Un nuevo 26 de julio. 71 años han pasado desde aquel frío y lluvioso día de invierno en que la compañera Evita pasaba a la inmortalidad.
En los días anteriores ya se había desplegado en el gobierno del General Perón un operativo para hacer el más importante funeral de la historia argentina, mientras ministros y pueblo trabajador no perdían la esperanza de que el milagro sucediera. Lo cierto es que ese día se clavó en la memoria de millones de argentinos cuando el locutor de los medios públicos anunció que a las 20:25 había fallecido la señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación.
Ese maravilloso documental titulado "Y la Argentina detuvo su corazón" intentó dejar un registro fílmico de esos días, del dolor descarnado de un pueblo que perdía a su compañera más cercana, más leal y más comprometida con su causa.
Pero hubo algo que no formó parte de las tapas de los periódicos de todo el mundo que dieron la noticia, ni forma parte de documentales technicolor. El homenaje de los altares populares desplegados en cada rincón del país, reuniones de familias y amigos alrededor de su imagen rodeada de esas flores que no se habían agotado: la de las llanuras, plazas, sierras, desiertos. Espacios de dignidad y recogimiento que afectivamente se construyeron para decirle que siempre la llevarían en su corazón y en sus convicciones.
Cuando veo su cara dibujada en las remeras, en las banderas y en las pieles de miles de argentinos y argentinas, me convenzo de que es posible construir una Argentina en la que todos y todas tengan garantizado el derecho a un futuro mejor.
Homenajear a Evita hoy significa asumir el compromiso de darlo todo por quienes más lo necesitan. Que florezcan entonces los homenajes a aquella mujer que nos legó la lealtad hacia un proyecto de país libre, justo y soberano y que por eso vive eterna en el alma del pueblo.
Un nuevo 26 de julio. 71 años han pasado desde aquel frío y lluvioso día de invierno en que la compañera Evita pasaba a la inmortalidad.
En los días anteriores ya se había desplegado en el gobierno del General Perón un operativo para hacer el más importante funeral de la historia argentina, mientras ministros y pueblo trabajador no perdían la esperanza de que el milagro sucediera. Lo cierto es que ese día se clavó en la memoria de millones de argentinos cuando el locutor de los medios públicos anunció que a las 20:25 había fallecido la señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación.
Ese maravilloso documental titulado "Y la Argentina detuvo su corazón" intentó dejar un registro fílmico de esos días, del dolor descarnado de un pueblo que perdía a su compañera más cercana, más leal y más comprometida con su causa.
Pero hubo algo que no formó parte de las tapas de los periódicos de todo el mundo que dieron la noticia, ni forma parte de documentales technicolor. El homenaje de los altares populares desplegados en cada rincón del país, reuniones de familias y amigos alrededor de su imagen rodeada de esas flores que no se habían agotado: la de las llanuras, plazas, sierras, desiertos. Espacios de dignidad y recogimiento que afectivamente se construyeron para decirle que siempre la llevarían en su corazón y en sus convicciones.
Cuando veo su cara dibujada en las remeras, en las banderas y en las pieles de miles de argentinos y argentinas, me convenzo de que es posible construir una Argentina en la que todos y todas tengan garantizado el derecho a un futuro mejor.
Homenajear a Evita hoy significa asumir el compromiso de darlo todo por quienes más lo necesitan. Que florezcan entonces los homenajes a aquella mujer que nos legó la lealtad hacia un proyecto de país libre, justo y soberano y que por eso vive eterna en el alma del pueblo.