Dique Ameghino, la epopeya de hormigón que domó al río

Concebido en 1943 y ejecutado en el doble del tiempo previsto, el Dique Florentino Ameghino se erigió como una obra colosal financiada por la Nación, símbolo de planificación y poder humano sobre la naturaleza. Inaugurado en 1963 y con su central operativa desde 1968, no solo contuvo crecidas y llevó riego al valle, sino que marcó un hito energético e histórico en Chubut, nacido del esfuerzo colectivo que, como se dijo entonces, no fue un milagro sino la obra responsable de los hombres.

Se utilizaron 160.000 toneladas de cemento.
25 ABR 2026 - 15:44 | Actualizado 26 ABR 2026 - 6:55

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

“Se cierra el dique y se abren las puertas de nuestro futuro”.

Así se tituló el informe de diario Jornada sobre la inauguración, hace 63 años, de una de las obras más icónicas de la provincia del Chubut y que cambió parte de las realidad energética y productiva estacional del VIRCh. Es que un 19 de abril de 1963 quedaba inaugurado el embalse del Dique Florentino Ameghino y el decano de la prensa patagónica lo subtitulaba bajo el rótulo de “El Dique señala una hora nueva con una editorial inolvidable: El viejo rio “color de león” que los antiguos denominaban “Chuvug” es decir tortuoso, sinuoso o corcovado, ha sido dominado en su cauce inferior con un dique contenedor que señala una nueva hora en la vida de estos pueblos. El agua, factor de progreso, fuente de vida, elemento indispensable de la agricultura, ha sido también elemento destructor, cuando salido de madre, inundó tantas veces el valle, anulando el esfuerzo de años y reduciendo a la nada chacras y quintas que luego costaron lustros para reedificar y reconstruir. Y se dio el caso, tantas veces extenuado que en su largo recorrer, apenas traía un hilo de agua incapaz de satisfacer la enorme sed del campo trabajado.

Para impedir las inundaciones, cada vez más desastrosas a medida que aumentaban las hectáreas trabajadas y para evitar la escasez de agua, cada vez más peligrosa a medida que la cordillera perdía sus bosques y las corrientes de agua carecían de poder nivelador natural, se ha construido una presa cuyo embalse quedará inaugurado hoy oficialmente.

Trátase de una obra que cuesta ya arriba de los tres mil millones de pesos; un dique gigantesco, el más grande en su género en Sudamérica que, enclavado en la roca, a 140 kilómetros de Rawson aguas arriba, formará dos inmensos lagos naturales de 50 kilómetros uno a lo largo de río Chico y de 80, el otro, a lo largo del río Chubut y posibilitará regular la corriente de suerte que pueda regarse normalmente toda la extensión del valle inferior y se evite la escasez en períodos críticos como así el exceso de agua cuando viene la avalancha con el deshielo o lluvias impetuosas.

Para seguir el plan de desarrollo, se ha creado CORFO Río Chubut, obra en que la actual intervención federal ha puesto sus mejores esperanzas de un verdadero acto trascendental capaz de transformar el estado económico-social de la región con obras efectivas que impulsarán el trabajo agrícola, elevarán la producción granjera, posibilitarán industrias nuevas, capacitarán a los jóvenes en nuevas técnicas, podrán activar el aprovechamiento ictiológico del enorme mar que baña la costa, darán fisonomía nueva a los pueblos afincados en el Valle y posibilitará la radicación de mayor capital humano, tan necesario y requerido como el camino, el riel, el hilo telefónico y telegráfico, la radio la escuela y el confort que hace más agradable la vida y más llevadero el trabajo en estas latitudes donde no existen aún alicientes mayores.

El dique señala, pues, una hora nueva. Una hora de trabajo fecundo, de transformación total, de acción permanente. Una hora en que todos los habitantes del lugar tendrán que poner su hombro para elevar el standard de vida y posibilitar adelantos nuevos que marquen el comienzo de un gran despertar que será, a la vez, el comienzo de una era de acción progresista capaz de distinguirnos en el concierto de la Nación.

Otra de varios gobiernos, toda a la presencia de José María Guido, inaugurarla en una hora trascendental para el Chubut. Quienes asistan a este acto recordarán siempre que el embalse del dique Florentino Ameghino marca una hora nueva, la de transformación total”.

Parte de la obra hidráulica.


Un poco de historia

Pero para ello, sucedieron varias ideas, génesis, muertes y renacimientos. Ideologías marcadas a fuego, iniciativas de Estado desechadas porque sí, contradicciones, demoras y sensateces. Cuestiones que no tienen nada de novedosas en Argentina. Es que el Dique Ameghino no es solo una obra de ingeniería; sino una cicatriz profunda en la tierra patagónica, una decisión humana que se plantó frente a la furia indómita del agua. En galés lo llamaban Yr Argae, pero su historia —como todas las grandes gestas— empezó mucho antes de que el hormigón tocara el cauce.

Corría 1943 cuando el gobernador militar de Comodoro Rivadavia, Ángel Solari, encendió la chispa de un sueño que parecía imposible. Domesticar los ríos del sur. El proyecto, concebido por el ingeniero Antonio Pronsato, obligó a hombres a internarse en la geografía áspera del Chubut, a leer el lenguaje secreto de los valles y a medir el pulso de los ríos. Se exploraron nueve sitios como si se buscaran las entrañas mismas de la tierra, hasta que el Valle Alsina —una garganta estrecha a 20 kilómetros de la confluencia— se reveló como el lugar donde el destino y la ingeniería se darían la mano.

Pero los sueños necesitan voluntad política para volverse realidad. Fue en 1947, bajo el impulso del Primer Plan Quinquenal de Juan Domingo Perón, cuando la idea dejó de ser promesa y se convirtió en mandato. Lo que estaba previsto como una obra de siete años terminó convirtiéndose en una travesía de catorce. El doble de tiempo, el doble de esfuerzo, el doble de historia acumulada en cada piedra. Y así, el 15 de marzo de 1950, comenzaron las obras. No con silencio, sino con el rugido de máquinas, dinamita y esperanza.

Allí donde antes solo había viento y piedra, nació un pueblo. La concentración de trabajadores exigió organización, y el gobernador Eduardo Picerno creó un Registro Civil y dio forma a un asentamiento que primero se llamó Eva Perón, como una bandera clavada en medio del desierto. Ese acto fundacional no fue solo administrativo; fue un gesto político, una declaración de pertenencia. Con el tiempo, el lugar adoptaría el nombre de Villa Dique Florentino Ameghino, pero su origen conserva la épica de aquellos días en que todo estaba por hacerse.

La obra avanzaba como un ejército disciplinado. Se abrió la ruta provincial 31 para que el cemento llegara desde Comodoro Rivadavia, y se tendió un ramal ferroviario desde Las Chapas, una arteria de hierro que transportó materiales y sueños durante más de 10 kilómetros. Incluso se construyó un plano inclinado —un ingenio casi artesanal— que unía los campamentos del valle y la meseta, como si fuera una escalera mecánica entre dos mundos.

Las obras comenzaron en 1950.

Toneladas

El costo fue titánico. 160.000 toneladas de cemento, 350.000 metros cúbicos de arena y ripio, 450.000 de piedra, 550 toneladas de hierro y 100 de dinamita. Siete millones de litros de diésel, tres millones de nafta. Números que no son cifras, son el peso concreto de una epopeya que demandó una inversión de tres mil millones de pesos, solventada -primero- por el presupuesto de obras de la Nación y luego por el Fondo Nacional de Energía, ese río invisible de recursos que se nutría de concesionarias de combustibles, de Vialidad Nacional y de otras obras energéticas. Mientras Agua y Energía Eléctrica levantaba la muralla hidráulica, el recién creado CORFO-Chubut extendía sus manos aguas abajo, trazando riego y desagües, preparando la tierra para que el agua no solo fuera contenida, sino también multiplicada en vida.

El 19 de abril de 1963 quedó marcado por una escena cargada de símbolos. Un acto inaugural atravesado por la presencia de autoridades eclesiásticas, civiles y militares, donde la obra dejó de ser promesa para convertirse en realidad tangible. Allí estuvieron el interventor de Chubut, Pedro Priani; el secretario de Energía y Combustible de la Nación, Jorge Bermúdez Emporanza; el propio Pronsato, padre del proyecto; el ministro de Obras y Servicios Públicos, Horacio Zubiri; el director de Fabricaciones Militares, Carlos Blanco; y el presidente de Agua y Energía, Higinio Monserrat, quien dejó una frase que todavía resuena como un trueno. “El dique no es la consecuencia de un milagro, es la obra responsable de los hombres”.

Pero incluso después de erigida la presa, la obra no estaba completa. Hubo que esperar cinco años más para que el corazón eléctrico comenzara a latir. Recién el 4 de noviembre de 1968, la central hidroeléctrica entró en funcionamiento. El agua, contenida durante años, se transformó finalmente en energía, en luz, en impulso para una región entera.

Parte de la obra hidráulica.


Décadas después, en 1994, en tiempos de repliegue del Estado, la operación fue concesionada a Hidroeléctrica Ameghino S.A, una empresa de contenido mixto entre capital público y privado; la cual que opera dentro del Mercado Eléctrico Mayorista y que está interconectada con el resto del país a partir de la habilitación comercial de la Línea de Alta Tensión que se construyó entre las estaciones transformadoras de Choele Choel y Puerto Madryn. Esa mole de hormigón, que ya tiene 63 años de existencia y que sigue siendo guardiana y no amenaza.

El Ameghino no solo genera energía —dos turbinas Francis de 23,4 MW cada una laten en su interior como un corazón metálico—. También regula las aguas del río Chubut, nacido en los deshielos andinos, y protege al valle inferior de las inundaciones que durante décadas castigaron a sus poblados. Es muralla y fuente, defensa y sustento.

El Dique Ameghino es, en definitiva, una batalla ganada contra el caos, pero también una advertencia. Una prueba de lo que puede hacer la voluntad colectiva cuando se atreve a enfrentar lo indomable. Un monumento no solo al progreso, sino al riesgo, al esfuerzo y a la memoria de quienes, en medio del viento patagónico, decidieron torcer el curso de la historia… y del río.

Fotos e imágenes Facebook: Fotos antiguas del Chubut

Se utilizaron 160.000 toneladas de cemento.
25 ABR 2026 - 15:44

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

“Se cierra el dique y se abren las puertas de nuestro futuro”.

Así se tituló el informe de diario Jornada sobre la inauguración, hace 63 años, de una de las obras más icónicas de la provincia del Chubut y que cambió parte de las realidad energética y productiva estacional del VIRCh. Es que un 19 de abril de 1963 quedaba inaugurado el embalse del Dique Florentino Ameghino y el decano de la prensa patagónica lo subtitulaba bajo el rótulo de “El Dique señala una hora nueva con una editorial inolvidable: El viejo rio “color de león” que los antiguos denominaban “Chuvug” es decir tortuoso, sinuoso o corcovado, ha sido dominado en su cauce inferior con un dique contenedor que señala una nueva hora en la vida de estos pueblos. El agua, factor de progreso, fuente de vida, elemento indispensable de la agricultura, ha sido también elemento destructor, cuando salido de madre, inundó tantas veces el valle, anulando el esfuerzo de años y reduciendo a la nada chacras y quintas que luego costaron lustros para reedificar y reconstruir. Y se dio el caso, tantas veces extenuado que en su largo recorrer, apenas traía un hilo de agua incapaz de satisfacer la enorme sed del campo trabajado.

Para impedir las inundaciones, cada vez más desastrosas a medida que aumentaban las hectáreas trabajadas y para evitar la escasez de agua, cada vez más peligrosa a medida que la cordillera perdía sus bosques y las corrientes de agua carecían de poder nivelador natural, se ha construido una presa cuyo embalse quedará inaugurado hoy oficialmente.

Trátase de una obra que cuesta ya arriba de los tres mil millones de pesos; un dique gigantesco, el más grande en su género en Sudamérica que, enclavado en la roca, a 140 kilómetros de Rawson aguas arriba, formará dos inmensos lagos naturales de 50 kilómetros uno a lo largo de río Chico y de 80, el otro, a lo largo del río Chubut y posibilitará regular la corriente de suerte que pueda regarse normalmente toda la extensión del valle inferior y se evite la escasez en períodos críticos como así el exceso de agua cuando viene la avalancha con el deshielo o lluvias impetuosas.

Para seguir el plan de desarrollo, se ha creado CORFO Río Chubut, obra en que la actual intervención federal ha puesto sus mejores esperanzas de un verdadero acto trascendental capaz de transformar el estado económico-social de la región con obras efectivas que impulsarán el trabajo agrícola, elevarán la producción granjera, posibilitarán industrias nuevas, capacitarán a los jóvenes en nuevas técnicas, podrán activar el aprovechamiento ictiológico del enorme mar que baña la costa, darán fisonomía nueva a los pueblos afincados en el Valle y posibilitará la radicación de mayor capital humano, tan necesario y requerido como el camino, el riel, el hilo telefónico y telegráfico, la radio la escuela y el confort que hace más agradable la vida y más llevadero el trabajo en estas latitudes donde no existen aún alicientes mayores.

El dique señala, pues, una hora nueva. Una hora de trabajo fecundo, de transformación total, de acción permanente. Una hora en que todos los habitantes del lugar tendrán que poner su hombro para elevar el standard de vida y posibilitar adelantos nuevos que marquen el comienzo de un gran despertar que será, a la vez, el comienzo de una era de acción progresista capaz de distinguirnos en el concierto de la Nación.

Otra de varios gobiernos, toda a la presencia de José María Guido, inaugurarla en una hora trascendental para el Chubut. Quienes asistan a este acto recordarán siempre que el embalse del dique Florentino Ameghino marca una hora nueva, la de transformación total”.

Parte de la obra hidráulica.


Un poco de historia

Pero para ello, sucedieron varias ideas, génesis, muertes y renacimientos. Ideologías marcadas a fuego, iniciativas de Estado desechadas porque sí, contradicciones, demoras y sensateces. Cuestiones que no tienen nada de novedosas en Argentina. Es que el Dique Ameghino no es solo una obra de ingeniería; sino una cicatriz profunda en la tierra patagónica, una decisión humana que se plantó frente a la furia indómita del agua. En galés lo llamaban Yr Argae, pero su historia —como todas las grandes gestas— empezó mucho antes de que el hormigón tocara el cauce.

Corría 1943 cuando el gobernador militar de Comodoro Rivadavia, Ángel Solari, encendió la chispa de un sueño que parecía imposible. Domesticar los ríos del sur. El proyecto, concebido por el ingeniero Antonio Pronsato, obligó a hombres a internarse en la geografía áspera del Chubut, a leer el lenguaje secreto de los valles y a medir el pulso de los ríos. Se exploraron nueve sitios como si se buscaran las entrañas mismas de la tierra, hasta que el Valle Alsina —una garganta estrecha a 20 kilómetros de la confluencia— se reveló como el lugar donde el destino y la ingeniería se darían la mano.

Pero los sueños necesitan voluntad política para volverse realidad. Fue en 1947, bajo el impulso del Primer Plan Quinquenal de Juan Domingo Perón, cuando la idea dejó de ser promesa y se convirtió en mandato. Lo que estaba previsto como una obra de siete años terminó convirtiéndose en una travesía de catorce. El doble de tiempo, el doble de esfuerzo, el doble de historia acumulada en cada piedra. Y así, el 15 de marzo de 1950, comenzaron las obras. No con silencio, sino con el rugido de máquinas, dinamita y esperanza.

Allí donde antes solo había viento y piedra, nació un pueblo. La concentración de trabajadores exigió organización, y el gobernador Eduardo Picerno creó un Registro Civil y dio forma a un asentamiento que primero se llamó Eva Perón, como una bandera clavada en medio del desierto. Ese acto fundacional no fue solo administrativo; fue un gesto político, una declaración de pertenencia. Con el tiempo, el lugar adoptaría el nombre de Villa Dique Florentino Ameghino, pero su origen conserva la épica de aquellos días en que todo estaba por hacerse.

La obra avanzaba como un ejército disciplinado. Se abrió la ruta provincial 31 para que el cemento llegara desde Comodoro Rivadavia, y se tendió un ramal ferroviario desde Las Chapas, una arteria de hierro que transportó materiales y sueños durante más de 10 kilómetros. Incluso se construyó un plano inclinado —un ingenio casi artesanal— que unía los campamentos del valle y la meseta, como si fuera una escalera mecánica entre dos mundos.

Las obras comenzaron en 1950.

Toneladas

El costo fue titánico. 160.000 toneladas de cemento, 350.000 metros cúbicos de arena y ripio, 450.000 de piedra, 550 toneladas de hierro y 100 de dinamita. Siete millones de litros de diésel, tres millones de nafta. Números que no son cifras, son el peso concreto de una epopeya que demandó una inversión de tres mil millones de pesos, solventada -primero- por el presupuesto de obras de la Nación y luego por el Fondo Nacional de Energía, ese río invisible de recursos que se nutría de concesionarias de combustibles, de Vialidad Nacional y de otras obras energéticas. Mientras Agua y Energía Eléctrica levantaba la muralla hidráulica, el recién creado CORFO-Chubut extendía sus manos aguas abajo, trazando riego y desagües, preparando la tierra para que el agua no solo fuera contenida, sino también multiplicada en vida.

El 19 de abril de 1963 quedó marcado por una escena cargada de símbolos. Un acto inaugural atravesado por la presencia de autoridades eclesiásticas, civiles y militares, donde la obra dejó de ser promesa para convertirse en realidad tangible. Allí estuvieron el interventor de Chubut, Pedro Priani; el secretario de Energía y Combustible de la Nación, Jorge Bermúdez Emporanza; el propio Pronsato, padre del proyecto; el ministro de Obras y Servicios Públicos, Horacio Zubiri; el director de Fabricaciones Militares, Carlos Blanco; y el presidente de Agua y Energía, Higinio Monserrat, quien dejó una frase que todavía resuena como un trueno. “El dique no es la consecuencia de un milagro, es la obra responsable de los hombres”.

Pero incluso después de erigida la presa, la obra no estaba completa. Hubo que esperar cinco años más para que el corazón eléctrico comenzara a latir. Recién el 4 de noviembre de 1968, la central hidroeléctrica entró en funcionamiento. El agua, contenida durante años, se transformó finalmente en energía, en luz, en impulso para una región entera.

Parte de la obra hidráulica.


Décadas después, en 1994, en tiempos de repliegue del Estado, la operación fue concesionada a Hidroeléctrica Ameghino S.A, una empresa de contenido mixto entre capital público y privado; la cual que opera dentro del Mercado Eléctrico Mayorista y que está interconectada con el resto del país a partir de la habilitación comercial de la Línea de Alta Tensión que se construyó entre las estaciones transformadoras de Choele Choel y Puerto Madryn. Esa mole de hormigón, que ya tiene 63 años de existencia y que sigue siendo guardiana y no amenaza.

El Ameghino no solo genera energía —dos turbinas Francis de 23,4 MW cada una laten en su interior como un corazón metálico—. También regula las aguas del río Chubut, nacido en los deshielos andinos, y protege al valle inferior de las inundaciones que durante décadas castigaron a sus poblados. Es muralla y fuente, defensa y sustento.

El Dique Ameghino es, en definitiva, una batalla ganada contra el caos, pero también una advertencia. Una prueba de lo que puede hacer la voluntad colectiva cuando se atreve a enfrentar lo indomable. Un monumento no solo al progreso, sino al riesgo, al esfuerzo y a la memoria de quienes, en medio del viento patagónico, decidieron torcer el curso de la historia… y del río.

Fotos e imágenes Facebook: Fotos antiguas del Chubut