Por Bulín Fernández
Con respuestas contundentes, el Gobierno Nacional niega tener alguna participación en el nivel de endeudamiento de la sociedad argentina y hasta impone, en los discursos unilaterales del Presidente de la Nación, que gran parte de ese endeudamiento se debe a que las familias se ocuparon de la compra de televisores para poder ver el Mundial de fútbol realizado en tres países del norte del continente.
Contradiciendo sus propios datos oficiales, que publican los organismos dedicados a mostrar la economía, una y otra vez se enfrenta ante un espectro muy amplio, no definido, de políticos, periodistas, analistas y opinadores, en un modo que roza lo psicológicamente complejo.
Nada menciona sobre que el mayor porcentaje del crédito (81,1%) es otorgado por los bancos y que el resto, destinado a sectores de mayor cantidad de población, corresponde a montos menores y está dirigido básicamente a cubrir costos mensuales.
Los incrementos en los servicios de agua, gas, energía, transporte, combustibles, educación o salud fueron mucho más altos que la inflación, y ni hablar de los salarios.
A eso se suma lo cotidiano de los alimentos y alguna vestimenta, y se convierte en una imposibilidad de pago que lleva directamente a acudir a otras entidades o billeteras virtuales que definen sus propios porcentajes de beneficio.
Si el reclamo va desde los trabajadores organizados o sectores sociales casi marginales, cualquier respuesta termina por entenderse como populista. Pero si, por el contrario, el beneficio de una rebaja impositiva o de créditos especiales para los empresarios amigos se convierte en políticas económicas.
Con su cara de piedra más elegante, el ministro señala que los acuerdos de deuda son entre privados y que nada tiene que hacer el Estado en el medio, porque el criterio de subsidio para los más críticos es que son mantenidos, mientras que el movimiento de un trader financiero que mueve fortunas en divisas, bonos, criptomonedas o acciones es dinamizar las inversiones. Eso sí, los ganadores siempre son los mismos.
Sin que a nadie sorprenda, el Presidente puede señalar con el dedo a cualquiera diciendo que es “mogólico”, “pautero”, “mal nacido”, “mierda humana” o “cuca”, y a su vez pretender diferenciar que las protestas y movilizaciones públicas son hechos vandálicos, mientras que los lobbies empresariales de un pequeño círculo económico son la defensa de legítimos intereses.
No regula costos ni precios porque sería una intervención peligrosa, pero baja impuestos a la alta rentabilidad señalando que es estabilidad de mercado.
Chubut le va en saga, pero por camino contrario. Un decreto elimina la totalidad de los códigos de descuento de entidades mutuales y cooperativas de crédito, y generaliza en un “son todos malos” con tasas de usura.
No aplica decretos existentes para limitar esos descuentos a empleados públicos y saca del mercado cientos de millones que circulan en las principales ciudades de la provincia. Esos valores son los que circulan en la actividad comercial, que no es reemplazada.
Una ley acorde, debatida con los representantes y clarificando las reglas de juego, puede ser una salida a un problema que hoy se traslada al Banco del Chubut S.A., que no puede absorber tamaña demanda. El Banco puede tener la liquidez, pero sus reglas lejos están de cubrir al sector que demanda el crédito.
Está claro que se trata de proyectos diferentes y modelos de país, donde no se divide entre estatistas o privatistas, populistas o meritorios, sino entre quién y cómo se ejerce el poder en la Argentina.
Por Bulín Fernández
Con respuestas contundentes, el Gobierno Nacional niega tener alguna participación en el nivel de endeudamiento de la sociedad argentina y hasta impone, en los discursos unilaterales del Presidente de la Nación, que gran parte de ese endeudamiento se debe a que las familias se ocuparon de la compra de televisores para poder ver el Mundial de fútbol realizado en tres países del norte del continente.
Contradiciendo sus propios datos oficiales, que publican los organismos dedicados a mostrar la economía, una y otra vez se enfrenta ante un espectro muy amplio, no definido, de políticos, periodistas, analistas y opinadores, en un modo que roza lo psicológicamente complejo.
Nada menciona sobre que el mayor porcentaje del crédito (81,1%) es otorgado por los bancos y que el resto, destinado a sectores de mayor cantidad de población, corresponde a montos menores y está dirigido básicamente a cubrir costos mensuales.
Los incrementos en los servicios de agua, gas, energía, transporte, combustibles, educación o salud fueron mucho más altos que la inflación, y ni hablar de los salarios.
A eso se suma lo cotidiano de los alimentos y alguna vestimenta, y se convierte en una imposibilidad de pago que lleva directamente a acudir a otras entidades o billeteras virtuales que definen sus propios porcentajes de beneficio.
Si el reclamo va desde los trabajadores organizados o sectores sociales casi marginales, cualquier respuesta termina por entenderse como populista. Pero si, por el contrario, el beneficio de una rebaja impositiva o de créditos especiales para los empresarios amigos se convierte en políticas económicas.
Con su cara de piedra más elegante, el ministro señala que los acuerdos de deuda son entre privados y que nada tiene que hacer el Estado en el medio, porque el criterio de subsidio para los más críticos es que son mantenidos, mientras que el movimiento de un trader financiero que mueve fortunas en divisas, bonos, criptomonedas o acciones es dinamizar las inversiones. Eso sí, los ganadores siempre son los mismos.
Sin que a nadie sorprenda, el Presidente puede señalar con el dedo a cualquiera diciendo que es “mogólico”, “pautero”, “mal nacido”, “mierda humana” o “cuca”, y a su vez pretender diferenciar que las protestas y movilizaciones públicas son hechos vandálicos, mientras que los lobbies empresariales de un pequeño círculo económico son la defensa de legítimos intereses.
No regula costos ni precios porque sería una intervención peligrosa, pero baja impuestos a la alta rentabilidad señalando que es estabilidad de mercado.
Chubut le va en saga, pero por camino contrario. Un decreto elimina la totalidad de los códigos de descuento de entidades mutuales y cooperativas de crédito, y generaliza en un “son todos malos” con tasas de usura.
No aplica decretos existentes para limitar esos descuentos a empleados públicos y saca del mercado cientos de millones que circulan en las principales ciudades de la provincia. Esos valores son los que circulan en la actividad comercial, que no es reemplazada.
Una ley acorde, debatida con los representantes y clarificando las reglas de juego, puede ser una salida a un problema que hoy se traslada al Banco del Chubut S.A., que no puede absorber tamaña demanda. El Banco puede tener la liquidez, pero sus reglas lejos están de cubrir al sector que demanda el crédito.
Está claro que se trata de proyectos diferentes y modelos de país, donde no se divide entre estatistas o privatistas, populistas o meritorios, sino entre quién y cómo se ejerce el poder en la Argentina.