Lidia Oviedo y una sonrisa que es una curita al alma

Cada 5 de noviembre se reconoce el trabajo de quienes utilizan el arte, la empatía y el amor para acompañar los momentos más complejos de las personas en los centros de salud. Mediante gestos y una técnica amorosa, buscan transformar esa estadía en un mimo al alma. En Comodoro, hablar de ellos, es hablar de Lidia.


05 NOV 2026 - 16:58 | Actualizado 05 NOV 2026 - 17:04

La historia de Lidia Oviedo en Comodoro Rivadavia no se puede entender sin esa fuerza centrífuga que la lleva, casi por impulso natural, a estar siempre donde alguien necesita una mano. Para la comunidad comodorense, su rostro es sinónimo de cercanía y servicio: una mujer multifacética a la que muchos identifican en la calle antes de recordar su nombre, pero cuya presencia transmite una calidez capaz de desarmar cualquier indiferencia.

Su vocación de servicio no nació con un título ni con una capacitación formal, sino en las calles y laderas del barrio Rincón del Diablo durante la década del 70. Siendo apenas una adolescente, Lidia ya asumía de forma intuitiva un rol de liderazgo sin llamarlo así. Armaba grupos con los chicos del barrio para subir al cerro, organizaba cumpleaños colectivos y proponía caminatas a la costanera para ofrecer un respiro a aquellos niños que atravesaban realidades complejas. De manera casi instintiva, entendió que ante la necesidad ajena no alcanzaba con lamentarse. Como ella misma recuerda sobre esos primeros años: "Siempre mi palabra clave fue accionar".

Ese motor vital encontró un canal natural en el ámbito educativo. En su trayectoria profesional como preceptora, ayudante de laboratorio y catequista en la Catedral de Comodoro, la escuela se convirtió en su gran plataforma comunitaria. "Creo que la docencia te hace perder la vergüenza", reflexiona Lidia al repasar cómo aprendió a enfrentar situaciones complejas, hablar en público y poner el cuerpo para gestionar un plato de comida o un par de zapatillas para los estudiantes que lo necesitaban, sembrando en los más jóvenes la semilla de la solidaridad.

El capítulo de Payamédicos llegó a su vida en 2016 para terminar de resignificar una vivencia personal profunda: la pérdida de su madre a los 20 años en un entorno hospitalario. El ingreso a la formación no solo le permitió transformar esa antigua herida en una herramienta de contención, sino que le reveló el verdadero alcance de la disciplina. En Payamédicos, Lidia descubrió que la tarea dista mucho de ser un mero entretenimiento o un show de chistes; se trata de una intervención sutil y respetuosa que busca devolverle la condición de ser humano a quien la institución médica denomina paciente. "En realidad no es paciente, es un ser humano que te va a producir un montón de cosas desde un gesto, una mirada, una lágrima o un abrazo", remarca.

A través del juego, la improvisación y la magia de la complicidad, el arte del payamédico logra transformar la atmósfera gris de los pasillos y salas de internación. Con viajes imaginarios, relatos construidos al oído de quienes están dormidos y saludos creativos, Lidia o, mejor dicho, la Dra. Lalita y sus compañeros despiertan el niño interior de pequeños y adultos por igual. Su labor acompaña tanto el festejo esperanzador de quien toca la campana al entrar en remisión, como el sostenimiento silencioso de las familias en los momentos de mayor vulnerabilidad. Al balancear lo que entrega y lo que recibe en esa labor, Lidia es contundente: "Nosotros recibimos más de lo que damos, es al revés. La gente nos devuelve el triple o cuatro veces más de lo que nosotros damos".

Hace más de un año y medio, Lidia es formadora de aquellos que quieran sumarse al grupo, que hoy se encuentra conformado por 12 miembros. Para ella, el grupo es clave: “en Payamédicos todos somos protagonistas, somos un grupo. A veces somos más, y otras menos, pero no podemos ser ni hacer nada de manera individual”. A tal punto que en esta nota, en torno a su vida, no quiso dejar de hacer hincapié en la importancia de la gente que hace y comparte todos los días junto a ella.

Paula Mayorga y Nilda Sánchez (más conocidas como las Dras. Ersilina y Nina), compañeras de Lidia en sus “payaaventuras”, destacaron la importancia del rol que ocupan y de su figura de en el equipo: “la verdad es que hace poco más de un año que estoy acá, y vivo encantadísima de lo que brindamos a nuestros ‘producientes’. Me llena de amor el cariño de la gente, de la alegría, del abrazo. Cada caso y cada tratamiento es distinto. Desde mi lugar, voy a estar siempre agradecida a Lidia, que es mi formadora. Cada día aprendemos algo nuevo”, aseguró Mayorga.

Nilda, compañera de Lidia desde hace 9 años, la definió como “una gran referente que sostiene siempre”: “es una satisfacción el poder estar y compartir este espacio, y el generar lo que generamos en las personas en los ámbitos en los que nos movemos. Sin dudas, el ser payamédico nos deja muchísimo más de lo que nosotros dejamos”, comentó.

El esfuerzo ininterrumpido durante los momentos más duros de la pandemia terminó pasándole factura a Lidia, derivando en un pequeño ACV que la obligó a poner un freno de mano. Sin embargo, y muy lejos de retirarse, readaptó sus dinámicas: cambió el ritmo vertiginoso de la calle por la gestión estratégica, el refugio de su hogar, la pintura y las caminatas por los cerros que tanto ama.

En el marco del Día del Payamédico, su trayectoria refleja esa convicción que la acompaña desde pequeña: "Hay personas que tienen una misión y te das cuenta de que eso es en tu vida: algo que tenías que hacer y que tenés que seguir haciendo".


05 NOV 2026 - 16:58

La historia de Lidia Oviedo en Comodoro Rivadavia no se puede entender sin esa fuerza centrífuga que la lleva, casi por impulso natural, a estar siempre donde alguien necesita una mano. Para la comunidad comodorense, su rostro es sinónimo de cercanía y servicio: una mujer multifacética a la que muchos identifican en la calle antes de recordar su nombre, pero cuya presencia transmite una calidez capaz de desarmar cualquier indiferencia.

Su vocación de servicio no nació con un título ni con una capacitación formal, sino en las calles y laderas del barrio Rincón del Diablo durante la década del 70. Siendo apenas una adolescente, Lidia ya asumía de forma intuitiva un rol de liderazgo sin llamarlo así. Armaba grupos con los chicos del barrio para subir al cerro, organizaba cumpleaños colectivos y proponía caminatas a la costanera para ofrecer un respiro a aquellos niños que atravesaban realidades complejas. De manera casi instintiva, entendió que ante la necesidad ajena no alcanzaba con lamentarse. Como ella misma recuerda sobre esos primeros años: "Siempre mi palabra clave fue accionar".

Ese motor vital encontró un canal natural en el ámbito educativo. En su trayectoria profesional como preceptora, ayudante de laboratorio y catequista en la Catedral de Comodoro, la escuela se convirtió en su gran plataforma comunitaria. "Creo que la docencia te hace perder la vergüenza", reflexiona Lidia al repasar cómo aprendió a enfrentar situaciones complejas, hablar en público y poner el cuerpo para gestionar un plato de comida o un par de zapatillas para los estudiantes que lo necesitaban, sembrando en los más jóvenes la semilla de la solidaridad.

El capítulo de Payamédicos llegó a su vida en 2016 para terminar de resignificar una vivencia personal profunda: la pérdida de su madre a los 20 años en un entorno hospitalario. El ingreso a la formación no solo le permitió transformar esa antigua herida en una herramienta de contención, sino que le reveló el verdadero alcance de la disciplina. En Payamédicos, Lidia descubrió que la tarea dista mucho de ser un mero entretenimiento o un show de chistes; se trata de una intervención sutil y respetuosa que busca devolverle la condición de ser humano a quien la institución médica denomina paciente. "En realidad no es paciente, es un ser humano que te va a producir un montón de cosas desde un gesto, una mirada, una lágrima o un abrazo", remarca.

A través del juego, la improvisación y la magia de la complicidad, el arte del payamédico logra transformar la atmósfera gris de los pasillos y salas de internación. Con viajes imaginarios, relatos construidos al oído de quienes están dormidos y saludos creativos, Lidia o, mejor dicho, la Dra. Lalita y sus compañeros despiertan el niño interior de pequeños y adultos por igual. Su labor acompaña tanto el festejo esperanzador de quien toca la campana al entrar en remisión, como el sostenimiento silencioso de las familias en los momentos de mayor vulnerabilidad. Al balancear lo que entrega y lo que recibe en esa labor, Lidia es contundente: "Nosotros recibimos más de lo que damos, es al revés. La gente nos devuelve el triple o cuatro veces más de lo que nosotros damos".

Hace más de un año y medio, Lidia es formadora de aquellos que quieran sumarse al grupo, que hoy se encuentra conformado por 12 miembros. Para ella, el grupo es clave: “en Payamédicos todos somos protagonistas, somos un grupo. A veces somos más, y otras menos, pero no podemos ser ni hacer nada de manera individual”. A tal punto que en esta nota, en torno a su vida, no quiso dejar de hacer hincapié en la importancia de la gente que hace y comparte todos los días junto a ella.

Paula Mayorga y Nilda Sánchez (más conocidas como las Dras. Ersilina y Nina), compañeras de Lidia en sus “payaaventuras”, destacaron la importancia del rol que ocupan y de su figura de en el equipo: “la verdad es que hace poco más de un año que estoy acá, y vivo encantadísima de lo que brindamos a nuestros ‘producientes’. Me llena de amor el cariño de la gente, de la alegría, del abrazo. Cada caso y cada tratamiento es distinto. Desde mi lugar, voy a estar siempre agradecida a Lidia, que es mi formadora. Cada día aprendemos algo nuevo”, aseguró Mayorga.

Nilda, compañera de Lidia desde hace 9 años, la definió como “una gran referente que sostiene siempre”: “es una satisfacción el poder estar y compartir este espacio, y el generar lo que generamos en las personas en los ámbitos en los que nos movemos. Sin dudas, el ser payamédico nos deja muchísimo más de lo que nosotros dejamos”, comentó.

El esfuerzo ininterrumpido durante los momentos más duros de la pandemia terminó pasándole factura a Lidia, derivando en un pequeño ACV que la obligó a poner un freno de mano. Sin embargo, y muy lejos de retirarse, readaptó sus dinámicas: cambió el ritmo vertiginoso de la calle por la gestión estratégica, el refugio de su hogar, la pintura y las caminatas por los cerros que tanto ama.

En el marco del Día del Payamédico, su trayectoria refleja esa convicción que la acompaña desde pequeña: "Hay personas que tienen una misión y te das cuenta de que eso es en tu vida: algo que tenías que hacer y que tenés que seguir haciendo".