Por Daniel Schulman / Psicólogo forense
Es sabida toda la rosca que puede generar una idea. Puede cambiar al mundo una idea. Puede pasar totalmente inadvertida y al tiempo cobrar el auge que debió haber tenido oportunamente. Puede generar adeptos. Y puede generar detractores.
Pero por sobre todas las cosas, las ideas pueden generar enfrentamientos.
No hay que ir muy lejos para poder observar este fenómeno. Basta tomar el diario que tiene en sus manos o ir a otra noticia de la web que tiene en su pantalla, y podrá ver muchas idas y vueltas en torno a una o varias ideas. La idea es el motor de lo que tiene que llegar más tarde. La idea es lo que genera el comienzo. Y también la idea es lo que puede generar el final.
Y los finales, claro, a veces son felices y a veces trágicos.
Esta historia tiene que ver con un final de esta onda. Con un final trágico. Hoy no nos sorprendería algo así, como lo que voy a narrarles. Esta historia ya se viene escribiendo desde antes de que sucediera y se siguió escribiendo luego de finalizada. Esto no es más que un eslabón de una cadena mucho más larga y mucho más compleja. Esta historia es una historia repetida.
Pero lo llamativo de la historia es su escenario. Y el escenario es la casa de las ideas, o casa de las leyes, como se la suele llamar. El escenario es el Congreso de la Nación.
Siempre se ha caracterizado a ese edificio y su contenido como el recinto donde cobra volumen la voz del Pueblo. El Congreso de la Nación es donde habla y delibera el Pueblo; a través de sus representantes, claro. Pero es el Pueblo el que le da contenido al mismo.
Así, cuando el Pueblo no tuvo injerencia en la vida política, ese recinto no era más que eso: un edificio, carente de voces e integrantes.
Existieron momentos en que la política era más visceral que la actual política. Existió un momento en que el color político era para toda la vida. El político que militaba en un partido lo hacía hasta el día de su muerte. No existía el cambio de bando.
La política era idea, y la idea estaba por encima del político y su partido. La idea era el motor. Y el motor, claro, a veces generaba chisporrotazos. Todo empezó con el llamado pacto “Roca – Runciman”, firmado durante el año 1933, mientras el presidente argentino era Agustín P. Justo, un viejo militar que había sido parte del movimiento que generó el primer golpe de Estado de nuestro país. Y su vicepresidente era Julio A. Roca, hijo del viejo General dos veces presidente, pero gran orquestador de la política argentina durante cerca de tres décadas.
Así las cosas, ese pacto significó la ubicación de Argentina en una posición de sumisión respecto de Inglaterra, y las voces antagónicas a ese pacto se hicieron oír en el Congreso de la Nación.
El Diputado Nacional Lisandro de la Torre interpeló a los ministros de Agricultura y Hacienda de la Nación en la sede del Congreso, durante varios días del año 1935, manteniendo como hipótesis de que ese pacto era nocivo para la economía argentina. Así las cosas, durante el 23 de julio de ese año, de la Torre se fue de su banca y se dirigió al lugar donde se encontraban los ministros, quienes lo empujan y lo hacen caer de espaldas. Iba secundado por otro socialista: Enzo Bordabehere, a la postre legislador nacional por la Provincia de Santa Fé, quien fue ese mismo día alcanzado por dos disparos que iban dirigidos hacia de la Torre. El homicida era un matón a sueldo, según el diario Crítica de antaño, llamado Ramón Valdés Cora, un comisario que se había reciclado como pistolero de los conservadores.
Bordabehere murió a las pocas horas. Fueron en vano todos los intentos por reanimarlo: recibió los dos disparos; uno en el pecho y otro en la espalda. Y Valdés Cora fue condenado por homicidio, aunque siempre se creyó que estaba como pistolero de los dos ministros.
La casa de la Voz del Pueblo, ese fatídico día, vio cómo se mataba por una idea.
De la Torre, apesadumbrado por la muerte de su compañero, renunció a su banca en enero de 1937, y dos años más tarde, siguiendo el ejemplo de su mentor Alem, se quitó la vida de un disparo al corazón.
Tanto él como Alem, tenían en claro algo: matar por una idea es una aberración, pero es una grandeza morir por ellas.#
Por Daniel Schulman / Psicólogo forense
Es sabida toda la rosca que puede generar una idea. Puede cambiar al mundo una idea. Puede pasar totalmente inadvertida y al tiempo cobrar el auge que debió haber tenido oportunamente. Puede generar adeptos. Y puede generar detractores.
Pero por sobre todas las cosas, las ideas pueden generar enfrentamientos.
No hay que ir muy lejos para poder observar este fenómeno. Basta tomar el diario que tiene en sus manos o ir a otra noticia de la web que tiene en su pantalla, y podrá ver muchas idas y vueltas en torno a una o varias ideas. La idea es el motor de lo que tiene que llegar más tarde. La idea es lo que genera el comienzo. Y también la idea es lo que puede generar el final.
Y los finales, claro, a veces son felices y a veces trágicos.
Esta historia tiene que ver con un final de esta onda. Con un final trágico. Hoy no nos sorprendería algo así, como lo que voy a narrarles. Esta historia ya se viene escribiendo desde antes de que sucediera y se siguió escribiendo luego de finalizada. Esto no es más que un eslabón de una cadena mucho más larga y mucho más compleja. Esta historia es una historia repetida.
Pero lo llamativo de la historia es su escenario. Y el escenario es la casa de las ideas, o casa de las leyes, como se la suele llamar. El escenario es el Congreso de la Nación.
Siempre se ha caracterizado a ese edificio y su contenido como el recinto donde cobra volumen la voz del Pueblo. El Congreso de la Nación es donde habla y delibera el Pueblo; a través de sus representantes, claro. Pero es el Pueblo el que le da contenido al mismo.
Así, cuando el Pueblo no tuvo injerencia en la vida política, ese recinto no era más que eso: un edificio, carente de voces e integrantes.
Existieron momentos en que la política era más visceral que la actual política. Existió un momento en que el color político era para toda la vida. El político que militaba en un partido lo hacía hasta el día de su muerte. No existía el cambio de bando.
La política era idea, y la idea estaba por encima del político y su partido. La idea era el motor. Y el motor, claro, a veces generaba chisporrotazos. Todo empezó con el llamado pacto “Roca – Runciman”, firmado durante el año 1933, mientras el presidente argentino era Agustín P. Justo, un viejo militar que había sido parte del movimiento que generó el primer golpe de Estado de nuestro país. Y su vicepresidente era Julio A. Roca, hijo del viejo General dos veces presidente, pero gran orquestador de la política argentina durante cerca de tres décadas.
Así las cosas, ese pacto significó la ubicación de Argentina en una posición de sumisión respecto de Inglaterra, y las voces antagónicas a ese pacto se hicieron oír en el Congreso de la Nación.
El Diputado Nacional Lisandro de la Torre interpeló a los ministros de Agricultura y Hacienda de la Nación en la sede del Congreso, durante varios días del año 1935, manteniendo como hipótesis de que ese pacto era nocivo para la economía argentina. Así las cosas, durante el 23 de julio de ese año, de la Torre se fue de su banca y se dirigió al lugar donde se encontraban los ministros, quienes lo empujan y lo hacen caer de espaldas. Iba secundado por otro socialista: Enzo Bordabehere, a la postre legislador nacional por la Provincia de Santa Fé, quien fue ese mismo día alcanzado por dos disparos que iban dirigidos hacia de la Torre. El homicida era un matón a sueldo, según el diario Crítica de antaño, llamado Ramón Valdés Cora, un comisario que se había reciclado como pistolero de los conservadores.
Bordabehere murió a las pocas horas. Fueron en vano todos los intentos por reanimarlo: recibió los dos disparos; uno en el pecho y otro en la espalda. Y Valdés Cora fue condenado por homicidio, aunque siempre se creyó que estaba como pistolero de los dos ministros.
La casa de la Voz del Pueblo, ese fatídico día, vio cómo se mataba por una idea.
De la Torre, apesadumbrado por la muerte de su compañero, renunció a su banca en enero de 1937, y dos años más tarde, siguiendo el ejemplo de su mentor Alem, se quitó la vida de un disparo al corazón.
Tanto él como Alem, tenían en claro algo: matar por una idea es una aberración, pero es una grandeza morir por ellas.#