El hotel que aprendió a vencer al tiempo

El Hotel Touring Club celebró cien años de historia convertido en uno de los grandes símbolos de Trelew. Por sus habitaciones pasaron aviadores, forajidos, campeones y miles de viajeros anónimos, mientras la familia Fernández lleva 77 años custodiando un edificio que ya no pertenece solo a sus dueños, sino a la memoria colectiva de la ciudad.


01 AGO 2026 - 19:53 | Actualizado 01 AGO 2026 - 20:05

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay edificios que se levantan con ladrillos.

Y hay otros que se construyen con memoria.

El Hotel Touring Club pertenece a esa segunda estirpe. Hace cien años dejó de ser apenas un alojamiento para convertirse en un testigo de Trelew. Mientras la ciudad cambiaba de rostro, las calles crecían, los trenes silbaban, los automóviles reemplazaban a los carros y las generaciones se sucedían unas a otras, él siguió allí, como un viejo centinela que nunca abandonó su puesto.

Este 1 de agosto celebró el centenario de su inauguración. Pero cumplir cien años no es simplemente sumar calendarios. Es sobrevivir a gobiernos, crisis, guerras, modas y olvidos. Es desafiar al tiempo, el enemigo que termina derrotando casi todo.

Inaugurado el 1 de agosto de 1926 por el empresario español Agustín Pujol y diseñado por el arquitecto Luis Gazín, el Touring Club nació cuando Trelew todavía escribía sus primeras páginas urbanas. Desde entonces fue mucho más que un hotel: fue la puerta de entrada a la Patagonia para miles de viajeros.

Pero toda casa necesita un corazón.

Y el suyo comenzó a latir con fuerza en 1949, cuando la familia Fernández cruzó el océano desde Asturias para hacerse cargo del establecimiento.

Hace setenta y siete años que los Fernández no administran solamente habitaciones, un bar y una confitería.

Custodian una historia.

Rafael Fernández recuerda ese recorrido como quien abre un viejo álbum familiar. Sus padres, Luis Fernández y María Manuela Josefa —la inolvidable "Doña Pepa"— llegaron desde el mismo pueblo asturiano para echar raíces en una tierra que terminaría siendo definitiva. Allí nacieron sus hijos. Allí crecieron. Allí aprendieron que detrás de cada llave entregada en el mostrador comenzaba una historia distinta.

Porque los hoteles son mucho más que camas.

Son estaciones donde el destino hace escala.

Son puertos donde atracan vidas desconocidas.

Son confesores silenciosos de quienes llegan con una valija llena de sueños o de derrotas.

Con el paso de las décadas, el Touring Club también cambió de piel. Reformó sus habitaciones y salones, incorporó baños privados y resignó capacidad para ganar comodidad. Como los árboles centenarios, fue creciendo sin perder las raíces.

Entre sus paredes durmieron viajeros anónimos, pero también nombres que hoy pertenecen a la historia. Allí pasó Antoine de Saint-Exupéry, el aviador que enseñó al mundo que lo esencial es invisible a los ojos. También se alojaron Butch Cassidy y Sundance Kid, fugitivos convertidos en leyenda. Y el rugido de los motores también encontró refugio en sus habitaciones cuando llegaron Juan Manuel Fangio, Carlos Pairetti, Carlos Reutemann y los hermanos Emiliozzi, entre tantos protagonistas del automovilismo argentino.

Cada habitación guarda un secreto.

Cada pasillo y cada mesa conserva una conversación.

Cada escalón conoce pasos que jamás volverán a repetirse.

Porque los edificios también tienen memoria.

Y la madera escucha.

Y las paredes aprenden nombres.

Hoy, mientras el histórico inmueble continúa funcionando y sus propietarios buscan un comprador dispuesto a respetar su valor patrimonial, el verdadero desafío no pasa por una operación inmobiliaria.

La pregunta es otra.

¿Qué ciudad quiere ser Trelew?

Porque cuando desaparece un edificio histórico no cae solamente una construcción.

Se derrumba una parte de la memoria colectiva.

Cada demolición arranca una página del libro que cuenta quiénes fuimos.

Y las ciudades que olvidan su pasado terminan caminando sin identidad, como un viajero que perdió el mapa de su propia historia.

El centenario del Hotel Touring Club no debería ser apenas una celebración.

Debería ser una advertencia.

Los pueblos no se hacen únicamente con cemento nuevo.

También se sostienen sobre las piedras viejas que aprendieron a contar historias.

Hay quienes miran un edificio antiguo y solo ven metros cuadrados.

Otros ven negocios.

Los pueblos que saben de dónde vienen ven algo mucho más importante.

Ven un espejo.

Porque mientras el Touring Club siga en pie, Trelew todavía podrá mirarse en él y reconocer el rostro de la ciudad que alguna vez fue, para no olvidar nunca la que todavía puede llegar a ser.


01 AGO 2026 - 19:53

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Hay edificios que se levantan con ladrillos.

Y hay otros que se construyen con memoria.

El Hotel Touring Club pertenece a esa segunda estirpe. Hace cien años dejó de ser apenas un alojamiento para convertirse en un testigo de Trelew. Mientras la ciudad cambiaba de rostro, las calles crecían, los trenes silbaban, los automóviles reemplazaban a los carros y las generaciones se sucedían unas a otras, él siguió allí, como un viejo centinela que nunca abandonó su puesto.

Este 1 de agosto celebró el centenario de su inauguración. Pero cumplir cien años no es simplemente sumar calendarios. Es sobrevivir a gobiernos, crisis, guerras, modas y olvidos. Es desafiar al tiempo, el enemigo que termina derrotando casi todo.

Inaugurado el 1 de agosto de 1926 por el empresario español Agustín Pujol y diseñado por el arquitecto Luis Gazín, el Touring Club nació cuando Trelew todavía escribía sus primeras páginas urbanas. Desde entonces fue mucho más que un hotel: fue la puerta de entrada a la Patagonia para miles de viajeros.

Pero toda casa necesita un corazón.

Y el suyo comenzó a latir con fuerza en 1949, cuando la familia Fernández cruzó el océano desde Asturias para hacerse cargo del establecimiento.

Hace setenta y siete años que los Fernández no administran solamente habitaciones, un bar y una confitería.

Custodian una historia.

Rafael Fernández recuerda ese recorrido como quien abre un viejo álbum familiar. Sus padres, Luis Fernández y María Manuela Josefa —la inolvidable "Doña Pepa"— llegaron desde el mismo pueblo asturiano para echar raíces en una tierra que terminaría siendo definitiva. Allí nacieron sus hijos. Allí crecieron. Allí aprendieron que detrás de cada llave entregada en el mostrador comenzaba una historia distinta.

Porque los hoteles son mucho más que camas.

Son estaciones donde el destino hace escala.

Son puertos donde atracan vidas desconocidas.

Son confesores silenciosos de quienes llegan con una valija llena de sueños o de derrotas.

Con el paso de las décadas, el Touring Club también cambió de piel. Reformó sus habitaciones y salones, incorporó baños privados y resignó capacidad para ganar comodidad. Como los árboles centenarios, fue creciendo sin perder las raíces.

Entre sus paredes durmieron viajeros anónimos, pero también nombres que hoy pertenecen a la historia. Allí pasó Antoine de Saint-Exupéry, el aviador que enseñó al mundo que lo esencial es invisible a los ojos. También se alojaron Butch Cassidy y Sundance Kid, fugitivos convertidos en leyenda. Y el rugido de los motores también encontró refugio en sus habitaciones cuando llegaron Juan Manuel Fangio, Carlos Pairetti, Carlos Reutemann y los hermanos Emiliozzi, entre tantos protagonistas del automovilismo argentino.

Cada habitación guarda un secreto.

Cada pasillo y cada mesa conserva una conversación.

Cada escalón conoce pasos que jamás volverán a repetirse.

Porque los edificios también tienen memoria.

Y la madera escucha.

Y las paredes aprenden nombres.

Hoy, mientras el histórico inmueble continúa funcionando y sus propietarios buscan un comprador dispuesto a respetar su valor patrimonial, el verdadero desafío no pasa por una operación inmobiliaria.

La pregunta es otra.

¿Qué ciudad quiere ser Trelew?

Porque cuando desaparece un edificio histórico no cae solamente una construcción.

Se derrumba una parte de la memoria colectiva.

Cada demolición arranca una página del libro que cuenta quiénes fuimos.

Y las ciudades que olvidan su pasado terminan caminando sin identidad, como un viajero que perdió el mapa de su propia historia.

El centenario del Hotel Touring Club no debería ser apenas una celebración.

Debería ser una advertencia.

Los pueblos no se hacen únicamente con cemento nuevo.

También se sostienen sobre las piedras viejas que aprendieron a contar historias.

Hay quienes miran un edificio antiguo y solo ven metros cuadrados.

Otros ven negocios.

Los pueblos que saben de dónde vienen ven algo mucho más importante.

Ven un espejo.

Porque mientras el Touring Club siga en pie, Trelew todavía podrá mirarse en él y reconocer el rostro de la ciudad que alguna vez fue, para no olvidar nunca la que todavía puede llegar a ser.