Hace falta portarse mal…

Dos veces en la puerta. El triste récord de la CAI queriendo volver al Torneo Nacional. Y el consuelo de tontos: ser el mejor para quedarse siempre en el mismo lugar. Varios equipos aprovecharon errores claves de los comodorenses y lograron el ascenso tan deseado.

01 DIC 2014 - 20:45 | Actualizado

Cuando quedarse en la puerta se hace una costumbre, cualquiera debería empezar a preocuparse. Con casi los mismos actores; el mismo gusto a nada y las mismas razones, no siempre expuestas debidamente sobre la mesa, el síndrome CAI sumó otro “casi” ascenso, el segundo consecutivo.

Es cierto que la racha será difícil de igualar. Y que en términos futbolísticos es poco lo que se puede reprochar al equipo pero resulta al menos raro que ninguna de las frustraciones anteriores hayan servido de experiencia.

El fútbol de la Comisión de Actividades Infantiles es de otra dimensión, no abunda en las canchas argentinas pero no sirve y no suma cuando no logra exhibirse en las paradas bravas, ahí donde cualquier equipo mediocre lo puede igualar acaso con menos recursos, tirándola a la tribuna. La conducta y los códigos esos que no se manchan han dejado en claro una “tibieza” llamativa. Debe ser Comodoro Rivadavia y el estadio Municipal el único escenario del país donde cualquier visitante se siente local sin serlo y el ámbito ideal para entrenadores caídos en desgracia. Pase lo que pase, jamás bajará de las plateas (más parecidas a las de un teatro) un insulto, un reclamo o un reproche. Lo que en cualquier otro lado provocaría una crisis o una revolución, en el sur se define como proceso “inestable”.

En esa misma línea de “hacer lo correcto” se admiten barbaridades, decisiones que encresparían los nervios de cualquier dirigente del país. Menos acá. Incluyendo designaciones arbitrales, días de juego y hasta modificaciones de horario a contrapelo de todo. Nunca un integrante de la comisión directiva del club gritó un robo a viva voz. Jamás se inflaron las venas ante un despojo, de esos que la CAI supo sufrir en carne propia. A nadie pareciera movérsele un pelo jamás ante arrebatos, penales no cobrados, alargues interminables o copadas de parada, esas que abundan en el no tan folclórico fútbol del interior. El “Ejemplo nacional” de las banderas tiene hoy el efecto de una curita sobre una hemorragia. La CAI será CAI y por lo visto, nadie podrá cambiarle el pensamiento.

La conformación del plantel le quitó variantes. Se fue Jonatan Morales, Elvio Martínez, Fabio Pereyra; el combativo Hugo Barrientos –se extrañó en las difíciles- y los goles de Jorge Piñero Da Silva. Llegó el fútbol fresco de “Coco” Gaitán, la vuelta de José Loncón y no mucho más. El uruguayo Brito Hernández aportó poco sumando casi por igual, expulsiones y goles; Diego Reynoso cumplió sin antibajos pero otros refuerzos como Jonathan Rodríguez y el arquero Carballo –que no jugó ni en Copa Argentina- hacen replantear si el plantel no lo armó el enemigo. Villegas arriba y Leguiza en el arco fueron los pilares. Y a ellos se sumó la regularidad de Marcos Ruiz, Rilo y un recuperado Lucas Argüello. Jorge Aynol aportó goles desde el banco y Lucas Reynoso, otro joven en su justo punto de maduración, levantó su pico de rendimiento.

El equipo hizo casi todo bien, excepto ganarle al Deportivo Madryn y regalarle el ascenso en bandeja a un rival que nunca lo venció en la temporada. Se cayó como un viejo billete y nada pudo levantarle el ánimo a un grupo joven aún no preparado para procesar ciertas adversidades. Para colmo, el goleador se “secó” en el peor momento.

No se habilitó la chequera y se viajó por tierra sesenta horas para jugar una final sin margen siquiera para entrenar y descansar debidamente. Salvar el año así parecía un despropósito. Una semana entera arriba del micro, pesó más que la propuesta de Gimnasia y Esgrima, verdugo mendocino de ocasión que seguramente continuará jugando en el TFA si es que no existen los milagros.#

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01 DIC 2014 - 20:45

Cuando quedarse en la puerta se hace una costumbre, cualquiera debería empezar a preocuparse. Con casi los mismos actores; el mismo gusto a nada y las mismas razones, no siempre expuestas debidamente sobre la mesa, el síndrome CAI sumó otro “casi” ascenso, el segundo consecutivo.

Es cierto que la racha será difícil de igualar. Y que en términos futbolísticos es poco lo que se puede reprochar al equipo pero resulta al menos raro que ninguna de las frustraciones anteriores hayan servido de experiencia.

El fútbol de la Comisión de Actividades Infantiles es de otra dimensión, no abunda en las canchas argentinas pero no sirve y no suma cuando no logra exhibirse en las paradas bravas, ahí donde cualquier equipo mediocre lo puede igualar acaso con menos recursos, tirándola a la tribuna. La conducta y los códigos esos que no se manchan han dejado en claro una “tibieza” llamativa. Debe ser Comodoro Rivadavia y el estadio Municipal el único escenario del país donde cualquier visitante se siente local sin serlo y el ámbito ideal para entrenadores caídos en desgracia. Pase lo que pase, jamás bajará de las plateas (más parecidas a las de un teatro) un insulto, un reclamo o un reproche. Lo que en cualquier otro lado provocaría una crisis o una revolución, en el sur se define como proceso “inestable”.

En esa misma línea de “hacer lo correcto” se admiten barbaridades, decisiones que encresparían los nervios de cualquier dirigente del país. Menos acá. Incluyendo designaciones arbitrales, días de juego y hasta modificaciones de horario a contrapelo de todo. Nunca un integrante de la comisión directiva del club gritó un robo a viva voz. Jamás se inflaron las venas ante un despojo, de esos que la CAI supo sufrir en carne propia. A nadie pareciera movérsele un pelo jamás ante arrebatos, penales no cobrados, alargues interminables o copadas de parada, esas que abundan en el no tan folclórico fútbol del interior. El “Ejemplo nacional” de las banderas tiene hoy el efecto de una curita sobre una hemorragia. La CAI será CAI y por lo visto, nadie podrá cambiarle el pensamiento.

La conformación del plantel le quitó variantes. Se fue Jonatan Morales, Elvio Martínez, Fabio Pereyra; el combativo Hugo Barrientos –se extrañó en las difíciles- y los goles de Jorge Piñero Da Silva. Llegó el fútbol fresco de “Coco” Gaitán, la vuelta de José Loncón y no mucho más. El uruguayo Brito Hernández aportó poco sumando casi por igual, expulsiones y goles; Diego Reynoso cumplió sin antibajos pero otros refuerzos como Jonathan Rodríguez y el arquero Carballo –que no jugó ni en Copa Argentina- hacen replantear si el plantel no lo armó el enemigo. Villegas arriba y Leguiza en el arco fueron los pilares. Y a ellos se sumó la regularidad de Marcos Ruiz, Rilo y un recuperado Lucas Argüello. Jorge Aynol aportó goles desde el banco y Lucas Reynoso, otro joven en su justo punto de maduración, levantó su pico de rendimiento.

El equipo hizo casi todo bien, excepto ganarle al Deportivo Madryn y regalarle el ascenso en bandeja a un rival que nunca lo venció en la temporada. Se cayó como un viejo billete y nada pudo levantarle el ánimo a un grupo joven aún no preparado para procesar ciertas adversidades. Para colmo, el goleador se “secó” en el peor momento.

No se habilitó la chequera y se viajó por tierra sesenta horas para jugar una final sin margen siquiera para entrenar y descansar debidamente. Salvar el año así parecía un despropósito. Una semana entera arriba del micro, pesó más que la propuesta de Gimnasia y Esgrima, verdugo mendocino de ocasión que seguramente continuará jugando en el TFA si es que no existen los milagros.#