Cuando Independiente de Trelew incendió la historia

La clasificación de Independiente de Trelew al Torneo Nacional de 1972 un 6 de agosto de 1972 continúa siendo la mayor conquista deportiva de la Liga del Valle. Cincuenta y cuatro años después, aquella campaña sigue desafiando al tiempo como una epopeya construida con coraje, convicción y fútbol.


05 AGO 2026 - 15:17 | Actualizado 06 AGO 2026 - 1:00

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay victorias que se celebran. Otras se recuerdan. Y existen unas pocas que dejan de pertenecer al fútbol para convertirse en patrimonio de un pueblo.

La del 6 de agosto de 1972 fue una de ellas.

Nadie apostaba una moneda por Independiente de Trelew. Era un ejército de obreros enfrentando imperios, un puñado de soñadores desafiando la lógica escrita por los poderosos. Los pronósticos lo condenaban antes de empezar. Los candidatos tenían nombre, prestigio y presupuesto. Huracán de Comodoro Rivadavia, el experimentado guerrero patagónico; Cipolletti, dueño del Alto Valle; All Boys de Santa Rosa, armado para dejar de cargar la cruz de ser "el River de los Regionales".

Independiente apenas cargaba con una camiseta rojinegra, una fe inquebrantable y el orgullo de un valle que todavía no sabía que estaba a punto de escribir su página más gloriosa.

Las grandes gestas siempre nacen envueltas en incredulidad.

El primer obstáculo fue Yacimiento Carboníferos Fiscales de Río Gallegos. Parecía apenas un trámite previo para otros. Para Independiente fue el bautismo de fuego. Parsechián comenzó a escribir su leyenda desde los doce pasos y el equipo atravesó aquella primera tormenta para descubrir que el horizonte podía ser suyo.

Después apareció Huracán.

El gigante del sur.

El verdugo de siempre.

En la Villa Deportiva de Gaiman, Independiente le ganó el "Globo" 2-0 sobre un barro que parecía querer tragarse cualquier ilusión. Una semana más tarde, en Comodoro Rivadavia, llegó uno de esos partidos que el destino escribe con tinta de locura. Independiente perdió 4-2. Pero aquellas dos puñaladas convertidas como visitante valieron más que una victoria. Parsechián detuvo un penal. El reglamento abrió una puerta mínima. Y por esa hendija se coló la historia.

Ese día el rojinegro dejó de jugar al fútbol. Ese día comenzó a creer.

Y cuando un equipo empieza a creer, ya no hay cálculo que pueda detenerlo.

Cipolletti esperaba como otra montaña imposible. En el Alto Valle fue derrota por 2 a 1. Pero las epopeyas jamás se construyen lejos de casa.

Trelew respiraba ansiedad.

El viento parecía conocer el desenlace.

Entonces apareció el "Chivo" Figueroa.

Su disparo nacido de un tiro libre no fue un gol. Fue un relámpago. Una descarga eléctrica que atravesó el cielo del Valle y partió en dos décadas enteras de resignación.

Quedaba el último enemigo.

All Boys.

La frontera definitiva entre el anonimato y la inmortalidad.

En Santa Rosa ganó el local. Por la mínima

En Trelew respondió Independiente con el grito salvador de "Coco" Bersán.

Y llegó el momento donde los hombres dejan de ser hombres para convertirse en estatuas vivientes.

Los penales.

Ese sitio donde el corazón pesa más que las piernas.

Donde los santos dudan y los héroes nacen.

Entonces Alberto "Tito" Parsechián abrió las puertas de la eternidad.

Atajó.

Otra vez.

Y otra.

Tres penales.

Tres veces le dijo no al destino que pretendía arrebatarle la gloria.

Cada atajada era un trueno.

Cada vuelo era una bandera.

Cada puño era la voz de miles de almas empujando la pelota lejos del arco.

Cuando llegó el último disparo convertido, el mundo dejó de girar durante unos segundos.

Higinio Restelli rodeado de simpatizantes.

Lloró Francisco Fiandino.

Lloró el "Zorro" Galván.

Lloraron “Quico” Mehaudy. Y Vecchio.

Lloró Julito Thomas, por segunda vez, después que Galant, el arquero de All Boys de La Pampa, lo quisiera echar de la cancha. Lloró el inolvidable Nito Veira, que, por un momento se olvidaba del básquet y del reto de su vieja por el gamulán roto en el festejo y el blue jeans todo sucio por la tierra.

Independiente vencía –desde el punto del penal 4 a 2- y definía su participación en el fútbol grande.

Celebró tímidamente Higinio Restelli, el arquitecto de la clasificación, al lado de una matraca inmensa que no paraba de sonar. Se abrazaron los hermanos Cominetti. Sin final.

Gritaron desaforados los múltiples anónimos hasta que sus voces fueronn un hilo invisible.

Rugieron Dan Lewis y Ángel Salvo porque valió la pena tanta ilusión desvanecida en el tiempo. Apretó los puños y se escuchó su vozarrón, el león de “Quique” Behr mientras cruzó su mirada con las del elegante Manicler, de “Pichaca” Robledo y “Coco”” Bersán, guapo entre guapos y goleador cuando había que serlo.

Celebró Jaime, llevándole el bolso al Nani Soto. Celebró Laly, junto a su padrino, Julio Sáenz que lo llevó a La Pampa una semana atrás. Festejaron Tatín y el cabezón Do Brito y las figuritas de un álbum bien local que el viejo le compraba. Todos ellos seguirían con la historia un tiempo después.

Descansaba el doctor Saleg con el oxígeno para los propios y ajenos y se emocionaba, aunque intentaba disimularlo “Paco” García.

Lloraron los jugadores.

Lloraron los dirigentes.

Lloraron los que habían viajado.

Lloraron quienes jamás habían dejado de creer.

Y lloró Trelew.

Porque ya no festejaba un club.

Festejaba una ciudad. Festejaba un valle. Festejaba una provincia.

Las lágrimas descendían como si el cielo hubiese decidido mezclarse con la tierra, las matracas rugían como tambores de guerra, los abrazos parecían no terminar nunca y las gargantas se rompían intentando nombrar lo innombrable.

Porque existen alegrías que no alcanzan las palabras.

Aquel domingo la calle Estados Unidos dejó de ser una calle para convertirseen un río humano. Una procesión pagana donde miles de personas caminaban abrazadas, cantando el mismo himno sin haberlo ensayado jamás.

Trelew descubría que también podía conquistar el mapa nacional. Que el fútbol podía convertir un rincón de la Patagonia en el centro emocional de la Argentina.

Semanas después el nombre de la ciudad recorrería el país por una tragedia que aún duele.

Pero aquel 6 de agosto todavía era tiempo de inocencia.

Informe de El Gráfico, hecho por César "Kuky" Mac Karthy.


Era tiempo de sueños. Era tiempo de fútbol.

Independiente no clasificó solamente al Torneo Nacional.

Derrotó al miedo, venció al prejuicio y humilló a la estadística.

Demostró que los gigantes también sangran cuando enfrente hay hombres convencidos.

Porque las epopeyas nunca pertenecen a los favoritos.Siempre nacen en las manos callosas de quienes nadie espera.

Han pasado 54 años.

Muchos protagonistas ya descansan en otra tribuna.

Otros continúan relatando aquella tarde con los ojos húmedos.

Y cada vez que alguien pronuncia "Independiente al Nacional", el tiempo vuelve a detenerse.

No fue únicamente una clasificación. Fue una declaración de principios. Fue la rebelión del interior profundo. Fue la Patagonia diciéndole al país que también sabía escribir leyendas.

Y mientras exista alguien que la cuente, aquella tarde seguirá respirando.

Porque hay hazañas que envejecen. Y hay otras que desafían al calendario.

La del 6 de agosto de 1972 pertenece para siempre a estas últimas.

No fue un partido.

Fue una revolución vestida de rojo y negro.

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05 AGO 2026 - 15:17

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay victorias que se celebran. Otras se recuerdan. Y existen unas pocas que dejan de pertenecer al fútbol para convertirse en patrimonio de un pueblo.

La del 6 de agosto de 1972 fue una de ellas.

Nadie apostaba una moneda por Independiente de Trelew. Era un ejército de obreros enfrentando imperios, un puñado de soñadores desafiando la lógica escrita por los poderosos. Los pronósticos lo condenaban antes de empezar. Los candidatos tenían nombre, prestigio y presupuesto. Huracán de Comodoro Rivadavia, el experimentado guerrero patagónico; Cipolletti, dueño del Alto Valle; All Boys de Santa Rosa, armado para dejar de cargar la cruz de ser "el River de los Regionales".

Independiente apenas cargaba con una camiseta rojinegra, una fe inquebrantable y el orgullo de un valle que todavía no sabía que estaba a punto de escribir su página más gloriosa.

Las grandes gestas siempre nacen envueltas en incredulidad.

El primer obstáculo fue Yacimiento Carboníferos Fiscales de Río Gallegos. Parecía apenas un trámite previo para otros. Para Independiente fue el bautismo de fuego. Parsechián comenzó a escribir su leyenda desde los doce pasos y el equipo atravesó aquella primera tormenta para descubrir que el horizonte podía ser suyo.

Después apareció Huracán.

El gigante del sur.

El verdugo de siempre.

En la Villa Deportiva de Gaiman, Independiente le ganó el "Globo" 2-0 sobre un barro que parecía querer tragarse cualquier ilusión. Una semana más tarde, en Comodoro Rivadavia, llegó uno de esos partidos que el destino escribe con tinta de locura. Independiente perdió 4-2. Pero aquellas dos puñaladas convertidas como visitante valieron más que una victoria. Parsechián detuvo un penal. El reglamento abrió una puerta mínima. Y por esa hendija se coló la historia.

Ese día el rojinegro dejó de jugar al fútbol. Ese día comenzó a creer.

Y cuando un equipo empieza a creer, ya no hay cálculo que pueda detenerlo.

Cipolletti esperaba como otra montaña imposible. En el Alto Valle fue derrota por 2 a 1. Pero las epopeyas jamás se construyen lejos de casa.

Trelew respiraba ansiedad.

El viento parecía conocer el desenlace.

Entonces apareció el "Chivo" Figueroa.

Su disparo nacido de un tiro libre no fue un gol. Fue un relámpago. Una descarga eléctrica que atravesó el cielo del Valle y partió en dos décadas enteras de resignación.

Quedaba el último enemigo.

All Boys.

La frontera definitiva entre el anonimato y la inmortalidad.

En Santa Rosa ganó el local. Por la mínima

En Trelew respondió Independiente con el grito salvador de "Coco" Bersán.

Y llegó el momento donde los hombres dejan de ser hombres para convertirse en estatuas vivientes.

Los penales.

Ese sitio donde el corazón pesa más que las piernas.

Donde los santos dudan y los héroes nacen.

Entonces Alberto "Tito" Parsechián abrió las puertas de la eternidad.

Atajó.

Otra vez.

Y otra.

Tres penales.

Tres veces le dijo no al destino que pretendía arrebatarle la gloria.

Cada atajada era un trueno.

Cada vuelo era una bandera.

Cada puño era la voz de miles de almas empujando la pelota lejos del arco.

Cuando llegó el último disparo convertido, el mundo dejó de girar durante unos segundos.

Higinio Restelli rodeado de simpatizantes.

Lloró Francisco Fiandino.

Lloró el "Zorro" Galván.

Lloraron “Quico” Mehaudy. Y Vecchio.

Lloró Julito Thomas, por segunda vez, después que Galant, el arquero de All Boys de La Pampa, lo quisiera echar de la cancha. Lloró el inolvidable Nito Veira, que, por un momento se olvidaba del básquet y del reto de su vieja por el gamulán roto en el festejo y el blue jeans todo sucio por la tierra.

Independiente vencía –desde el punto del penal 4 a 2- y definía su participación en el fútbol grande.

Celebró tímidamente Higinio Restelli, el arquitecto de la clasificación, al lado de una matraca inmensa que no paraba de sonar. Se abrazaron los hermanos Cominetti. Sin final.

Gritaron desaforados los múltiples anónimos hasta que sus voces fueronn un hilo invisible.

Rugieron Dan Lewis y Ángel Salvo porque valió la pena tanta ilusión desvanecida en el tiempo. Apretó los puños y se escuchó su vozarrón, el león de “Quique” Behr mientras cruzó su mirada con las del elegante Manicler, de “Pichaca” Robledo y “Coco”” Bersán, guapo entre guapos y goleador cuando había que serlo.

Celebró Jaime, llevándole el bolso al Nani Soto. Celebró Laly, junto a su padrino, Julio Sáenz que lo llevó a La Pampa una semana atrás. Festejaron Tatín y el cabezón Do Brito y las figuritas de un álbum bien local que el viejo le compraba. Todos ellos seguirían con la historia un tiempo después.

Descansaba el doctor Saleg con el oxígeno para los propios y ajenos y se emocionaba, aunque intentaba disimularlo “Paco” García.

Lloraron los jugadores.

Lloraron los dirigentes.

Lloraron los que habían viajado.

Lloraron quienes jamás habían dejado de creer.

Y lloró Trelew.

Porque ya no festejaba un club.

Festejaba una ciudad. Festejaba un valle. Festejaba una provincia.

Las lágrimas descendían como si el cielo hubiese decidido mezclarse con la tierra, las matracas rugían como tambores de guerra, los abrazos parecían no terminar nunca y las gargantas se rompían intentando nombrar lo innombrable.

Porque existen alegrías que no alcanzan las palabras.

Aquel domingo la calle Estados Unidos dejó de ser una calle para convertirseen un río humano. Una procesión pagana donde miles de personas caminaban abrazadas, cantando el mismo himno sin haberlo ensayado jamás.

Trelew descubría que también podía conquistar el mapa nacional. Que el fútbol podía convertir un rincón de la Patagonia en el centro emocional de la Argentina.

Semanas después el nombre de la ciudad recorrería el país por una tragedia que aún duele.

Pero aquel 6 de agosto todavía era tiempo de inocencia.

Informe de El Gráfico, hecho por César "Kuky" Mac Karthy.


Era tiempo de sueños. Era tiempo de fútbol.

Independiente no clasificó solamente al Torneo Nacional.

Derrotó al miedo, venció al prejuicio y humilló a la estadística.

Demostró que los gigantes también sangran cuando enfrente hay hombres convencidos.

Porque las epopeyas nunca pertenecen a los favoritos.Siempre nacen en las manos callosas de quienes nadie espera.

Han pasado 54 años.

Muchos protagonistas ya descansan en otra tribuna.

Otros continúan relatando aquella tarde con los ojos húmedos.

Y cada vez que alguien pronuncia "Independiente al Nacional", el tiempo vuelve a detenerse.

No fue únicamente una clasificación. Fue una declaración de principios. Fue la rebelión del interior profundo. Fue la Patagonia diciéndole al país que también sabía escribir leyendas.

Y mientras exista alguien que la cuente, aquella tarde seguirá respirando.

Porque hay hazañas que envejecen. Y hay otras que desafían al calendario.

La del 6 de agosto de 1972 pertenece para siempre a estas últimas.

No fue un partido.

Fue una revolución vestida de rojo y negro.


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