
El oficialismo llegará al miércoles 11 de febrero con una certeza que no se explica con argumentos serios y que tampoco refleja su habitual impericia parlamentaria: la reforma laboral tendría los votos necesarios aun sin haber ofrecido concesiones visibles a las provincias. La aritmética cierra, pero el método deja preguntas abiertas. Y algunas incomodan más que otras.
En la foto del “diálogo” apareció -otra vez- la senadora chubutense Edith Terenzi. Sentada a la mesa con Patricia Bullrich y los jefes de bloque aliados, la representante de Despierta Chubut aportó algo más que presencia institucional: le dio previsibilidad. La misma previsibilidad que el Gobierno valora cuando necesita mostrar transversalidad, aunque esa transversalidad no se traduzca en beneficios concretos para las provincias.
La escena se repite. La Casa Rosada avanza con una reforma que no solo dinamita las reglas y las conquistas laborales, sino que también introduce cambios impositivos que afectan la recaudación y la coparticipación. O sea: no sólo afectará a los trabajadores sino que también hará un hueco en las cuentas públicas provinciales. ¿Entonces?
Los números están sobre la mesa. El impacto es conocido. Y, aun así, el acompañamiento se mantiene. Sin correcciones, sin compensaciones y, según admiten sin pudor fuentes oficiales, sin prenda de cambio alguna.
En ese contexto, el rol de algunos senadores empieza a adquirir una tonalidad particular. Otra chubutense, Andrea Cristina, por ejemplo, vuelve a mostrarse disponible, siempre atenta a dar señales al oficialismo libertario. No es una novedad: cada vez que el Gobierno necesita gestos de gobernabilidad, su nombre aparece como garantía de buena predisposición.

Tal vez no haga falta recordarlo, pero el público se renueva: ni Terenzi ni Cristina tienen ni un gramo de peso político y sólo están sentadas en sus bancas para hacer lo que les ordena el gobernador Nacho Torres. Es más, la radical Terenzi cumple al pie de la letra el acuerdo de la UCR con el PRO y ha mostrado siempre obediencia absoluta. En cambio, Cristina que no tiene ni volumen político ni comprensión alguna del escenario, se arroga atribuciones que nadie le concedió.
El problema no es la vocación de diálogo de Torres. El problema es la combinación entre la ausencia de límites para exigir que tiene el Gobierno libertario y la mansedumbre con la que actúa el gobernador más allá de su lengua.
En política, no alcanza con ser: también hay que parecer. La autoridad no se declama ni se improvisa, se construye con coherencia. Cuando el gesto pretende suplir al peso real, y la puesta en escena reemplaza a la sustancia, el resultado es una degradación silenciosa del debate público. Ser y parecer no son opuestos: son dos caras indispensables de la legitimidad.
En Chubut, la pregunta que empieza a tomar forma es qué hará el gobernador Torres el miércoles: ¿Avalará una estrategia en la que sus senadores acompañan sin haber asegurado resguardos fiscales para la provincia? ¿O marcará una diferencia antes de que el voto quede fijado en el tablero del Senado?
Por ahora, el silencio domina. Un silencio que, en política, rara vez es neutral.


El oficialismo llegará al miércoles 11 de febrero con una certeza que no se explica con argumentos serios y que tampoco refleja su habitual impericia parlamentaria: la reforma laboral tendría los votos necesarios aun sin haber ofrecido concesiones visibles a las provincias. La aritmética cierra, pero el método deja preguntas abiertas. Y algunas incomodan más que otras.
En la foto del “diálogo” apareció -otra vez- la senadora chubutense Edith Terenzi. Sentada a la mesa con Patricia Bullrich y los jefes de bloque aliados, la representante de Despierta Chubut aportó algo más que presencia institucional: le dio previsibilidad. La misma previsibilidad que el Gobierno valora cuando necesita mostrar transversalidad, aunque esa transversalidad no se traduzca en beneficios concretos para las provincias.
La escena se repite. La Casa Rosada avanza con una reforma que no solo dinamita las reglas y las conquistas laborales, sino que también introduce cambios impositivos que afectan la recaudación y la coparticipación. O sea: no sólo afectará a los trabajadores sino que también hará un hueco en las cuentas públicas provinciales. ¿Entonces?
Los números están sobre la mesa. El impacto es conocido. Y, aun así, el acompañamiento se mantiene. Sin correcciones, sin compensaciones y, según admiten sin pudor fuentes oficiales, sin prenda de cambio alguna.
En ese contexto, el rol de algunos senadores empieza a adquirir una tonalidad particular. Otra chubutense, Andrea Cristina, por ejemplo, vuelve a mostrarse disponible, siempre atenta a dar señales al oficialismo libertario. No es una novedad: cada vez que el Gobierno necesita gestos de gobernabilidad, su nombre aparece como garantía de buena predisposición.

Tal vez no haga falta recordarlo, pero el público se renueva: ni Terenzi ni Cristina tienen ni un gramo de peso político y sólo están sentadas en sus bancas para hacer lo que les ordena el gobernador Nacho Torres. Es más, la radical Terenzi cumple al pie de la letra el acuerdo de la UCR con el PRO y ha mostrado siempre obediencia absoluta. En cambio, Cristina que no tiene ni volumen político ni comprensión alguna del escenario, se arroga atribuciones que nadie le concedió.
El problema no es la vocación de diálogo de Torres. El problema es la combinación entre la ausencia de límites para exigir que tiene el Gobierno libertario y la mansedumbre con la que actúa el gobernador más allá de su lengua.
En política, no alcanza con ser: también hay que parecer. La autoridad no se declama ni se improvisa, se construye con coherencia. Cuando el gesto pretende suplir al peso real, y la puesta en escena reemplaza a la sustancia, el resultado es una degradación silenciosa del debate público. Ser y parecer no son opuestos: son dos caras indispensables de la legitimidad.
En Chubut, la pregunta que empieza a tomar forma es qué hará el gobernador Torres el miércoles: ¿Avalará una estrategia en la que sus senadores acompañan sin haber asegurado resguardos fiscales para la provincia? ¿O marcará una diferencia antes de que el voto quede fijado en el tablero del Senado?
Por ahora, el silencio domina. Un silencio que, en política, rara vez es neutral.
