La maestra le pegaba con una regla en la mano izquierda.
Jorge Williams era zurdo y, en aquella escuela del Valle del Chubut de 1952, eso parecía ser un pecado. Le decían que le crecerían orejas de burro, que tenía aserrín en la cabeza, que repetiría de grado. Repitió.
Tenía diez años.
Su padre, entonces, decidió que había que aprender un oficio. Lo llevó con un sastre. Allí empezó todo.
No sabía que aquel niño al que una maestra había querido quebrar terminaría convirtiendo la aguja, la tijera y la tela en un modo de plantarse frente al mundo.
Esta tarde, a los 84 años, Jorge Williams se fue de este mundo terrenal. Pero dejó detrás una historia que no cabe en una sastrería. Una historia de trajes amarillos, capas argentinas, retazos convertidos en arte, viajes, gobernadores vestidos a medida, noches de ejercicio en la plaza Las Heras y una filosofía de vida que parecía cosida a mano.
Llevaba 73 años en el oficio.
Setenta y tres años.
Una vida entera entre telas.

“Aprendí el oficio cebando mate”, contaba cuando le preguntaban por sus comienzos. Y aquella frase resumía, acaso, una época en la que los oficios se aprendían mirando, haciendo, equivocándose y volviendo a empezar.
Williams no se consideraba simplemente un sastre. Era un creador.
Tenía unos 200 trajes. Algunos clásicos. Otros imposibles de clasificar. Trajes confeccionados con retazos, etiquetas de marcas, restos de otras prendas. Capas. Sacos. Colores que parecían haber escapado de una tormenta y aterrizado sobre una tela.
No tiraba nada. Guardaba. Transformaba. Una etiqueta que para otro era basura podía convertirse para él en una parte de un traje. Un retazo podía convertirse en una historia. Una tela podía esperar durante meses hasta que, en algún momento, apareciera en su cabeza aquello que debía ser.

“Lo que vos hagas lo tenés que querer”, decía. Y él quería sus trajes como se quiere a los hijos.
“No los vendo. Son míos. Son mis hijos. ¿Vos vendés un hijo?”
Así hablaba. Así vivía.
En las calles de Recoleta y las de su Chubut natal, donde los hombres suelen caminar vestidos de gris, azul o negro, Williams aparecía como una llamarada. Amarillo. Verde. Fucsia. Blanco. Celeste y blanco.
Una vez fue a votar con una capa de la Argentina y un traje con los colores nacionales. La fotografía se hizo viral. Llegaron los memes. Algunos lo llamaron loco, ridículo, diabólico, payaso.
Él no se enojaba. Los devolvía con una sonrisa.
“Yo me hago el loco. Yo creo que estoy bastante cuerdo porque me llevo bien con todos”.
Y después soltaba su sentencia. “Ser libre es vestirse como uno quiere”.
Esa era su bandera.

Aunque él insistía en que aquello de votar con una “bandera” era una confusión. Era una capa. Tenía tres. Cada una para una ocasión diferente.
Porque hasta en eso había una diferencia entre Williams y el resto. Mientras muchos se vestían para no llamar la atención, él se vestía precisamente para recordar que todavía se podía llamar la atención.
Que todavía se podía elegir. Que todavía se podía ser distinto.
Criticaba la ropa de los hombres de su tiempo con una vehemencia casi artesanal.
“Vos vas a ver a un gerente de un banco y está mal vestido, está de pullover. ¿Cómo va a estar de pullover? ¿Dónde está la seriedad? Yo voy a verlo así, de etiqueta”.
Para Williams, el traje no era una prenda. Era una declaración. Una forma de respeto. Una arquitectura sobre el cuerpo.
Había vestido a gobernadores como Atilio Oscar Viglione y Mario Das Neves, en Chubut, y a Adolfo Rodríguez Saá, de San Luis. Soñaba con vestir a Lionel Messi con un traje de la Argentina. Y decía que le hubiera gustado vestir a Diego Maradona.
A Diego le habría hecho un saco sport y un pantalón liso.
Porque Williams entendía de cuerpos, de telas y de carácter. Sabía que la ropa también cuenta quiénes somos.
Pero detrás del personaje había un hombre profundamente sencillo.

Se levantaba temprano. Cuidaba su alimentación. Hacía ejercicios. Corría. Caminaba. Subía y bajaba escaleras. Se colgaba para estirar la columna.
Pasados los 80 todavía iba a la plaza Las Heras a hacer jueguito con la pelota.
No parecía dispuesto a concederle a la edad el derecho de decidir por él. “Yo me quiero”, decía.
Y acaso allí estaba otra de las claves de su vida. Querer al cuerpo, querer el trabajo yquerer las cosas que uno hace. Querer incluso aquello que sale mal.
Porque Williams había conocido la traición y la derrota. Contaba que una vez lo fundieron cuando parecía encaminado a ser muy rico. Pero tampoco allí se entregó al rencor.
“Lo malo no es malo. Hay que sacar lo bueno de lo malo para aprender”.
Y agregaba…“hay que perdonar. El odio te carcome”.
Era un hombre que hablaba de Dios, de la libertad y de la ropa con la misma naturalidad. Recordaba una experiencia de su infancia, cuando escuchó lo que él llamó la “voz divina”. Desde entonces, decía, esa voz lo había acompañado.
Quizás por eso nunca pareció tenerle demasiado miedo a nada.
Ni a las burlas. Ni a la vejez. Ni a la moda. Ni al ridículo. Ni siquiera al olvido.
“¿Cómo le gustaría ser recordado?” Como gente de bien, respondió. Nada más. Y nada menos.
Jorge Williams nació en Chubut, aprendió el oficio a los diez años y terminó haciendo de la sastrería una forma de resistencia. Viajó por México, Madrid, Barcelona, Segovia, Toledo, Ávila, Aranjuez. Una vez estuvo a dos metros de Salvador Dalí frente a la Sagrada Familia. No se animó a hablarle. Prefirió contemplarlo. Quizás porque sabía que hay momentos en los que hablar sobra.
También había conocido la pobreza, la crisis y los retazos. De allí salió uno de sus personajes favoritos llamado el “Príncipe venido a menos”. Un hombre vestido con un jacket y una capa, mitad príncipe, mitad mendigo.

Como si su propia ropa contara una vieja historia. La de un mundo que alguna vez creyó que la elegancia era patrimonio de todos y que después fue dejando caer los trajes por el camino.
Williams los recogía, los cosía y los volvía a poner de pie.
Decía que el primer oficio de la humanidad había sido el del sastre.
El hombre tuvo que cubrirse. Y desde allí nació la creación.
Él hizo de esa necesidad una pasión. De la pasión, un oficio. Del oficio, una filosofía. Y de la filosofía, una manera de caminar por la vida.
Hoy murió Jorge Williams. Pero quedan sus trajes, sus capas y sus colores. Queda aquella fotografía convertida en meme.
Quedan las agujas, las tijeras, los retazos y las historias de quienes alguna vez se vistieron con una creación suya.
Queda, sobre todo, aquella frase que parece escrita para sobrevivirlo. “Ser libre es vestirse como uno quiere”.
Y quizás por eso esta tarde no murió solamente un sastre.
Se fue un hombre que decidió no vestirse nunca de aquello que los demás esperaban que fuera. Y caminó hasta el final con sus propios colores.
Esta tarde se fue de este mundo terrenal. Y, como una tela que el viento levanta antes de desaparecer, Jorge Williams se hizo canción en el aire.
La maestra le pegaba con una regla en la mano izquierda.
Jorge Williams era zurdo y, en aquella escuela del Valle del Chubut de 1952, eso parecía ser un pecado. Le decían que le crecerían orejas de burro, que tenía aserrín en la cabeza, que repetiría de grado. Repitió.
Tenía diez años.
Su padre, entonces, decidió que había que aprender un oficio. Lo llevó con un sastre. Allí empezó todo.
No sabía que aquel niño al que una maestra había querido quebrar terminaría convirtiendo la aguja, la tijera y la tela en un modo de plantarse frente al mundo.
Esta tarde, a los 84 años, Jorge Williams se fue de este mundo terrenal. Pero dejó detrás una historia que no cabe en una sastrería. Una historia de trajes amarillos, capas argentinas, retazos convertidos en arte, viajes, gobernadores vestidos a medida, noches de ejercicio en la plaza Las Heras y una filosofía de vida que parecía cosida a mano.
Llevaba 73 años en el oficio.
Setenta y tres años.
Una vida entera entre telas.

“Aprendí el oficio cebando mate”, contaba cuando le preguntaban por sus comienzos. Y aquella frase resumía, acaso, una época en la que los oficios se aprendían mirando, haciendo, equivocándose y volviendo a empezar.
Williams no se consideraba simplemente un sastre. Era un creador.
Tenía unos 200 trajes. Algunos clásicos. Otros imposibles de clasificar. Trajes confeccionados con retazos, etiquetas de marcas, restos de otras prendas. Capas. Sacos. Colores que parecían haber escapado de una tormenta y aterrizado sobre una tela.
No tiraba nada. Guardaba. Transformaba. Una etiqueta que para otro era basura podía convertirse para él en una parte de un traje. Un retazo podía convertirse en una historia. Una tela podía esperar durante meses hasta que, en algún momento, apareciera en su cabeza aquello que debía ser.

“Lo que vos hagas lo tenés que querer”, decía. Y él quería sus trajes como se quiere a los hijos.
“No los vendo. Son míos. Son mis hijos. ¿Vos vendés un hijo?”
Así hablaba. Así vivía.
En las calles de Recoleta y las de su Chubut natal, donde los hombres suelen caminar vestidos de gris, azul o negro, Williams aparecía como una llamarada. Amarillo. Verde. Fucsia. Blanco. Celeste y blanco.
Una vez fue a votar con una capa de la Argentina y un traje con los colores nacionales. La fotografía se hizo viral. Llegaron los memes. Algunos lo llamaron loco, ridículo, diabólico, payaso.
Él no se enojaba. Los devolvía con una sonrisa.
“Yo me hago el loco. Yo creo que estoy bastante cuerdo porque me llevo bien con todos”.
Y después soltaba su sentencia. “Ser libre es vestirse como uno quiere”.
Esa era su bandera.

Aunque él insistía en que aquello de votar con una “bandera” era una confusión. Era una capa. Tenía tres. Cada una para una ocasión diferente.
Porque hasta en eso había una diferencia entre Williams y el resto. Mientras muchos se vestían para no llamar la atención, él se vestía precisamente para recordar que todavía se podía llamar la atención.
Que todavía se podía elegir. Que todavía se podía ser distinto.
Criticaba la ropa de los hombres de su tiempo con una vehemencia casi artesanal.
“Vos vas a ver a un gerente de un banco y está mal vestido, está de pullover. ¿Cómo va a estar de pullover? ¿Dónde está la seriedad? Yo voy a verlo así, de etiqueta”.
Para Williams, el traje no era una prenda. Era una declaración. Una forma de respeto. Una arquitectura sobre el cuerpo.
Había vestido a gobernadores como Atilio Oscar Viglione y Mario Das Neves, en Chubut, y a Adolfo Rodríguez Saá, de San Luis. Soñaba con vestir a Lionel Messi con un traje de la Argentina. Y decía que le hubiera gustado vestir a Diego Maradona.
A Diego le habría hecho un saco sport y un pantalón liso.
Porque Williams entendía de cuerpos, de telas y de carácter. Sabía que la ropa también cuenta quiénes somos.
Pero detrás del personaje había un hombre profundamente sencillo.

Se levantaba temprano. Cuidaba su alimentación. Hacía ejercicios. Corría. Caminaba. Subía y bajaba escaleras. Se colgaba para estirar la columna.
Pasados los 80 todavía iba a la plaza Las Heras a hacer jueguito con la pelota.
No parecía dispuesto a concederle a la edad el derecho de decidir por él. “Yo me quiero”, decía.
Y acaso allí estaba otra de las claves de su vida. Querer al cuerpo, querer el trabajo yquerer las cosas que uno hace. Querer incluso aquello que sale mal.
Porque Williams había conocido la traición y la derrota. Contaba que una vez lo fundieron cuando parecía encaminado a ser muy rico. Pero tampoco allí se entregó al rencor.
“Lo malo no es malo. Hay que sacar lo bueno de lo malo para aprender”.
Y agregaba…“hay que perdonar. El odio te carcome”.
Era un hombre que hablaba de Dios, de la libertad y de la ropa con la misma naturalidad. Recordaba una experiencia de su infancia, cuando escuchó lo que él llamó la “voz divina”. Desde entonces, decía, esa voz lo había acompañado.
Quizás por eso nunca pareció tenerle demasiado miedo a nada.
Ni a las burlas. Ni a la vejez. Ni a la moda. Ni al ridículo. Ni siquiera al olvido.
“¿Cómo le gustaría ser recordado?” Como gente de bien, respondió. Nada más. Y nada menos.
Jorge Williams nació en Chubut, aprendió el oficio a los diez años y terminó haciendo de la sastrería una forma de resistencia. Viajó por México, Madrid, Barcelona, Segovia, Toledo, Ávila, Aranjuez. Una vez estuvo a dos metros de Salvador Dalí frente a la Sagrada Familia. No se animó a hablarle. Prefirió contemplarlo. Quizás porque sabía que hay momentos en los que hablar sobra.
También había conocido la pobreza, la crisis y los retazos. De allí salió uno de sus personajes favoritos llamado el “Príncipe venido a menos”. Un hombre vestido con un jacket y una capa, mitad príncipe, mitad mendigo.

Como si su propia ropa contara una vieja historia. La de un mundo que alguna vez creyó que la elegancia era patrimonio de todos y que después fue dejando caer los trajes por el camino.
Williams los recogía, los cosía y los volvía a poner de pie.
Decía que el primer oficio de la humanidad había sido el del sastre.
El hombre tuvo que cubrirse. Y desde allí nació la creación.
Él hizo de esa necesidad una pasión. De la pasión, un oficio. Del oficio, una filosofía. Y de la filosofía, una manera de caminar por la vida.
Hoy murió Jorge Williams. Pero quedan sus trajes, sus capas y sus colores. Queda aquella fotografía convertida en meme.
Quedan las agujas, las tijeras, los retazos y las historias de quienes alguna vez se vistieron con una creación suya.
Queda, sobre todo, aquella frase que parece escrita para sobrevivirlo. “Ser libre es vestirse como uno quiere”.
Y quizás por eso esta tarde no murió solamente un sastre.
Se fue un hombre que decidió no vestirse nunca de aquello que los demás esperaban que fuera. Y caminó hasta el final con sus propios colores.
Esta tarde se fue de este mundo terrenal. Y, como una tela que el viento levanta antes de desaparecer, Jorge Williams se hizo canción en el aire.