Una bien setentista

Historias del crimen.

14 MAY 2016 - 20:36 | Actualizado

*Por Daniel Schulman / Especial para Jornada

Durante buena parte de la década del 60 y del 70, nuestro país estuvo sumido en la más cruda de las violencias. Era común, lamentablemente, tomar un diario por aquellos años y encontrarse con múltiples noticias de múltiples muertes, en tiroteos, ejecuciones, y demás cuestiones de esa onda. Casi que nadie estaba a salvo de ser víctima de esa violencia inusitada, ya sea como blanco directo, como sospechoso, o como “daño colateral”.

Así fue que dentro del ERP, el Ejército Revolucionario del Pueblo, militaba un fulano que pasó a la historia por un caso muy triste y muy célebre, del que se pueden encontrar reseñas en la literatura sobre la temática. Su nombre era “el Oso” Rainer, un militante de nivel medio, que no se destacaba demasiado por sobre el resto, y que tampoco tenía intervención o formación en la cuestión militar de la estructura del ERP. Era un cuadro de nivel medio, como se suele clasificar a los integrantes que no tienen gran despliegue en estas cuestiones, pero tuvo un papel fundamental en una de las operaciones más fundamentales de la organización guerrillera.

Desde hacía un tiempo que el Oso venía saliendo con una piba que supuestamente también militaba en la organización. La piba, igualmente, tenía menos jerarquía que él y la máxima responsabilidad que le habían encomendando era llevar unos panfletos de propaganda en su cartera y un aerosol para una pintada. No le pasaban mucha bola y no se la pasarían. Era una piba que no caía bien entre sus relaciones del ERP.

Ambos habían comenzado su militancia en el ámbito fabril, como operarios, y rápidamente comenzaron un noviazgo, mezclado entre la militancia, las puteadas al sistema y los milicos, y plagado de carencias económicas. Vivían muy mal y se cagaban de hambre y progresivamente tenían que cumplir cada vez con más cuestiones para la organización guerrillera y andaban con el buche vacío, cuestión que al Oso lo tenía bastante molesto. Su compañera solía decirle que todas esas cosas eran pruebas a sus convicciones militantes, así que no tenía que flaquear y seguir adelante, que la lucha, cuando la ganaran, iba a redituar en un mejor bienestar para todo el país, y ya nadie pasaría hambre ni se sentiría pisoteado por el sistema político.

El Oso, cada tanto tomaba esas palabras con muy buen grado y otras veces no les daba mucha importancia.

Así siguió la relación un buen tiempo, hasta que la flaca le batió que era una agente infiltrada del Ejército durante un momento de vulnerabilidad del Oso. O eso al menos presume la historia. Nunca se supo a qué repartición del Ejército pertenecía ella, pero siempre se presumió que era del Batallón 601, aunque personal civil. No era de carrera militar.

Así la cosa, las mieles del capitalismo y el consumo hicieron del Oso alguien propenso a “morder la banquina”; o sea, comenzó a abandonar sus convicciones militantes obrero – guerrilleras, y sistemáticamente le pasaba información a su novia de las diversas cuestiones con las que tenía contacto de la organización, a cambio de dinero.

Claro que la jerarquía del Oso no le permitía estar en contacto con información importante de los altos niveles del ERP, porque sencillamente había muchísimas cosas que desconocía totalmente. La compartamentalización en células de los cuadros militantes–guerrilleros apuntaba precisamente a que no se produjeran delación ni filtraciones: cada cual de los cuadros de menor jerarquía conocía sólo una parte de las cosas, y los cuadros superiores que los coordinaban conocían toda la cuestión. Era así. Para mantener la seguridad de todos había que tener ese tipo de disciplina.

El azar o su buen desempeño lo cruzaron al Oso con una tarea casi insignificante muy bien relacionada con una de las operaciones armadas guerrilleras más audaces de la historia: el ataque militar a la base de Monte Chingolo. La tarea del Oso era trasladar las armas que usarían los guerrilleros en ese copamiento y él sabía que esas armas se usarían para algo grande. Así que le avisó a la flaca, quien le avisó a sus superiores, quienes dispusieron tener contacto con esas armas para conocer qué armamento usarían los guerrilleros.

Le pidieron las armas al Oso y él se las dejó por unas horas, para luego llevarlas al lugar donde debía dejarlas. Lo que el Oso nunca supo fue que los milicos le limaron los percutores a casi todas las armas. Y durante la operación guerrillera fueron poquísimas las que tenían poder de fuego. Así, con ese escenario, en ese enfrentamiento murieron muchísimos guerrilleros. Se cree que los muertos fueron más de 30, y todo el pelotón de combate ascendía a más de 70. Fue una tremenda carnicería.

Los altos mandos del ERP iniciaron una suerte de investigación interna para saber qué había pasado y se determinó que fueron las armas las que no respondieron y que habían sido alteradas. En la investigación surgió que fue el Oso el que las había transportado, así que en juicio revolucionario lo condenaron a muerte.

Unos vecinos de la zona oeste del Gran Buenos Aires lo vieron atado con alambre de púas a un tronco clavado en el suelo de un terreno baldío, muerto, con un cartel que rezaba: “Así terminan los traidores”. Nunca se determinó quiénes lo mataron.#

*Psicólogo forense.

14 MAY 2016 - 20:36

*Por Daniel Schulman / Especial para Jornada

Durante buena parte de la década del 60 y del 70, nuestro país estuvo sumido en la más cruda de las violencias. Era común, lamentablemente, tomar un diario por aquellos años y encontrarse con múltiples noticias de múltiples muertes, en tiroteos, ejecuciones, y demás cuestiones de esa onda. Casi que nadie estaba a salvo de ser víctima de esa violencia inusitada, ya sea como blanco directo, como sospechoso, o como “daño colateral”.

Así fue que dentro del ERP, el Ejército Revolucionario del Pueblo, militaba un fulano que pasó a la historia por un caso muy triste y muy célebre, del que se pueden encontrar reseñas en la literatura sobre la temática. Su nombre era “el Oso” Rainer, un militante de nivel medio, que no se destacaba demasiado por sobre el resto, y que tampoco tenía intervención o formación en la cuestión militar de la estructura del ERP. Era un cuadro de nivel medio, como se suele clasificar a los integrantes que no tienen gran despliegue en estas cuestiones, pero tuvo un papel fundamental en una de las operaciones más fundamentales de la organización guerrillera.

Desde hacía un tiempo que el Oso venía saliendo con una piba que supuestamente también militaba en la organización. La piba, igualmente, tenía menos jerarquía que él y la máxima responsabilidad que le habían encomendando era llevar unos panfletos de propaganda en su cartera y un aerosol para una pintada. No le pasaban mucha bola y no se la pasarían. Era una piba que no caía bien entre sus relaciones del ERP.

Ambos habían comenzado su militancia en el ámbito fabril, como operarios, y rápidamente comenzaron un noviazgo, mezclado entre la militancia, las puteadas al sistema y los milicos, y plagado de carencias económicas. Vivían muy mal y se cagaban de hambre y progresivamente tenían que cumplir cada vez con más cuestiones para la organización guerrillera y andaban con el buche vacío, cuestión que al Oso lo tenía bastante molesto. Su compañera solía decirle que todas esas cosas eran pruebas a sus convicciones militantes, así que no tenía que flaquear y seguir adelante, que la lucha, cuando la ganaran, iba a redituar en un mejor bienestar para todo el país, y ya nadie pasaría hambre ni se sentiría pisoteado por el sistema político.

El Oso, cada tanto tomaba esas palabras con muy buen grado y otras veces no les daba mucha importancia.

Así siguió la relación un buen tiempo, hasta que la flaca le batió que era una agente infiltrada del Ejército durante un momento de vulnerabilidad del Oso. O eso al menos presume la historia. Nunca se supo a qué repartición del Ejército pertenecía ella, pero siempre se presumió que era del Batallón 601, aunque personal civil. No era de carrera militar.

Así la cosa, las mieles del capitalismo y el consumo hicieron del Oso alguien propenso a “morder la banquina”; o sea, comenzó a abandonar sus convicciones militantes obrero – guerrilleras, y sistemáticamente le pasaba información a su novia de las diversas cuestiones con las que tenía contacto de la organización, a cambio de dinero.

Claro que la jerarquía del Oso no le permitía estar en contacto con información importante de los altos niveles del ERP, porque sencillamente había muchísimas cosas que desconocía totalmente. La compartamentalización en células de los cuadros militantes–guerrilleros apuntaba precisamente a que no se produjeran delación ni filtraciones: cada cual de los cuadros de menor jerarquía conocía sólo una parte de las cosas, y los cuadros superiores que los coordinaban conocían toda la cuestión. Era así. Para mantener la seguridad de todos había que tener ese tipo de disciplina.

El azar o su buen desempeño lo cruzaron al Oso con una tarea casi insignificante muy bien relacionada con una de las operaciones armadas guerrilleras más audaces de la historia: el ataque militar a la base de Monte Chingolo. La tarea del Oso era trasladar las armas que usarían los guerrilleros en ese copamiento y él sabía que esas armas se usarían para algo grande. Así que le avisó a la flaca, quien le avisó a sus superiores, quienes dispusieron tener contacto con esas armas para conocer qué armamento usarían los guerrilleros.

Le pidieron las armas al Oso y él se las dejó por unas horas, para luego llevarlas al lugar donde debía dejarlas. Lo que el Oso nunca supo fue que los milicos le limaron los percutores a casi todas las armas. Y durante la operación guerrillera fueron poquísimas las que tenían poder de fuego. Así, con ese escenario, en ese enfrentamiento murieron muchísimos guerrilleros. Se cree que los muertos fueron más de 30, y todo el pelotón de combate ascendía a más de 70. Fue una tremenda carnicería.

Los altos mandos del ERP iniciaron una suerte de investigación interna para saber qué había pasado y se determinó que fueron las armas las que no respondieron y que habían sido alteradas. En la investigación surgió que fue el Oso el que las había transportado, así que en juicio revolucionario lo condenaron a muerte.

Unos vecinos de la zona oeste del Gran Buenos Aires lo vieron atado con alambre de púas a un tronco clavado en el suelo de un terreno baldío, muerto, con un cartel que rezaba: “Así terminan los traidores”. Nunca se determinó quiénes lo mataron.#

*Psicólogo forense.