débil. A veces furioso. A veces herido, pero respira. Y cuando respira la multitud, tiemblan las veredas.
Porque el peronismo no se entiende solamente con la cabeza. Se entiende con la memoria. Con la piel. Con las tripas y con el corazón.
Es una religión sin Vaticano. Una liturgia sin sacerdote. Una fe sin cielo. Una bandera que aprendió a sobrevivir a quienes intentaron arrancarla de los mástiles.
Y es, al mismo tiempo, su propia contradicción y su propia condena.
Su pecado es creer demasiado en sí mismo. Su virtud, también. Porque quizá ese sea el verdadero misterio. Que después de tantas décadas nadie consiguió convertirlo en pasado.
Lo pueden discutir. Lo pueden odiar. Lo pueden amar. Lo pueden negar. Lo pueden combatir, pero no pueden ignorarlo. Porque el peronismo no es solamente una página de la historia argentina, sino que es una de las fuerzas que escribieron el libro.
Y tal vez por eso, cada vez que alguien pronuncia su nombre como si estuviera hablando de un cadáver, en algún barrio, en alguna fábrica, en alguna plaza, alguien vuelve a levantar una bandera.
Primero una. Después diez. Después cien. Y de pronto la calle vuelve a llenarse. Los bombos vuelven a sonar, la memoria vuelve a caminar y la historia, que parecía dormida, abre los ojos.
Y cuando todo parece terminado...cuando los vencedores ya están escribiendo la última línea...cuando creen que finalmente han conseguido enterrarlo...desde algún lugar vuelve a escucharse un bombo. Después otro. Y otro. Y otro. Hasta que la noche comprende que no era silencio. Era espera.
Porque el peronismo, como ciertas tormentas, no pide permiso para regresar.
Vuelve.
Siempre vuelve.
Y, de nuevo, tal vez, alguien se preguntará por qué. Porque no es bueno ser feliz en soledad.