Deportivo Roca contra el pecado original del fútbol

Mientras muchos declaman inclusión y administran privilegios, el club de Rawson enfrenta de raíz la misoginia estructural del deporte más popular del mundo y convierte al fútbol femenino en una política real, no en una consigna vacía.

Plantel de primera división el fútbol femenino de Deportivo Roca.
30 ABR 2026 - 12:29 | Actualizado 30 ABR 2026 - 12:32

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

El fútbol carga un pecado original.

Uno que durante demasiado tiempo se disimuló bajo la alfombra del folklore, del “siempre fue así”, del chiste fácil y de la tradición mal entendida.

Ese pecado tiene nombre. Se llama misoginia.

No la misoginia burda del insulto aislado.

No apenas la del agravio explícito.

Hablamos de una maquinaria mucho más profunda y persistente cual es la estructura cultural que durante más de un siglo decidió que la pelota tenía dueño, que el barro tenía género y que la gloria deportiva era patrimonio exclusivo de los hombres.

Durante generaciones se construyó un relato tan brutal como eficaz. Que el fútbol era territorio masculino, que la gambeta era cosa de varones, que la épica, el choque, la furia, la competencia y la conquista pertenecían al universo de ellos y que a ellas les correspondía mirar desde afuera. Aplaudir, acaso. Nunca protagonizar.

Pero la historia real desmiente esa farsa.

Las mujeres jugaron al fútbol desde el nacimiento mismo de este deporte. Nunca faltaron mujeres dispuestas a patear una pelota. Lo que sobró fue un sistema obsesionado con impedirlo.

Se las expulsó porque correr era “poco femenino”. Porque competir resultaba “indecoroso”. Porque transpirar, disputar y embarrarse atentaba contra el molde ornamental que la sociedad esperaba de ellas.

No era una cuestión deportiva. Era disciplinamiento. Era control. Era misoginia.

Y en ese contexto, donde abundan instituciones que se llenan la boca hablando de inclusión mientras administran exclusión con modales de protocolo, aparece una excepción que incomoda por contraste.

Deportivo Roca de Rawson no declama sino que hace.

Mientras muchos clubes convierten al fútbol femenino en un apéndice decorativo para la foto institucional, Roca decidió hacer algo mucho más revolucionario que es tratarlo con seriedad.

Más de un centenar de chicas forman parte de su estructura deportiva. Hay organización. Hay planificación. Hay inversión. Hay proyecto. Y, sobre todo, hay una decisión política de fondo que es la igualdad de oportunidades.

Por eso la primera división femenina de la V Azulada disputará el Torneo Regional de Clubes del Consejo Federal previsto para julio o agosto; igualito que la masculina que lo está haciendo en la actualidad con altas chances de acceder a la segunda fase.

No como gesto simbólico. No como concesión. No como premio consuelo sino como consecuencia natural de entender que el fútbol femenino merece exactamente el mismo horizonte competitivo que cualquier plantel masculino.

Eso es inclusión verdadera. No el discurso de ocasión. No el panfleto vacío. No la corrección estética para quedar bien.

Inclusión real es abrir la cancha de par en par y decir este juego también es suyo porque siempre lo fue.

En Roca el fútbol femenino no existe a medias. No se tolera sino que se impulsa. No se exhibe como adorno más bien se desarrolla y no se sexualiza, no se ridiculiza, no se minimiza.

Porque combatir la misoginia en el fútbol no consiste únicamente en televisar más partidos o mejorar contratos. Eso importa, sí. Pero no alcanza.

Combatir la misoginia implica dinamitar una cultura entera. Desarmar ladrillo por ladrillo la fortaleza de privilegios que convirtió al fútbol en uno de los últimos bastiones del poder masculino naturalizado.

Cada niña que hoy entra a una cancha desafía más de cien años de exclusión. Cada mujer que arbitra, dirige o gestiona rompe una pared que parecía eterna y cada club que invierte de verdad en igualdad le arranca un pedazo de poder a la vieja estructura.

El fútbol tiene una deuda histórica con las mujeres. Y no alcanza con permitirles entrar. Debe devolverles el tiempo robado. Las décadas de prohibición. Los sueños mutilados. Las carreras que nunca pudieron comenzar. Porque el deporte más popular del planeta se edificó sobre una injusticia elemental que es hacerle creer a más de la mitad de la humanidad que ese juego no era para ellas.

Y sin embargo jugaron igual. Jugaron en potreros prestados. En canchas vacías. Sin cámaras. Sin recursos. Sin permiso.

Por eso el crecimiento del fútbol femenino no es una tendencia ni una moda pasajera. Es una reparación histórica. Y en esa reparación, Deportivo Roca de Rawson no acompaña el cambio; muy por el contrario, lo encarna.

El fútbol no será verdaderamente universal hasta que arranque de raíz la misoginia que lo atravesó durante su historia moderna. Hasta que deje de administrar privilegios disfrazados de tradición. Hasta que entienda, de una vez por todas, que la pelota jamás tuvo género.

Lo que sí tuvo —y todavía tiene— son guardianes que se resisten a compartirla.

Por eso lo de Roca no es apenas gestión deportiva. Es una toma de posición. Una declaración de principios. Una forma de entender el deporte como herramienta de justicia y no de reproducción de desigualdades.

Y cuando un club decide jugar así, ya no se trata solo de fútbol. Se trata de historia en movimiento. De justicia con botines. De una revolución que, esta vez, no pide permiso.

Mientras otros hablan de cambio, Roca lo construye. Y en tiempos donde abundan los discursos huecos, eso vale más que mil consignas.

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Plantel de primera división el fútbol femenino de Deportivo Roca.
30 ABR 2026 - 12:29

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

El fútbol carga un pecado original.

Uno que durante demasiado tiempo se disimuló bajo la alfombra del folklore, del “siempre fue así”, del chiste fácil y de la tradición mal entendida.

Ese pecado tiene nombre. Se llama misoginia.

No la misoginia burda del insulto aislado.

No apenas la del agravio explícito.

Hablamos de una maquinaria mucho más profunda y persistente cual es la estructura cultural que durante más de un siglo decidió que la pelota tenía dueño, que el barro tenía género y que la gloria deportiva era patrimonio exclusivo de los hombres.

Durante generaciones se construyó un relato tan brutal como eficaz. Que el fútbol era territorio masculino, que la gambeta era cosa de varones, que la épica, el choque, la furia, la competencia y la conquista pertenecían al universo de ellos y que a ellas les correspondía mirar desde afuera. Aplaudir, acaso. Nunca protagonizar.

Pero la historia real desmiente esa farsa.

Las mujeres jugaron al fútbol desde el nacimiento mismo de este deporte. Nunca faltaron mujeres dispuestas a patear una pelota. Lo que sobró fue un sistema obsesionado con impedirlo.

Se las expulsó porque correr era “poco femenino”. Porque competir resultaba “indecoroso”. Porque transpirar, disputar y embarrarse atentaba contra el molde ornamental que la sociedad esperaba de ellas.

No era una cuestión deportiva. Era disciplinamiento. Era control. Era misoginia.

Y en ese contexto, donde abundan instituciones que se llenan la boca hablando de inclusión mientras administran exclusión con modales de protocolo, aparece una excepción que incomoda por contraste.

Deportivo Roca de Rawson no declama sino que hace.

Mientras muchos clubes convierten al fútbol femenino en un apéndice decorativo para la foto institucional, Roca decidió hacer algo mucho más revolucionario que es tratarlo con seriedad.

Más de un centenar de chicas forman parte de su estructura deportiva. Hay organización. Hay planificación. Hay inversión. Hay proyecto. Y, sobre todo, hay una decisión política de fondo que es la igualdad de oportunidades.

Por eso la primera división femenina de la V Azulada disputará el Torneo Regional de Clubes del Consejo Federal previsto para julio o agosto; igualito que la masculina que lo está haciendo en la actualidad con altas chances de acceder a la segunda fase.

No como gesto simbólico. No como concesión. No como premio consuelo sino como consecuencia natural de entender que el fútbol femenino merece exactamente el mismo horizonte competitivo que cualquier plantel masculino.

Eso es inclusión verdadera. No el discurso de ocasión. No el panfleto vacío. No la corrección estética para quedar bien.

Inclusión real es abrir la cancha de par en par y decir este juego también es suyo porque siempre lo fue.

En Roca el fútbol femenino no existe a medias. No se tolera sino que se impulsa. No se exhibe como adorno más bien se desarrolla y no se sexualiza, no se ridiculiza, no se minimiza.

Porque combatir la misoginia en el fútbol no consiste únicamente en televisar más partidos o mejorar contratos. Eso importa, sí. Pero no alcanza.

Combatir la misoginia implica dinamitar una cultura entera. Desarmar ladrillo por ladrillo la fortaleza de privilegios que convirtió al fútbol en uno de los últimos bastiones del poder masculino naturalizado.

Cada niña que hoy entra a una cancha desafía más de cien años de exclusión. Cada mujer que arbitra, dirige o gestiona rompe una pared que parecía eterna y cada club que invierte de verdad en igualdad le arranca un pedazo de poder a la vieja estructura.

El fútbol tiene una deuda histórica con las mujeres. Y no alcanza con permitirles entrar. Debe devolverles el tiempo robado. Las décadas de prohibición. Los sueños mutilados. Las carreras que nunca pudieron comenzar. Porque el deporte más popular del planeta se edificó sobre una injusticia elemental que es hacerle creer a más de la mitad de la humanidad que ese juego no era para ellas.

Y sin embargo jugaron igual. Jugaron en potreros prestados. En canchas vacías. Sin cámaras. Sin recursos. Sin permiso.

Por eso el crecimiento del fútbol femenino no es una tendencia ni una moda pasajera. Es una reparación histórica. Y en esa reparación, Deportivo Roca de Rawson no acompaña el cambio; muy por el contrario, lo encarna.

El fútbol no será verdaderamente universal hasta que arranque de raíz la misoginia que lo atravesó durante su historia moderna. Hasta que deje de administrar privilegios disfrazados de tradición. Hasta que entienda, de una vez por todas, que la pelota jamás tuvo género.

Lo que sí tuvo —y todavía tiene— son guardianes que se resisten a compartirla.

Por eso lo de Roca no es apenas gestión deportiva. Es una toma de posición. Una declaración de principios. Una forma de entender el deporte como herramienta de justicia y no de reproducción de desigualdades.

Y cuando un club decide jugar así, ya no se trata solo de fútbol. Se trata de historia en movimiento. De justicia con botines. De una revolución que, esta vez, no pide permiso.

Mientras otros hablan de cambio, Roca lo construye. Y en tiempos donde abundan los discursos huecos, eso vale más que mil consignas.


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