En el marco de la conmemoración de La Noche de los Lápices, la Universidad Nacional de La Plata otorgó el doctorado Honoris Causa a los diez estudiantes secundarios secuestrados en septiembre de 1976. Durante el reconocimiento a los familiares y a los tres sobrevivientes presentes —Pablo Díaz, Gustavo Calotti y Emilce Moler—, la voz de Moler volvió a marcar el pulso de la memoria. En diálogo con “Palabras más, palabras menos” de LA CIELO FM 103.5 recordó a sus compañeros y habló sobre las deudas vigentes.

“Llega septiembre, hace 50 años que el calendario se detiene en una fecha, el 16, y vuelven ellos, mis compañeros”, expresó durante el homenaje. “No vuelven en esas fotos blanco y negro que todos conocemos, a mí me vuelven vivos, muy jóvenes, con sus discusiones, sus enojos, sus sueños. Nos reíamos, militábamos, queríamos cambiar las cosas, queríamos vivir. No les dieron la posibilidad de crecer, de equivocarse, de cambiar algunas cosas y sostener otras. No les dieron tiempo”, sostiene Moler. A medio siglo de aquellos hechos, su declaración de principios reafirma una continuidad vital, “soy Emilce Moler, soy sobreviviente de la Noche de los Lápices con memoria, con preguntas, pero con la misma convicción que aquella chica de 17 años, que siempre vale la pena intentar construir una sociedad más justa”.
LA MADRUGADA DEL SECUESTRO Y EL ESTIGMA MILITAR
En la madrugada del 17 de septiembre de 1976, las fuerzas represivas irrumpieron en la casa familiar. Moler era una adolescente tan menuda que vestía pijama cuando la fueron a buscar; la confusión de los captores fue tal que, en un primer momento, pretendieron llevarse a su hermana al no concebir que la militante buscada fuera una joven de contextura tan pequeña. Moler permaneció clandestina durante más de seis meses, con pasos documentados por el Pozo de Arana y el Pozo de Quilmes, para luego ser traslada a la cárcel de Devoto.
Su padre, un comisario retirado de la policía, realizó incansables gestiones mientras afrontaba las humillaciones de sus pares, quienes le recriminaban cómo podía tener una hija militante peronista. En abril de 1978, tras ser liberada bajo un régimen de libertad vigilada, las autoridades le dieron una advertencia tajante a la familia, la joven era “irrecuperable” y debían abandonar inmediatamente la ciudad de La Plata.
EL SILENCIO DEL MUNDIAL ’78 Y LA ABSTRACCIÓN COMO REFUGIO
La familia vendió la boutique de la madre y se radicó en Mar del Plata para intentar empezar de cero en absoluto secreto. Mientras el país celebraba la Copa Mundial de Fútbol de 1978, la joven experimentaba una profunda desolación, “nunca nadie me va a creer, no tengo nada para documentar esto que me pasó”. Aislada por las restricciones de la dictadura, que le prohibían reunirse con más de cinco personas, rindió el quinto año del secundario libre pretextando que se había retrasado por una hepatitis.

Aunque su vocación original se orientaba al dibujo y a la historia del arte, decidió volcarse hacia una disciplina donde no existiera espacio para el dolor de la realidad humana. “Quiero algo que no tenga nada que ver con la realidad”, se dijo al elegir inscribirse en la carrera de Matemáticas de la Universidad Nacional de Mar del Plata. En esa decisión subyacía una búsqueda identitaria central, “no quiero ser de por vida solo una exdetenida desaparecida o una sobreviviente”.
EL ALGORITMO DE LA IDENTIDAD: EL APORTE AL EAAF
Moler ejerció la docencia universitaria durante más de 30 años, al tiempo que completó una maestría en epistemología de la ciencia y un doctorado en bioingeniería. En el campo científico, se especializó en el procesamiento de imágenes digitales y el desarrollo de algoritmos para eliminar el “ruido” en estudios médicos de diagnóstico, facilitando la delimitación de tumores torácicos para cirujanos.
Posteriormente, aplicó esas herramientas tecnológicas al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Tras presentarse ante los investigadores con una caja de restos óseos, planteó una hipótesis innovadora, “¿Ustedes saben que los senos paranasales y frontales son únicos en cada persona y funciona de la misma manera que una huella dactilar?”. El desarrollo de este patrón científico permitió cotejar las radiografías médicas que los padres conservaban de sus hijos con las tomografías forenses, logrando identificar restos que hasta entonces permanecían como NN.
Asimismo, diseñó sistemas para limpiar e interpretar huellas dactilares incompletas o manchadas registradas en documentos policiales de la década de 1970, lo que permitió identificar a numerosos desaparecidos y recuperar la identidad de un nieto apropiado. Por este desarrollo, la Asociación de Imágenes Digitales de Estados Unidos le otorgó un premio internacional en el año 2000.
INTERPELAR EL PRESENTE DESDE LA EPISTEMOLOGÍA
Décadas después de haber sido catalogada como “irrecuperable”, Emilce Moler continúa participando activamente en debates públicos y académicos. Desde su perspectiva como epistemóloga, plantea la necesidad de revisar los discursos con los que se aborda la memoria en la actualidad. La científica advierte que los jóvenes de hoy “están inmersos en tanta violencia que que le hablemos de la dictadura quizás no los interpela”. Por ello, sostiene que el desafío del presente consiste en reconstruir los lazos sociales y las demandas cotidianas para poder defender con efectividad la democracia y las conquistas históricas del “Nunca Más”.#
En el marco de la conmemoración de La Noche de los Lápices, la Universidad Nacional de La Plata otorgó el doctorado Honoris Causa a los diez estudiantes secundarios secuestrados en septiembre de 1976. Durante el reconocimiento a los familiares y a los tres sobrevivientes presentes —Pablo Díaz, Gustavo Calotti y Emilce Moler—, la voz de Moler volvió a marcar el pulso de la memoria. En diálogo con “Palabras más, palabras menos” de LA CIELO FM 103.5 recordó a sus compañeros y habló sobre las deudas vigentes.

“Llega septiembre, hace 50 años que el calendario se detiene en una fecha, el 16, y vuelven ellos, mis compañeros”, expresó durante el homenaje. “No vuelven en esas fotos blanco y negro que todos conocemos, a mí me vuelven vivos, muy jóvenes, con sus discusiones, sus enojos, sus sueños. Nos reíamos, militábamos, queríamos cambiar las cosas, queríamos vivir. No les dieron la posibilidad de crecer, de equivocarse, de cambiar algunas cosas y sostener otras. No les dieron tiempo”, sostiene Moler. A medio siglo de aquellos hechos, su declaración de principios reafirma una continuidad vital, “soy Emilce Moler, soy sobreviviente de la Noche de los Lápices con memoria, con preguntas, pero con la misma convicción que aquella chica de 17 años, que siempre vale la pena intentar construir una sociedad más justa”.
LA MADRUGADA DEL SECUESTRO Y EL ESTIGMA MILITAR
En la madrugada del 17 de septiembre de 1976, las fuerzas represivas irrumpieron en la casa familiar. Moler era una adolescente tan menuda que vestía pijama cuando la fueron a buscar; la confusión de los captores fue tal que, en un primer momento, pretendieron llevarse a su hermana al no concebir que la militante buscada fuera una joven de contextura tan pequeña. Moler permaneció clandestina durante más de seis meses, con pasos documentados por el Pozo de Arana y el Pozo de Quilmes, para luego ser traslada a la cárcel de Devoto.
Su padre, un comisario retirado de la policía, realizó incansables gestiones mientras afrontaba las humillaciones de sus pares, quienes le recriminaban cómo podía tener una hija militante peronista. En abril de 1978, tras ser liberada bajo un régimen de libertad vigilada, las autoridades le dieron una advertencia tajante a la familia, la joven era “irrecuperable” y debían abandonar inmediatamente la ciudad de La Plata.
EL SILENCIO DEL MUNDIAL ’78 Y LA ABSTRACCIÓN COMO REFUGIO
La familia vendió la boutique de la madre y se radicó en Mar del Plata para intentar empezar de cero en absoluto secreto. Mientras el país celebraba la Copa Mundial de Fútbol de 1978, la joven experimentaba una profunda desolación, “nunca nadie me va a creer, no tengo nada para documentar esto que me pasó”. Aislada por las restricciones de la dictadura, que le prohibían reunirse con más de cinco personas, rindió el quinto año del secundario libre pretextando que se había retrasado por una hepatitis.

Aunque su vocación original se orientaba al dibujo y a la historia del arte, decidió volcarse hacia una disciplina donde no existiera espacio para el dolor de la realidad humana. “Quiero algo que no tenga nada que ver con la realidad”, se dijo al elegir inscribirse en la carrera de Matemáticas de la Universidad Nacional de Mar del Plata. En esa decisión subyacía una búsqueda identitaria central, “no quiero ser de por vida solo una exdetenida desaparecida o una sobreviviente”.
EL ALGORITMO DE LA IDENTIDAD: EL APORTE AL EAAF
Moler ejerció la docencia universitaria durante más de 30 años, al tiempo que completó una maestría en epistemología de la ciencia y un doctorado en bioingeniería. En el campo científico, se especializó en el procesamiento de imágenes digitales y el desarrollo de algoritmos para eliminar el “ruido” en estudios médicos de diagnóstico, facilitando la delimitación de tumores torácicos para cirujanos.
Posteriormente, aplicó esas herramientas tecnológicas al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Tras presentarse ante los investigadores con una caja de restos óseos, planteó una hipótesis innovadora, “¿Ustedes saben que los senos paranasales y frontales son únicos en cada persona y funciona de la misma manera que una huella dactilar?”. El desarrollo de este patrón científico permitió cotejar las radiografías médicas que los padres conservaban de sus hijos con las tomografías forenses, logrando identificar restos que hasta entonces permanecían como NN.
Asimismo, diseñó sistemas para limpiar e interpretar huellas dactilares incompletas o manchadas registradas en documentos policiales de la década de 1970, lo que permitió identificar a numerosos desaparecidos y recuperar la identidad de un nieto apropiado. Por este desarrollo, la Asociación de Imágenes Digitales de Estados Unidos le otorgó un premio internacional en el año 2000.
INTERPELAR EL PRESENTE DESDE LA EPISTEMOLOGÍA
Décadas después de haber sido catalogada como “irrecuperable”, Emilce Moler continúa participando activamente en debates públicos y académicos. Desde su perspectiva como epistemóloga, plantea la necesidad de revisar los discursos con los que se aborda la memoria en la actualidad. La científica advierte que los jóvenes de hoy “están inmersos en tanta violencia que que le hablemos de la dictadura quizás no los interpela”. Por ello, sostiene que el desafío del presente consiste en reconstruir los lazos sociales y las demandas cotidianas para poder defender con efectividad la democracia y las conquistas históricas del “Nunca Más”.#