Por Bulin Fernández
Suele ser una dosis fuerte de calma concentrada. Un elemento de atención ya no solo del mundo deportivo en general o de la masividad del fútbol en particular.
Un chico del norte de África modificará sus horarios del colegio, como su par de Ushuaia, con tal de mirar a su equipo afrontar la primera fase del Mundial de Fútbol que, como cada cuatro años, concentra la atención de casi toda la humanidad, sin distinción de ingresos, credos, razas o climas.
Es una de las industrias sin chimeneas que mueve fortunas internacionales y cuenta con la anuencia de todos los países, participantes o no de la última fase que determinará un nuevo reinado por cuatro años, para que un reducido grupo de excéntricos empresarios (muchos de ellos no patearon una pelota en su vida) se queden con el gran negocio.
Los fanáticos ya tienen todo en marcha, desde sus vacaciones, su lugar en el sillón favorito o la cábala de sus amigos reunidos frente a la televisión para intentar celebrar en cada encuentro.
Pero todo esto, que resulta un movimiento a lo largo y ancho del planeta y es inevitable incluso para aquellos que no comulgan con el fútbol y hasta lo detestan, debería tener límites que no excedan lo habitual de un entretenimiento.
Todo en un marco donde la FIFA, tan politizada o monetizada como nunca, responde a intereses que lejos están de los nobles deportivos que se disputan en un campo de juego.
No puede, ni debe, un Mundial de Fútbol impedir saber y analizar lo que pasa en un mundo convulsionado por las guerras que tienen su origen en lo económico y que provocan la muerte de miles de inocentes en lo cotidiano.
Un nuevo récord de Messi o Cristiano Ronaldo no debería impedir pensar lo que cotidianamente ordena nuestra economía a partir de un salario, del financiamiento educativo o la situación socioeconómica que azota a cientos de familias, hoy más castigadas por las bajas temperaturas invernales.
La formación de Argelia o el ingreso de quien resulte el más joven de la Copa del Mundo, que resulta multitudinaria y extensa (se juega en tres países), no debería impedir que se debata cotidianamente sobre el nivel de organización que deben tener los estamentos comunitarios en función de los intereses comunes.
Quizás resulte la cuarta estrella para Argentina, la sexta para Brasil o la tercera para Francia, pero ninguna situación debería hacernos olvidar a los más desposeídos en las crisis que generan casos estrepitosos como el vivido hace horas con el asesinato de Agostina Vega en Córdoba, cuyo origen principal está dado por la desigualdad, la injusticia y la pobreza en nuestro territorio.
Quienes peinamos canas o vemos poca cabellera en nuestra cabeza no olvidamos un Mundial en nuestro país que impidió ver los estragos de una dictadura cívico-militar y eclesiástica que destruía vidas en pos de un modelo económico entreguista, endeudador y excluyente, cuyas secuelas siguen vigentes.
Vamos a disfrutar, al menos los más futboleros o seguidores del deporte, de cada paso, cada resultado o cada estadística que se generará durante poco más de un mes a partir de la próxima semana, pero que solo resulte un entretenimiento y no la ceguera mental que consume todo lo que pasa alrededor.
No dejemos de pensar y debatir sobre nuestros recursos y su destino, de la puesta en venta del Sistema Energético Atómico de Argentina o la presencia de Peter Thiel, multimillonario dedicado desde su empresa Palantir a cuestiones de guerra en el mundo, especialmente a las generadas por los Estados Unidos.
No demoremos el análisis de los cuadros tarifarios y costos de nuestras cooperativas, acosadas por un sentido destructivo hacia estas empresas de capital social, ni dejemos de lado los cambios climáticos que azotan nuestras regiones.
O que un Superior Tribunal de Justicia firme que los empleados del poder del Estado no puedan activar su vida política o deportiva, mucho menos intentar ganar un peso extra por afuera, porque serán sancionados.
La dirigencia política dice que “deja todo para después del Mundial”, pero a fines de julio los seguidores de un país celebrarán al levantar sus jugadores esa copa de poco más de seis kilogramos de oro por calles y pueblos de una parte del planeta, y ojalá resulte la Argentina. Pero que ello no impida ver la obligación de las tareas cotidianas, que no distraiga la responsabilidad propia y ajena para mejorar la calidad de vida de todos los conciudadanos, priorizando a quienes más lo necesitan.

Por Bulin Fernández
Suele ser una dosis fuerte de calma concentrada. Un elemento de atención ya no solo del mundo deportivo en general o de la masividad del fútbol en particular.
Un chico del norte de África modificará sus horarios del colegio, como su par de Ushuaia, con tal de mirar a su equipo afrontar la primera fase del Mundial de Fútbol que, como cada cuatro años, concentra la atención de casi toda la humanidad, sin distinción de ingresos, credos, razas o climas.
Es una de las industrias sin chimeneas que mueve fortunas internacionales y cuenta con la anuencia de todos los países, participantes o no de la última fase que determinará un nuevo reinado por cuatro años, para que un reducido grupo de excéntricos empresarios (muchos de ellos no patearon una pelota en su vida) se queden con el gran negocio.
Los fanáticos ya tienen todo en marcha, desde sus vacaciones, su lugar en el sillón favorito o la cábala de sus amigos reunidos frente a la televisión para intentar celebrar en cada encuentro.
Pero todo esto, que resulta un movimiento a lo largo y ancho del planeta y es inevitable incluso para aquellos que no comulgan con el fútbol y hasta lo detestan, debería tener límites que no excedan lo habitual de un entretenimiento.
Todo en un marco donde la FIFA, tan politizada o monetizada como nunca, responde a intereses que lejos están de los nobles deportivos que se disputan en un campo de juego.
No puede, ni debe, un Mundial de Fútbol impedir saber y analizar lo que pasa en un mundo convulsionado por las guerras que tienen su origen en lo económico y que provocan la muerte de miles de inocentes en lo cotidiano.
Un nuevo récord de Messi o Cristiano Ronaldo no debería impedir pensar lo que cotidianamente ordena nuestra economía a partir de un salario, del financiamiento educativo o la situación socioeconómica que azota a cientos de familias, hoy más castigadas por las bajas temperaturas invernales.
La formación de Argelia o el ingreso de quien resulte el más joven de la Copa del Mundo, que resulta multitudinaria y extensa (se juega en tres países), no debería impedir que se debata cotidianamente sobre el nivel de organización que deben tener los estamentos comunitarios en función de los intereses comunes.
Quizás resulte la cuarta estrella para Argentina, la sexta para Brasil o la tercera para Francia, pero ninguna situación debería hacernos olvidar a los más desposeídos en las crisis que generan casos estrepitosos como el vivido hace horas con el asesinato de Agostina Vega en Córdoba, cuyo origen principal está dado por la desigualdad, la injusticia y la pobreza en nuestro territorio.
Quienes peinamos canas o vemos poca cabellera en nuestra cabeza no olvidamos un Mundial en nuestro país que impidió ver los estragos de una dictadura cívico-militar y eclesiástica que destruía vidas en pos de un modelo económico entreguista, endeudador y excluyente, cuyas secuelas siguen vigentes.
Vamos a disfrutar, al menos los más futboleros o seguidores del deporte, de cada paso, cada resultado o cada estadística que se generará durante poco más de un mes a partir de la próxima semana, pero que solo resulte un entretenimiento y no la ceguera mental que consume todo lo que pasa alrededor.
No dejemos de pensar y debatir sobre nuestros recursos y su destino, de la puesta en venta del Sistema Energético Atómico de Argentina o la presencia de Peter Thiel, multimillonario dedicado desde su empresa Palantir a cuestiones de guerra en el mundo, especialmente a las generadas por los Estados Unidos.
No demoremos el análisis de los cuadros tarifarios y costos de nuestras cooperativas, acosadas por un sentido destructivo hacia estas empresas de capital social, ni dejemos de lado los cambios climáticos que azotan nuestras regiones.
O que un Superior Tribunal de Justicia firme que los empleados del poder del Estado no puedan activar su vida política o deportiva, mucho menos intentar ganar un peso extra por afuera, porque serán sancionados.
La dirigencia política dice que “deja todo para después del Mundial”, pero a fines de julio los seguidores de un país celebrarán al levantar sus jugadores esa copa de poco más de seis kilogramos de oro por calles y pueblos de una parte del planeta, y ojalá resulte la Argentina. Pero que ello no impida ver la obligación de las tareas cotidianas, que no distraiga la responsabilidad propia y ajena para mejorar la calidad de vida de todos los conciudadanos, priorizando a quienes más lo necesitan.