Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
En 1922 no se tendieron rieles. Se dibujó una promesa de acero sobre la piel indómita de Chubut.
El Estado arrendó el servicio, sí, pero fueron otros —los anónimos, los de manos curtidas— quienes empujaron la historia entre Puerto Madryn, Trelew, Gaiman y Dolavon, como si cada durmiente fuera un latido y cada clavo una decisión irrevocable.
El sur todavía era borrador, pero ya había urgencia.
“El Pueblo” lo gritaba en tinta. Una legua de terraplén, materiales llegando como si el futuro viniera en vagones. Y entonces marzo de 1923 asomó con fecha marcada, con ansiedad de inauguración. La máquina de acero largaba su recorrido desde la antigua Punta de Rieles a Rawson. El 20 no pudo ser. Faltaba el gobernador. La ausencia de Oreste Franzoni postergó el acto, como si la historia necesitara la firma de un hombre para existir. Y sin embargo, la historia no espera. Apenas se reacomoda.
Pero el 22 sí.
Jueves.
Y llovía.
La épica, cuando es verdadera, nunca llega con cielo despejado.
El tren avanzó igual, desafiando barro, viento y presagios. Hasta que en Casa Blanca la tierra —todavía tierna, todavía indócil— cedió. Descarriló. No fue tragedia; fue advertencia. El sur no se conquista sin pelearle a su propio pulso. Hubo que parar, corregir, cargar agua, respirar hondo. Y seguir.
Porque siempre se trata de seguir.
A las 13:15, como quien llega después de haber discutido con el destino, la locomotora entró a Rawson. No era un tren cualquiera: era el primero. Cinco vagones cargados de agua, como si llevaran vida misma para una tierra sedienta de futuro. Los recibió el gobernador, los discursos, las formalidades. Pero lo que realmente había llegado era otra cosa: la certeza de que el aislamiento empezaba a resquebrajarse.
Siete meses más hicieron falta. Siete meses de corregir errores, de asentar lo que el apuro había dejado flojo. Hasta que el 17 de octubre de 1923 el servicio quedó firme, cotidiano, casi natural. El tren iba y venía todos los días, como una arteria nueva en el cuerpo del territorio.
Y así fue durante décadas.
El tren transportaba personas, mercancías, historias. Acortaba distancias que antes eran abismos. Era más que un medio; era un símbolo. La prueba tangible de que incluso en el confín del mapa se podía construir continuidad.
Hasta que en 1961, con la frialdad de un decreto, alguien decidió que ese pulso debía detenerse. Se canceló el servicio. Se desguazaron los sueños. Se arrancaron los rieles como si fueran simples hierros y no cicatrices de una voluntad colectiva. Lo llamaron el Plan Larkin. El primer desguace de soberanía ferrocarrilera.
Hubo intentos de hacerlo cooperativa, de hacerlo provincial, de mixturarlo. Fue en vano. Nadie respondió a la pared enviada desde el botín de los trabajadores expulsados del sistema.
Hace 103 años inaugurábamos la vía Trelew–Rawson.
Hace 103 años el sur se animaba a avanzar.
La pregunta, entonces, no es nostálgica. Es incendiaria. ¿Cuándo dejamos de empujar?. ¿Cuándo dejamos que nos descarrilen sin volver a levantarnos?. ¿Cuándo, exactamente, perdimos el tren?
Porque perder el tren no es un accidente.
Es una decisión que se toma —o se permite— todos los días.

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
En 1922 no se tendieron rieles. Se dibujó una promesa de acero sobre la piel indómita de Chubut.
El Estado arrendó el servicio, sí, pero fueron otros —los anónimos, los de manos curtidas— quienes empujaron la historia entre Puerto Madryn, Trelew, Gaiman y Dolavon, como si cada durmiente fuera un latido y cada clavo una decisión irrevocable.
El sur todavía era borrador, pero ya había urgencia.
“El Pueblo” lo gritaba en tinta. Una legua de terraplén, materiales llegando como si el futuro viniera en vagones. Y entonces marzo de 1923 asomó con fecha marcada, con ansiedad de inauguración. La máquina de acero largaba su recorrido desde la antigua Punta de Rieles a Rawson. El 20 no pudo ser. Faltaba el gobernador. La ausencia de Oreste Franzoni postergó el acto, como si la historia necesitara la firma de un hombre para existir. Y sin embargo, la historia no espera. Apenas se reacomoda.
Pero el 22 sí.
Jueves.
Y llovía.
La épica, cuando es verdadera, nunca llega con cielo despejado.
El tren avanzó igual, desafiando barro, viento y presagios. Hasta que en Casa Blanca la tierra —todavía tierna, todavía indócil— cedió. Descarriló. No fue tragedia; fue advertencia. El sur no se conquista sin pelearle a su propio pulso. Hubo que parar, corregir, cargar agua, respirar hondo. Y seguir.
Porque siempre se trata de seguir.
A las 13:15, como quien llega después de haber discutido con el destino, la locomotora entró a Rawson. No era un tren cualquiera: era el primero. Cinco vagones cargados de agua, como si llevaran vida misma para una tierra sedienta de futuro. Los recibió el gobernador, los discursos, las formalidades. Pero lo que realmente había llegado era otra cosa: la certeza de que el aislamiento empezaba a resquebrajarse.
Siete meses más hicieron falta. Siete meses de corregir errores, de asentar lo que el apuro había dejado flojo. Hasta que el 17 de octubre de 1923 el servicio quedó firme, cotidiano, casi natural. El tren iba y venía todos los días, como una arteria nueva en el cuerpo del territorio.
Y así fue durante décadas.
El tren transportaba personas, mercancías, historias. Acortaba distancias que antes eran abismos. Era más que un medio; era un símbolo. La prueba tangible de que incluso en el confín del mapa se podía construir continuidad.
Hasta que en 1961, con la frialdad de un decreto, alguien decidió que ese pulso debía detenerse. Se canceló el servicio. Se desguazaron los sueños. Se arrancaron los rieles como si fueran simples hierros y no cicatrices de una voluntad colectiva. Lo llamaron el Plan Larkin. El primer desguace de soberanía ferrocarrilera.
Hubo intentos de hacerlo cooperativa, de hacerlo provincial, de mixturarlo. Fue en vano. Nadie respondió a la pared enviada desde el botín de los trabajadores expulsados del sistema.
Hace 103 años inaugurábamos la vía Trelew–Rawson.
Hace 103 años el sur se animaba a avanzar.
La pregunta, entonces, no es nostálgica. Es incendiaria. ¿Cuándo dejamos de empujar?. ¿Cuándo dejamos que nos descarrilen sin volver a levantarnos?. ¿Cuándo, exactamente, perdimos el tren?
Porque perder el tren no es un accidente.
Es una decisión que se toma —o se permite— todos los días.