Por Juan Miguel Bigrevich /Redacción Jornada
La historia no siempre avanza como una marcha triunfal. A veces se arrastra, otras veces retrocede, y en demasiadas ocasiones miente. Hay páginas que fueron escritas con tinta, y otras que fueron arrancadas de cuajo, como si nunca hubieran existido. En Chubut, una de esas páginas fue quemada en silencio hace más de sesenta años. No por el voto popular, sino por la fuerza bruta.
No por el error del pueblo, sino por el miedo de los poderosos.
En 1962, cuando la democracia argentina era un animal herido que apenas respiraba entre golpes de Estado, proscripciones y amenazas de cuartel, los chubutenses hicieron lo que siempre hacen los pueblos cuando aún conservan dignidad: votaron. Y votaron claro. Eligieron una fórmula que llevaba nombres, territorio y memoria: Raúl Riobóo como gobernador, Hebe Corchuelo Blasco como vicegobernador. No fue un gesto menor ni una casualidad estadística: fue una decisión política, consciente, cargada de significado.
Pero esa decisión fue anulada. No discutida. No revisada. Anulada. Como si el voto fuera un trámite prescindible y no el corazón de la República.
Los libros de historia saltan prolijamente desde Jorge Galina hasta Roque González y luego a Benito Fernández en 1973, presentado como el primer gobernador justicialista de la provincia. Y allí está la trampa, la estafa simbólica, la injusticia histórica que todavía supura;el primer gobernador peronista de Chubut fue elegido en 1962, y no lo dejaron asumir. El pueblo habló antes.
Mucho antes. Y lo hicieron callar.
Eran años oscuros y confusos. Perón seguía en el exilio, su nombre prohibido, su partido ilegal, su sola mención motivo de persecución. Pero el peronismo, como el agua o como el fuego, no se deja encerrar fácilmente. Encontró caminos laterales, se camufló en sellos provinciales, cambió de nombre pero no de causa. En Chubut se presentó bajo el Partido Provincial del Chubut.
Y ganó.
Eso fue lo que desató el pánico. No solo en Rawson, sino en Buenos Aires, en los despachos militares, en las mesas donde se decidía quién podía gobernar y quién no. El triunfo de Riobóo y Corchuelo fue parte de una ola nacional que se podría desatar. Andrés Framini había ganado la provincia de Buenos Aires, y otros distritos seguían el mismo rumbo. El voto popular se estaba volviendo indomable. Y cuando el voto se vuelve indomable, los golpes vuelven a sonar.
El 18 de marzo de 1962 se realizaron las elecciones. El mandato constitucional debía comenzar el 1° de mayo. Pero el calendario democrático fue interrumpido a patadas. El 29 de marzo cayó Arturo Frondizi, derrocado por las Fuerzas Armadas. En su lugar quedó José María Guido, presidente por obediencia y no por mandato, quien rápidamente aceptó la presión militar y decidió intervenir las provincias donde el resultado no convenía.
Chubut fue una de ellas. El 24 de abril se designó como interventor a Fernando Elizondo. Con un decreto se borró una elección. Con una firma se anuló la voluntad de miles de ciudadanos. El pueblo había elegido, pero no gobernaría.
Los números son claros y no admiten reinterpretaciones: Raúl Riobóo obtuvo el 31,97% de los votos. Detrás quedaron Roque González, de la UCR del Pueblo, con el 27,35%, y el candidato oficialista de la UCRI, Oscar Vives, con el 27,23%. No hubo fraude. No hubo empate técnico. No hubo duda alguna. Hubo miedo. Y el miedo decidió por encima de las urnas.
Raúl Riobóo no era un advenedizo ni un nombre circunstancial. Había llegado joven a la cordillera cuando su padre fue designado fiscal de Estado en el Juzgado Federal de Esquel, en 1934. Allí se hizo chubutense de verdad: con frío, con viento y con pertenencia. Durante el primer peronismo fue comisionado federal en el entonces territorio nacional del Chubut, entre 1946 y 1947. Más tarde cumplió misiones diplomáticas en Nápoles, Cracovia y Filipinas. Y regresó en 1955, tras el golpe de la llamada Revolución Libertadora, como tantos otros que volvieron a una patria tomada por el odio.
A su lado estaba Hebe Corchuelo Blasco, comodorense, abogado, fiscal federal en la ciudad petrolera, dirigente con raíces profundas en el peronismo del sur. Un nombre que tampoco figura donde debería figurar. Un vicegobernador electo que jamás pudo jurar. Un protagonista condenado al pie de página.
Hay un dato que incomoda a los relatos cómodos. El entonces gobernador Jorge Galina apoyó la fórmula Riobóo–Corchuelo. No fue ingenuidad ni traición; fue palabra cumplida. Era el reconocimiento del acuerdo de 1958, cuando el peronismo proscripto había sostenido a la UCRI para derrotar a la reacción conservadora. Política entendida como pacto, no como oportunismo. Un gesto que hoy parece una rareza moral.
Pero nada de eso alcanzó. Las botas pesaron más que los votos. Los cuarteles más que las urnas. La intervención militar se impuso como un borrador feroz, tachando nombres, borrando biografías, reescribiendo la memoria colectiva. Así se fabricó la historia oficial: a fuerza de silencios.
Por eso hoy, más de seis décadas después, es necesario decirlo sin eufemismos y sin miedo. Decirlo fuerte. Decirlo claro. En 1962, Chubut eligió un gobierno peronista. En 1962, ese gobierno fue impedido de asumir. En 1962, la democracia volvió a ser derrotada.
Recordar a Raúl Riobóo y a Hebe Corchuelo Blasco no es un ejercicio académico ni un gesto nostálgico. Es un acto político. Es disputar el sentido de la historia. Es devolverle nombre y rostro a una victoria popular que fue robada. Porque mientras esa injusticia siga sin ser nombrada, la herida seguirá abierta.
La historia puede ser escrita por los vencedores.
Pero la memoria, tarde o temprano, se levanta y prende fuego.

Por Juan Miguel Bigrevich /Redacción Jornada
La historia no siempre avanza como una marcha triunfal. A veces se arrastra, otras veces retrocede, y en demasiadas ocasiones miente. Hay páginas que fueron escritas con tinta, y otras que fueron arrancadas de cuajo, como si nunca hubieran existido. En Chubut, una de esas páginas fue quemada en silencio hace más de sesenta años. No por el voto popular, sino por la fuerza bruta.
No por el error del pueblo, sino por el miedo de los poderosos.
En 1962, cuando la democracia argentina era un animal herido que apenas respiraba entre golpes de Estado, proscripciones y amenazas de cuartel, los chubutenses hicieron lo que siempre hacen los pueblos cuando aún conservan dignidad: votaron. Y votaron claro. Eligieron una fórmula que llevaba nombres, territorio y memoria: Raúl Riobóo como gobernador, Hebe Corchuelo Blasco como vicegobernador. No fue un gesto menor ni una casualidad estadística: fue una decisión política, consciente, cargada de significado.
Pero esa decisión fue anulada. No discutida. No revisada. Anulada. Como si el voto fuera un trámite prescindible y no el corazón de la República.
Los libros de historia saltan prolijamente desde Jorge Galina hasta Roque González y luego a Benito Fernández en 1973, presentado como el primer gobernador justicialista de la provincia. Y allí está la trampa, la estafa simbólica, la injusticia histórica que todavía supura;el primer gobernador peronista de Chubut fue elegido en 1962, y no lo dejaron asumir. El pueblo habló antes.
Mucho antes. Y lo hicieron callar.
Eran años oscuros y confusos. Perón seguía en el exilio, su nombre prohibido, su partido ilegal, su sola mención motivo de persecución. Pero el peronismo, como el agua o como el fuego, no se deja encerrar fácilmente. Encontró caminos laterales, se camufló en sellos provinciales, cambió de nombre pero no de causa. En Chubut se presentó bajo el Partido Provincial del Chubut.
Y ganó.
Eso fue lo que desató el pánico. No solo en Rawson, sino en Buenos Aires, en los despachos militares, en las mesas donde se decidía quién podía gobernar y quién no. El triunfo de Riobóo y Corchuelo fue parte de una ola nacional que se podría desatar. Andrés Framini había ganado la provincia de Buenos Aires, y otros distritos seguían el mismo rumbo. El voto popular se estaba volviendo indomable. Y cuando el voto se vuelve indomable, los golpes vuelven a sonar.
El 18 de marzo de 1962 se realizaron las elecciones. El mandato constitucional debía comenzar el 1° de mayo. Pero el calendario democrático fue interrumpido a patadas. El 29 de marzo cayó Arturo Frondizi, derrocado por las Fuerzas Armadas. En su lugar quedó José María Guido, presidente por obediencia y no por mandato, quien rápidamente aceptó la presión militar y decidió intervenir las provincias donde el resultado no convenía.
Chubut fue una de ellas. El 24 de abril se designó como interventor a Fernando Elizondo. Con un decreto se borró una elección. Con una firma se anuló la voluntad de miles de ciudadanos. El pueblo había elegido, pero no gobernaría.
Los números son claros y no admiten reinterpretaciones: Raúl Riobóo obtuvo el 31,97% de los votos. Detrás quedaron Roque González, de la UCR del Pueblo, con el 27,35%, y el candidato oficialista de la UCRI, Oscar Vives, con el 27,23%. No hubo fraude. No hubo empate técnico. No hubo duda alguna. Hubo miedo. Y el miedo decidió por encima de las urnas.
Raúl Riobóo no era un advenedizo ni un nombre circunstancial. Había llegado joven a la cordillera cuando su padre fue designado fiscal de Estado en el Juzgado Federal de Esquel, en 1934. Allí se hizo chubutense de verdad: con frío, con viento y con pertenencia. Durante el primer peronismo fue comisionado federal en el entonces territorio nacional del Chubut, entre 1946 y 1947. Más tarde cumplió misiones diplomáticas en Nápoles, Cracovia y Filipinas. Y regresó en 1955, tras el golpe de la llamada Revolución Libertadora, como tantos otros que volvieron a una patria tomada por el odio.
A su lado estaba Hebe Corchuelo Blasco, comodorense, abogado, fiscal federal en la ciudad petrolera, dirigente con raíces profundas en el peronismo del sur. Un nombre que tampoco figura donde debería figurar. Un vicegobernador electo que jamás pudo jurar. Un protagonista condenado al pie de página.
Hay un dato que incomoda a los relatos cómodos. El entonces gobernador Jorge Galina apoyó la fórmula Riobóo–Corchuelo. No fue ingenuidad ni traición; fue palabra cumplida. Era el reconocimiento del acuerdo de 1958, cuando el peronismo proscripto había sostenido a la UCRI para derrotar a la reacción conservadora. Política entendida como pacto, no como oportunismo. Un gesto que hoy parece una rareza moral.
Pero nada de eso alcanzó. Las botas pesaron más que los votos. Los cuarteles más que las urnas. La intervención militar se impuso como un borrador feroz, tachando nombres, borrando biografías, reescribiendo la memoria colectiva. Así se fabricó la historia oficial: a fuerza de silencios.
Por eso hoy, más de seis décadas después, es necesario decirlo sin eufemismos y sin miedo. Decirlo fuerte. Decirlo claro. En 1962, Chubut eligió un gobierno peronista. En 1962, ese gobierno fue impedido de asumir. En 1962, la democracia volvió a ser derrotada.
Recordar a Raúl Riobóo y a Hebe Corchuelo Blasco no es un ejercicio académico ni un gesto nostálgico. Es un acto político. Es disputar el sentido de la historia. Es devolverle nombre y rostro a una victoria popular que fue robada. Porque mientras esa injusticia siga sin ser nombrada, la herida seguirá abierta.
La historia puede ser escrita por los vencedores.
Pero la memoria, tarde o temprano, se levanta y prende fuego.