Amigas por Billiken

Beatriz contactó a Liliana porque vio en un concurso de la revista que tenía su mismo apellido. Son amigas hace 47 años.

19 JUL 2013 - 22:35 | Actualizado

Por Silvia Soto

En 1966 Palermo era un barrio tranquilo, con casas bajas que tenían un largo pasillo. La de los Radice era una de esas.

“Llegó una carta a tu nombre”, le avisó Domingo a su hija. El hombre compartió su sorpresa con Ada, su mujer, y con Liliana, que tenía diez años. Él fue el primero en abrir el sobre y revisar el contenido, una sola hoja escrita con birome azul. Remitía una mujer desconocida desde Chubut que firmaba con el mismo apellido de Domingo.

“Querida Liliana, quizá te asombre la iniciativa mía de escribirte. El motivo es tu apellido: lo leí en una Billiken en la entrega de premios y me llamó la atención porque aquí en el Chubut –te escribo desde esta bendita Patagonia- mi familia es la única que lo tiene y es un poco raro encontrarlo”, escribía Nélida Beatriz Radice desde Trelew.

Beatriz, una estudiante secundaria de 18 años, había encontrado el nombre de Liliana Radice en la página de una Billiken, entre los ganadores del concurso de álbumes de figuritas organizado por esa revista. En la foto una nena delgada y de pelo negro sonreía con su flamante televisor Televa junto al conductor del evento en el Luna Park.

“A mí me gustaba coleccionar figuritas y estaba atenta a cómo terminaban esos concursos”, recordó Beatriz. “Cuando vi el apellido me llamó la atención. Sabía que en Buenos Aires teníamos parientes. Yo siempre buscaba familiares porque mi abuelo se había venido a Chubut en la década del 30. El resto de los hermanos se quedó pero no sabíamos dónde. Sólo teníamos sus fotografías”.

Tiempo después la joven sureña recibió la respuesta. “Mi papá me ayudaba a redactar porque yo era muy chica”, aclaró Liliana desde Capital Federal, en donde todavía vive. Su tatarabuelo había llegado de Génova, Italia, y se instaló en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, como parte de los primeros habitantes. Por eso el apellido figura en una placa en la plaza central. El padre de Liliana tuvo tres hermanos pero todos se instalaron en territorio bonaerense.

Durante al menos un año las cartas intercambiaron nombres y datos familiares. “En un momento supimos que no teníamos ningún vínculo de sangre pero igual seguimos el contacto”, contó Beatriz.

Encuentros

Las amigas por carta se conocieron personalmente en octubre de 1969, cuando Beatriz viajó a Capital Federal con unos tíos. El punto de encuentro fue el Hotel Nobel, en Avenida de Mayo. Liliana llegó acompañada por sus padres. “Era un edificio antiguo, de techo alto, con escalera y ascensor de los viejos”, recordó. “Yo estaba nerviosa porque no sabía con quién me iba a encontrar. Y en la primera impresión Betty me hizo acordar mucho a una hermana de mi papá, la tía Rosa. Es como que intenté buscar algún vínculo familiar”.

Los Radice locales agasajaron a los visitantes con un almuerzo, e invitaron a Beatriz a pasar unos días con ellos. “Me abrieron las puertas casi sin conocerme”, expresó. “Yo me sentí muy bien desde el primer momento porque era una familia típicamente italiana, con costumbres iguales a las mías. Las dos familias teníamos una cultura idéntica”.

La relación epistolar continuó, y a las anécdotas particulares se les sumaban las noticias de las respectivas ciudades: los bailes de Carnaval de Trelew, la visita de Boca con el plantel de 1968, y la presentación de Jorge Cafrune se mezclaban con las ediciones de la Exposición de Palermo y las postales sobre el Cabildo y el Obelisco.

Liliana conoció Trelew en diciembre de 1975. “Empezamos a tener mayor vínculo a partir de que yo fui a pasar Año Nuevo. Hasta ese momento se notaba mucho la diferencia de edad”. Era la primera vez que viajaba sola: “Nunca me había separado de mis padres así que me fue a despedir toda la familia”. Su compañero de asiento fue Guillermito Fernández, un adolescente que ya se había hecho famoso en “Grandes valores del tango”. La novedad la distrajo un poco de su miedo al avión.

“Betty me llevó a conocer la ciudad en su Fiat 600”, contó Liliana. Las casas bajas y la plaza central con glorieta le recordaron a Chivilcoy, el pueblo de su padre. La celebración del Año Nuevo fue en el desaparecido boliche El Álamo en Playa Unión. “Ese lugar me encantó porque fue algo nuevo para mí”. Sus vacaciones en el sur iban a ser la primera de muchas experiencias compartidas.

Las jóvenes se escribieron las últimas cartas en 1982; a partir de ahí el lápiz y el papel fueron reemplazados por el teléfono. En 47 años las amigas vivieron sus graduaciones universitarias, el fallecimiento de sus padres, el casamiento y los hijos de Beatriz, las vacaciones compartidas, los cambios de trabajos, los viajes. A la distancia, y juntas cuando fue posible, pero siempre en contacto.

Las protagonistas de la historia definen que las une un vínculo muy fuerte: “Es asombroso cómo esa amistad se fue cultivando y hoy por hoy más que amigas somos como hermanas: yo tengo dos sobrinos y Ada tuvo dos nietos”, reflexionó Liliana. “A partir del nacimiento de mis hijos Liliana pasó a ser ‘la tía Liliana’ y Ada ‘la abuela Ada’, y eso se dio naturalmente. Después fue madrina de mi hijo Alfredo. Ella pasó a ser la hermana menor que me hubiera gustado tener”, expresó Beatriz.

Liliana resumió: “La familia nace con uno y a los amigos se los elige. A Betty la elegí como amiga y como familia. Eso es lo más importante”. Para Beatriz la historia cierra un círculo: “Yo creo en el destino. Esa familia estaba signada para integrarse con la mía. La búsqueda se cristalizó con ellos y una vez que esa pudo ser mi familia no busqué más”. Y reflexiona: “Hoy, con Facebook, buscar amigos es un estilo de vida. Se llaman amigos personas que quizá no se conocen y no se conocerán nunca. ¿Podrá una relación de Facebook durar 47 años? Sabemos que una relación que empezó por carta sí pudo”.#

19 JUL 2013 - 22:35

Por Silvia Soto

En 1966 Palermo era un barrio tranquilo, con casas bajas que tenían un largo pasillo. La de los Radice era una de esas.

“Llegó una carta a tu nombre”, le avisó Domingo a su hija. El hombre compartió su sorpresa con Ada, su mujer, y con Liliana, que tenía diez años. Él fue el primero en abrir el sobre y revisar el contenido, una sola hoja escrita con birome azul. Remitía una mujer desconocida desde Chubut que firmaba con el mismo apellido de Domingo.

“Querida Liliana, quizá te asombre la iniciativa mía de escribirte. El motivo es tu apellido: lo leí en una Billiken en la entrega de premios y me llamó la atención porque aquí en el Chubut –te escribo desde esta bendita Patagonia- mi familia es la única que lo tiene y es un poco raro encontrarlo”, escribía Nélida Beatriz Radice desde Trelew.

Beatriz, una estudiante secundaria de 18 años, había encontrado el nombre de Liliana Radice en la página de una Billiken, entre los ganadores del concurso de álbumes de figuritas organizado por esa revista. En la foto una nena delgada y de pelo negro sonreía con su flamante televisor Televa junto al conductor del evento en el Luna Park.

“A mí me gustaba coleccionar figuritas y estaba atenta a cómo terminaban esos concursos”, recordó Beatriz. “Cuando vi el apellido me llamó la atención. Sabía que en Buenos Aires teníamos parientes. Yo siempre buscaba familiares porque mi abuelo se había venido a Chubut en la década del 30. El resto de los hermanos se quedó pero no sabíamos dónde. Sólo teníamos sus fotografías”.

Tiempo después la joven sureña recibió la respuesta. “Mi papá me ayudaba a redactar porque yo era muy chica”, aclaró Liliana desde Capital Federal, en donde todavía vive. Su tatarabuelo había llegado de Génova, Italia, y se instaló en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, como parte de los primeros habitantes. Por eso el apellido figura en una placa en la plaza central. El padre de Liliana tuvo tres hermanos pero todos se instalaron en territorio bonaerense.

Durante al menos un año las cartas intercambiaron nombres y datos familiares. “En un momento supimos que no teníamos ningún vínculo de sangre pero igual seguimos el contacto”, contó Beatriz.

Encuentros

Las amigas por carta se conocieron personalmente en octubre de 1969, cuando Beatriz viajó a Capital Federal con unos tíos. El punto de encuentro fue el Hotel Nobel, en Avenida de Mayo. Liliana llegó acompañada por sus padres. “Era un edificio antiguo, de techo alto, con escalera y ascensor de los viejos”, recordó. “Yo estaba nerviosa porque no sabía con quién me iba a encontrar. Y en la primera impresión Betty me hizo acordar mucho a una hermana de mi papá, la tía Rosa. Es como que intenté buscar algún vínculo familiar”.

Los Radice locales agasajaron a los visitantes con un almuerzo, e invitaron a Beatriz a pasar unos días con ellos. “Me abrieron las puertas casi sin conocerme”, expresó. “Yo me sentí muy bien desde el primer momento porque era una familia típicamente italiana, con costumbres iguales a las mías. Las dos familias teníamos una cultura idéntica”.

La relación epistolar continuó, y a las anécdotas particulares se les sumaban las noticias de las respectivas ciudades: los bailes de Carnaval de Trelew, la visita de Boca con el plantel de 1968, y la presentación de Jorge Cafrune se mezclaban con las ediciones de la Exposición de Palermo y las postales sobre el Cabildo y el Obelisco.

Liliana conoció Trelew en diciembre de 1975. “Empezamos a tener mayor vínculo a partir de que yo fui a pasar Año Nuevo. Hasta ese momento se notaba mucho la diferencia de edad”. Era la primera vez que viajaba sola: “Nunca me había separado de mis padres así que me fue a despedir toda la familia”. Su compañero de asiento fue Guillermito Fernández, un adolescente que ya se había hecho famoso en “Grandes valores del tango”. La novedad la distrajo un poco de su miedo al avión.

“Betty me llevó a conocer la ciudad en su Fiat 600”, contó Liliana. Las casas bajas y la plaza central con glorieta le recordaron a Chivilcoy, el pueblo de su padre. La celebración del Año Nuevo fue en el desaparecido boliche El Álamo en Playa Unión. “Ese lugar me encantó porque fue algo nuevo para mí”. Sus vacaciones en el sur iban a ser la primera de muchas experiencias compartidas.

Las jóvenes se escribieron las últimas cartas en 1982; a partir de ahí el lápiz y el papel fueron reemplazados por el teléfono. En 47 años las amigas vivieron sus graduaciones universitarias, el fallecimiento de sus padres, el casamiento y los hijos de Beatriz, las vacaciones compartidas, los cambios de trabajos, los viajes. A la distancia, y juntas cuando fue posible, pero siempre en contacto.

Las protagonistas de la historia definen que las une un vínculo muy fuerte: “Es asombroso cómo esa amistad se fue cultivando y hoy por hoy más que amigas somos como hermanas: yo tengo dos sobrinos y Ada tuvo dos nietos”, reflexionó Liliana. “A partir del nacimiento de mis hijos Liliana pasó a ser ‘la tía Liliana’ y Ada ‘la abuela Ada’, y eso se dio naturalmente. Después fue madrina de mi hijo Alfredo. Ella pasó a ser la hermana menor que me hubiera gustado tener”, expresó Beatriz.

Liliana resumió: “La familia nace con uno y a los amigos se los elige. A Betty la elegí como amiga y como familia. Eso es lo más importante”. Para Beatriz la historia cierra un círculo: “Yo creo en el destino. Esa familia estaba signada para integrarse con la mía. La búsqueda se cristalizó con ellos y una vez que esa pudo ser mi familia no busqué más”. Y reflexiona: “Hoy, con Facebook, buscar amigos es un estilo de vida. Se llaman amigos personas que quizá no se conocen y no se conocerán nunca. ¿Podrá una relación de Facebook durar 47 años? Sabemos que una relación que empezó por carta sí pudo”.#